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Los fracasos más sonados del draft (VI): Art Schlichter

Los fracasos más sonados del draft (VI): Art Schlichter

Cuando hablamos de gente que no consiguió llegar a lo que prometía, en el mundo del deporte, el patrón suele ser similar: un físico portentoso, una juventud alocada y una caída en la espiral destructiva de algún vicio. Por norma general suele ser el alcohol o las drogas. En la mayoría de los casos no llega a saberse nunca que es primero, si el huevo o la gallina, si la caída por las adicciones o el llegar a las adicciones para soportar la caída. Como dijo el personaje de Nicolas Cage en Leaving Las Vegas, "no se si comencé a beber porque mi mujer me dejó, o mi mujer me dejó porque comencé a beber". Uno de estos casos es el de de Art Schlichter, sólo que con la peculiaridad de que en vez de en sustancias, el hombre se lo fundió todo en el juego, en las apuestas. Esta es la historia de uno de los grandes fracasos de la historia del draft de la NFL.

Cuenta el propio Schlichter que el inicio de su adicción coincide con la gran presión que le supuso ser el quaterback titular de la Universidad de Ohio State. Los Buckeyes son una institución de una relevancia enorme en ese estado y, efectivamente, su pasador titular es objeto de una enorme presión. En los cuatro años que ocupó el puesto cumplió con creces siendo, en aquel entonces, el líder en estadísticas ofensivas históricas de la universidad. Pero su válvula de escape ya eran las apuestas, y toda su vida se iba a ir al garete por ese sumidero.

Schlichter fue seleccionado con el número 4 en el draft de 1982 por los Baltimore Colts (dos años después se mudarían a Indianapolis). Su rol no era otro que el de convertirse en el QB franquicia del equipo. Perdió la batalla por la titularidad con Mike Pagel y, a mitad de la primera temporada en la NFL también perdió la batalla contra sus demonios: después de fundirse todo su bonus de firma de contrato a mitad de temporada llegó la huelga que dejó el año en sólo nueve jornadas y, entonces, Art ya se había dejado una deuda de 700.000 dolares en apuestas.

Al llegar la primavera de 1983 había sumado 483.000 dolares de débito sólo en partidos de baloncesto. Los jugadores profesionales tenían prohibido apostar, en cualquier deporte, y sus deudores amenazaban con hacer público todo esto si no pagaba, así que la solución que encontró Schlichter a sus problemas fue la de acudir al FBI, para acusar a sus corredores de apuestas, y a la propia NFL, pues temía que le obligasen a perder partidos aposta para modificar resultados y beneficios.

Fue suspendido de forma indefinida, pero en 1984 fue reinsertado en la liga. Después se supo que durante la suspensión continuó apostando. En 1985, tras cinco partidos de liga regular, los Colts comprobaron que seguía con su adicción, si bien no en partidos de fútbol americano, y le cortaron definitivamente. En 1986 tuvo una nueva oportunidad en el campo de entrenamiento y la pretemporada de los Buffalo Bills, pero fue cortado antes de la temporada regular.

Alguien que iba para cara de una franquicia acabó su carrera con 3 touchdowns, 11 intercepciones y un QB rating lamentable de 42.6.

Su vida no iría sino a peor porque, sin los ingresos de la NFL, siguió jugandoselo todo y como necesitaba ingresos para mantener su ritmo de pérdidas se convirtió en un estafador y un ladrón. En 1987 fue detenido en Nueva York por estar inmerso en una trama de apuestas ilegales y se declaró en bancarrota poco después.

Aunque jugó en la liga canadiense y en el fútbol americano arena (una versión indoor y ligera del deporte), en esta modalidad con cierto éxito, comenzó a intentar pagar con cheques falsos por lo que su sueldo fue requisado salvo 300 dólares mensuales que, además, se ponían en la cuenta de su mujer. 

Como seguro que os imaginaréis, esta se divorció de él a mediados de los noventa. Además de los cheques falsos se dedicó a estafas y robos que hicieron que entre 1995 y 2006 estuviera detenido en 44 prisiones diferentes un tiempo equivalente a diez años. En 2007 se cifró en un millón y medio de dólares lo que había estafado y pareció hacer un último intento por reformarse.

Pero no lo consiguió, pues en el año 2011 fue sentenciado a diez años de prisión al verse envuelto en otro timo de un millón de dólares y, estando en arresto domiciliario, dio positivo por consumo de cocaína, lo que agravó aún más la condena. Además, se le exige que restituya 2,2 millones de dólares.

Nunca sabremos si Art Schlichter hubiese sido otro tipo de persona de no tener que lidiar con la presión de ser jugador famoso de fútbol americano, que clase de vida hubiese llevado de no haber tenido el talento suficiente como para dedicarse a esto, pero lo que sí sabemos es que la combinación de su físico y de su psicología le llevó a un infierno personal en el que aún habita.

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