REAL ZARAGOZA / ANÁLISIS

Un equipo a la deriva

El Real Zaragoza es el segundo peor equipo de la categoría tras el confinamiento y da la sensación de que es incapaz de ganar a nadie.

Un equipo a la deriva
ALFONSO REYES

Ruedas de prensa. Zona mixta. Entrevistas. Redes sociales. Declaraciones a través del club. Hay más de un canal para conocer las opiniones o sensaciones de un futbolista, pero donde realmente deben expresarse, para bien o para mal, es sobre el terreno de juego. Eso es lo único que importa. Lo único que vale. Lo único que se ajusta a la realidad. Y los jugadores del Real Zaragoza dan la sensación de verse sobrepasados por las circunstancias. Son la viva imagen de un equipo a la deriva que ha perdido totalmente el rumbo y, lo que es peor, no se ve capaz de enderezarlo.

El Real Zaragoza es en estos momentos el segundo peor equipo tras el confinamiento, sólo por detrás del Racing, ya descendido. Los aragoneses encadenan cinco derrotas en La Romareda, lo nunca visto en la historia del club, por mucho que las gradas estén vacías, y únicamente han sumado siete puntos de 27 posibles. Y una vez más lo peor de todo es que da la sensación de que son incapaces de ganarle a nadie.

Muchos zaragocistas habrán pasado una mala noche y seguro que más de uno no ha podido pegar ojo preguntándose cómo es posible que un equipo que se mostraba intratable y tremendamente competitivo se ha convertido en un equipo tan vulnerable. Cómo un equipo que ha superado un sinfín de adversidades se viene ahora abajo con el primer contratiempo. Cómo un equipo que sólo había perdido seis partidos en 31 jornadas cosecha tras el parón las mismas derrotas en nueve. Preguntas que tienen varias respuestas, pero ninguna realmente convincente.

Se habla del físico, pero lo de ayer no fue una caída del equipo a mediados de la segunda parte producto del agotamiento. Eso, con la acumulación de partidos tras dos meses en casa confinados, sería comprensible, pero no hay excusa que valga para la salida del Zaragoza al campo, superado desde la primera jugada. Y no es la primera vez que pasa. El Oviedo le pudo hacer tres o cuatro goles en los primeros quince minutos y ‘por suerte’ sólo le hizo uno. Incomprensible en un equipo que tiene ante sí la posibilidad de recuperar la segunda plaza y que tendría que haber salido a comerse al rival desde el primer minuto. Esa intensidad desde que el balón echa a rodar debería ser innegociable.

Se habla del aspecto mental o anímico, posiblemente comprensible tras la derrota en el último segundo frente al Huesca, pero el Real Zaragoza había completado un buen partido en Tenerife y lo que a priori parecía un punto insuficiente se convirtió en oro con la victoria del Racing, lo que además supuso un chute de moral importante para aficionados y jugadores. O eso debería haber sido. Lo cierto es que por lo visto sobre el terreno de juego, donde realmente deben expresarse los futbolistas, da la sensación de que el equipo tiene miedo a fallar, juega atenazado y carece totalmente de confianza. Y el lenguaje corporal de titulares y suplentes no indica precisamente lo contrario.

Por supuesto, también se habla a nivel futbolístico, pero salvo por el espejismo de Tenerife, el equipo está muy alejado en los últimos partidos de las señas de identidad que le caracterizaron durante 31 jornadas, por mucho que juegue Guti en el centro en lugar de en banda, por mucho que hayan vuelto Puado y Vigaray, por mucho que Zapater, Dani Torres o Pereira hayan tenido su oportunidad como titulares o por mucho que Luis Suárez o Linares saquen su orgullo para tratar de rescatar un barco que se hunde especialmente por los daños ocasionados por fuego amigo. Cuando no falla uno, lo hace el otro, repitiendo en más de una ocasión los mismos errores defensivos.

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, pero son los futbolistas los que deben alimentar esa esperanza, no los rivales directos. Y últimamente el zaragocismo se lleva más alegrías por las derrotas o empates del Huesca, el Almería o el Girona que por su propio equipo. Así es imposible lograr cualquier objetivo, en este caso un ascenso. Si el Zaragoza quiere estar en Primera División la temporada que viene debe empezar por ganar sus partidos y no esperar los regalos de otros, aunque ahora mismo sean necesarios al no depender de sí mismos. Los jugadores deben asumir su responsabilidad y dejarse de excusas como la falta de público. Deben reflexionar y hacer autocrítica y no pensar en lo que podría haber sido sin coronavirus. Deben levantarse y no bajar los brazos por todos los que han pasado una mala noche. Por todos los que incluso han llorado. Por todos los que llevan siete años viviendo una pesadilla. Por todos los que querrían estar en La Romareda. Por todos los que sufren y vibran por este escudo. Y también por ellos mismos porque realmente se merecían un ascenso allá por el mes de marzo.

La situación ha cambiado radicalmente, el barco está completamente a la deriva y el desenlace de esta travesía no es alentador, pero aún se está a tiempo de llegar a ese buen puerto llamado Primera División si esos marineros llamados futbolistas se ponen manos a la obra y deciden creer y luchar hasta el final. Quedan dos batallas por delante, y en el peor de los casos un playoff, y el grito de guerra no puede ser otro que ‘Zaragoza nunca se rinde’.