CAFÉ, COPA Y FÚTBOL

“El componente dramático de Cristiano Ronaldo, fantástico”

Javier Cámara es el tipo que se cuela en tu fiesta y cae fenomenal. Un seductor que demuestra que la naturalidad es la mejor interpretación que se puede hacer en la vida.

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¿Cuál es el equipo de Javier Cámara?

—El Real Madrid. En mi pueblo solo había televisión en blanco y negro y cuando daban un partido por la tele yo iba siempre con el de blanco porque era el que mejor veía. Se lo digo en serio, tenía problemas en la vista y no veía un pimiento. La verdad es que el Madrid siempre fue un equipo diferente.

—¿Zidane también es diferente?

—Zidane me parece el mejor. Tiene mucha clase, incluso hablando. Me gusta cómo se expresa. Preferiría no leer siempre la misma entrevista con los futbolistas y los entrenadores. Tienes la sensación de que los periodistas deben estar aburridos de ponerle el micrófono y que siempre repitan lo mismo: “Estamos trabajando en ello”.

—No es fácil encontrar un futbolista que diga grandes cosas.

—El fútbol tiene una dimensión increíble. Pero me gustaría escuchar a otros deportistas. A lo mejor tienen cosas interesantes que decir la chica del bádminton o el campeón de trial.

—Ya, pero en el fútbol se dispara la atención porque tiene conflicto. El fútbol a veces es una gran obra dramática.

—De acuerdo. Cuando alguien que tiene mucho éxito y falla surge el conflicto. Y supongo que los periodistas estáis deseando que pase porque se venden más periódicos. Hay una especie de efecto cainita con el mundo del deporte. Parece que estamos pendientes de que Nadal o el Madrid fallen. Porque cuando ganan nos parece fácil. Pero no hay nada fácil. No sabes lo difícil que es hacer una buena película. Que te salga una buena película es muy complicado. Que te salga bien es muy difícil. Mira el Madrid con el Betis.

—En el cine hay género de comedia o dramático. En el fútbol poca comedia.

—Bueno, no sé si hay comedia pero sí un componente de felicidad. Yo no sé usted, pero cuando gana el Madrid yo tengo un buen día. Hay un elemento de satisfacción en el fútbol; después de un partido ganado sonríes, no tienes nada que explicar. Estás bien, estás feliz. Sin embargo, cuando ha ido mal es todo lo contrario. Ahí sí que no tienes nada que decir. Sencillamente estás jodido.

—¿Quién tiene mejor papel dramático: Cristiano, el Cholo o Florentino?

—Como componente dramático Cristiano es fantástico. Esa forma de determinarse frente al odio eterno que todo el mundo le profesa fuera del Bernabéu, es algo heroico, sabiendo además que, contra todo un campo, siempre tiene las de perder. Y luego además está su pelea por ser el mejor frente a un mito gigantesco del fútbol como es Messi con el que tiene que competir y por lo general queda segundo. Como fondo dramático me encantaría interpretar a Cristiano. ¡Qué determinación! Solo contra el mundo. Está cerca de un personaje de Shakespeare dentro de esta merienda de negros que es el fútbol en general.

—¿No es un personaje un poco sobreactuado?

—Desde luego creo que es más feliz de lo que muestra. Es demasiado exigente y habría que saber a quién le debe ese brutal nivel de autoexigencia. Dicen que tuvo una infancia difícil, con un padre alcohólico. No lo sé, pero hay que ver qué fuerza tiene este tipo. Su principal motor es querer mostrar siempre que es el mejor. Y eso tiene que ser agotador. Sin embargo esto es un deporte de equipo, en el que dependes del otro. Por eso me gustan tanto jugadores como Iniesta o Isco. Me fascina el penúltimo pase, cuando te quedas pensando, pero, ¿qué ha hecho este tío? El corporativismo, jugar con el otro, tener una visión de equipo. Eso me parece lo más difícil del fútbol y me emociona mucho más que el gol en sí.

—¿Un director de cine sería el entrenador?

—Sí, puede ser.

—Y los actores descontentos ¿podrían cargarse a un director? ¿Le pueden boicotear?

—No es lo mismo porque durante el rodaje de una película no tienes resultados inmediatos que es lo que suele desequilibrar a un grupo. A veces lo pasas muy mal rodando una película y luego es un éxito. La objetividad a la hora de ir creando una película no existe. Muchas veces crees que va a funcionar y el asunto derrapa en el proceso larguísimo que es hacer una película: montaje, dirección, actuación. Hay un momento que se pierde algo y la película es un bluf. Nunca las sensaciones que te llevas durante el rodaje coinciden con un éxito de crítica o de público.

—Es decir, que aunque se haya jugado muy bien no hay garantías de que ganes el partido en la sala de cine.

—Exacto. Pero eso sí, cuando tienes un mal guión, es muy difícil que salga una buena película. Y cuando tienes un magnífico guión, a veces te sale una mala película. Así de frágil es esto.

—¿Cómo es un gran director de cine?

