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Se cruzó un mal árbitro

ATHLETIC 1 - REAL MADRID 1

Se cruzó un mal árbitro

La fiereza del Athletic maniató a los blancos. Muy polémico arbitraje de Ayza Gámez, que expulsó a Cristiano de forma exagerada. Jesé volvió a marcar e Ibai firmó el empate.

Lo peor fue el árbitro. Al expulsar a Cristiano sin razones de peso, dio a la roja tanta importancia como a los goles. Cada vez que ocurre algo así uno siente que le han hurtado el partido, porque cada análisis se ve interferido por la acción de marras, y ya no existe el fútbol, sólo la discusión vana entre quienes dicen pellizco y quienes contestan puñetazo, entre quienes vieron algo y quienes lo observaron todo, cabezazo, berrea, bronca y árbitro con pistola.

Nadie debió haber sido expulsado, ni existen motivos para juzgar a Cristiano con más severidad que a otros futbolistas, por mucho que brame San Mamés. Las peores tortas de Cristiano, las que más le afean la conducta, fueron las que se dio a sí mismo camino del vestuario, sugiriendo una conspiración donde no había más que torpeza y si acaso miedo escénico.

Ahora humea, pero todo empezó con un trueno. Sin imaginar lo que le vendría encima, Cristiano, educado, repartió tarjetas de presentación. No se había cumplido un minuto cuando controló un balón extraviado y disparó con la zurda, a bote pronto, lejísimos, desde donde a nadie se le ocurre marcar porque nadie cree llegar. La pelota pasó muy cerca de uno de los postes de Iraizoz, descolocado tras una acción anterior. El Madrid volvió a llegar muy poco después, con ventaja y en evidente situación de peligro: Di María chutó desviado. Minuto tres.

San Mamés suspiró. La siguiente vez que el estadio tomó aire fue para lanzar un rugido. El efecto fue instantáneo. Pepe devolvió dos balones al portero y el Athletic dio un par de pasos hacia delante. Entonces comenzó una presión intensísima, casi histérica, suicida porque al Madrid le gusta ese juego, el riesgo, depilarse las piernas con las bayonetas del enemigo. En esa estampida de soldados a la carrera destacaba Ander Herrera, supervitaminado y mineralizado, cerebro en la creación y acosador de Diego López cuando el portero tenía la pelota en los pies. También repartidor de leña, en ratos libres, pregunten a Cristiano.

El Madrid tenía un primer problema. Físicamente, el Athletic no tiene nada que envidiarle. Esa fortaleza (velocidad y energía) anula una de las armas de los madridistas, que ganan bastantes partidos dejando pasar el tiempo y dejando aflorar el músculo. Sin esa posibilidad, el equipo de Ancelotti quedó algo aturdido. Apuesto a que no creyó posible que alguien pudiera correr tanto y durante tanto tiempo. Sin embargo, los minutos pasaban y los leones eran gamos. Cambió el guión, por tanto. Aduriz tuvo el gol en la bota izquierda, pero no supo culminar un movimiento extraordinario después de librarse de Pepe y Sergio Ramos. A continuación pudo marcar Muniain, al que le sobró pensar.

Conjuro. Pasada la primera media hora, el Athletic aminoró la marcha, cosa lógica y humana. Prueba de que el partido se igualó es que San Mamés gritó “¡Así gana el Madrid!”, conjuro de las aficiones para que el Madrid no les gane de cualquier manera.

Cristiano se hizo notar de nuevo, pero tropezó contra el fondo maldito, el de la lona, sólo once goles por los 21 marcados en la otra portería. Lo que sucede allí descubre un trauma infantil y una pesadilla adulta: el jugador que ataca teme que su disparo se pierda tras la cortina y, en estricto cumplimiento de la Ley de la Botella (el que la tira va a por ella), deba ir a buscar la pelota por la calle, vestido de futbolista, preguntando a los paseantes, imaginen el engorro. Además, nadie sabe con certeza lo que hay tras esa lona, una colección de jarrones chinos o el Cantábrico enfurecido.

En la segunda mitad pudimos comprobar que los jugadores del Athletic sólo disponen de dos pulmones por individuo. La revelación animó al Madrid, que recuperó el optimismo y la sensación de superioridad. No había dueño, pero el campo se inclinaba a favor del visitante y le conducía a la portería de los goles, fondo sur, donde siempre hay sitio.

Allí marcó Jesé. La jugada fue un fogonazo. Iturraspe perdió un balón, Cristiano prolongó hacia la carrera de Cristiano y el portugués buscó al niño. El canario, vivísimo, se adelantó a la defensa y empujó la pelota con los tacos de su bota derecha; no lo hubiera logrado con playeras.

Quedaban 25 minutos de partido, pero costaba imaginar cómo podría salir con vida el Athletic. El visitante lo tenía todo de su lado: se le abrían espacios, había probado la sangre y su defensa ahuyentaba los problemas antes de que cuajaran.

El Madrid se replegó para conservar el resultado y el Athletic aceleró espoleado por el orfeón de San Mamés. Ibai, que acaba de entrar al campo, empató poco después. El centro de Ibai al área fue despejado por Sergio Ramos y el propio Ibai aprovechó el rechace con un derechazo de los que acostumbra. El trallazo