—Ahora estoy trabajando con uno de ellos Paolo Sorrentino, el de ‘La gran belleza’. Un gran director tiene una idea y lo que tienen que hacer los actores es ser generosos y seguir esa idea. Si tú confías sigues esa idea aunque a veces no la entiendas. Si eres un capullo y no la sigues estás decepcionando el proyecto que ese tío te ha ofrecido. Cuando a un entrenador/director su proyecto se le cae de las manos es porque no las tenía todas consigo.

—Está hablando de lo que es la confianza en el director. También depende del nombre. En este caso Zidane es John Ford y los jugadores muestran otro compromiso por la admiración que le profesan.

—Sin duda. Yo procuro trabajar con directores a los que admiro. Cesc Gay, Pedro Almodóvar, Isabel Coixet, Paolo Sorrentino o David Trueba, por decir algunos nombres. Me pongo al servicio de esta gente. Tú no puedes llegar y decir que vas a subir del medio campo si tu entrenador quiere que defiendas. Es como si le digo al director que quiero cambiar los diálogos. Por eso hay un trasfondo dramático en este conflicto que ha tenido Benítez con el Madrid, en el que se ha demostrado que alguien con mucho más poder que son los jugadores no confiaban en él y han podido defenestrarlo.

—Los actores españoles, como los futbolistas, se empiezan a mover con soltura por el mundo. Supongo que no ha sido fácil el proceso.

—Se están haciendo cosas formidables. Yo mismo me pongo las pilas para poder trabajar en inglés o en francés. Javier Gutiérrez, Elena Anaya, Miguel Angel Silvestre, Verónica Echegui, todos ellos están trabajando fuera de España haciendo cosas importantes. Buena parte del proceso fue gracias a tres grandes actores: Banderas, Bardem y Penélope Cruz que franquearon esa barrera con muchísimo esfuerzo. Una puerta que había abierto ya Pedro Almodóvar y que luego contó también con el efecto Amenábar, y Bayona. Es increíble la admiración que se tiene fuera del cine español y de actores como Luis Tosar.

—Para un actor que triunfa en España, trabajar a las órdenes de Sorrentino o junto a estrellas como Jude Law ¿le obliga a un ejercicio de humildad?

—Le diré que para estrella internacional, Pedro Almodóvar. Yo viví algo insólito con la gira mundial de la película ‘Hable con ella’. Recuerdo que a la salida de los Oscar, los seis actores más importantes del momento hacían cola para hablar con él. Me emocionó. Por tanto ya me he hecho ese camino. Ahora cuando vas a trabajar fuera te das cuenta que todo el mundo tiene una grandísima concepción del cine español. El ejercicio que haces ante una gran producción es de tranquilidad. Todo el mundo está cagado y tienes mucho que hacer. Todos los clichés que has tenido a lo largo de tu vida, de gracioso, o de estrella de la televisión, desaparecen porque la gente no tiene ninguna referencia de eso. Hay más de trescientos técnicos que no tienen ni idea de quién eres. Te reinventas y te conoces más a ti mismo en un terreno inestable. Como te creas que eres alguien en esta profesión la has cagado. Es una profesión que o transiges a la humildad, al trabajo y al esfuerzo o estás completamente perdido.

—¿Hay un componente de suerte para triunfar como actor?

—Siempre. La suerte es que te den oportunidades de trabajar. También te la tienes que buscar. Solo he hecho el ejercicio de llamar a un gran director para trabajar con él en dos ocasiones. La primera me salió fatal y quería morirme de vergüenza. Dije que no lo repetiría pero luego lo hice una segunda vez. Llamé a Paolo Sorrentino, porque me dijeron que estaba haciendo una serie. Sabía que era una cosa tremendamente difícil, pero le escribí y salió. A veces hay que arriesgarse. La putada de esta profesión es que cuenta mucho la experiencia y hay muchos actores que no tienen las oportunidades que necesitan para crecer.

—Tengo una curiosidad: ¿Se prepara el discurso cuando ha estado nominado a los Goya?

—Solamente lo preparé en mi primera nominación y no me lo dieron. Iba como actor revelación por Torrente. Y la culpa la tuvo Santiago Segura que me puso la cabeza como un bombo: “Te van a dar el premio amiguete”, repetía constantemente y me lo creí. Lo preparé con amigos y lo memoricé. Me acuerdo que estábamos nominados Ernesto Alterio, Tristán Ulloa, un tipo polaco de cincuenta y tantos años y yo. Y, claro, estábamos convencidos de que nos caía a uno de nosotros tres. Bueno, pues se lo llevó el polaco y nos quedamos hundidos.

—¿Siempre quiso ser actor?

—Siempre. Y eso que mi destino lo tenía diseñado mi padre. Yo en mi pueblo soy el hijo de “el labrador”. Mi padre preparó unas tierras preciosas para que su hijo fuera agricultor como él. Pero yo le dije que no contara conmigo. Eso no era para mí.

—Y acabó teniendo una calle en su pueblo.

—Sí, fue cuando me dieron el Goya y resultó algo tremendamente emocionante. Un acto precioso lleno de niños que querían ver la estatuilla. Me fui hace casi treinta años de mi pueblo y cuando regreso no soy Javier Cámara sino que, como le digo, sigo siendo el hijo de “el labrador”. Por eso cuando voy allí, en dos segundos estoy en la tierra.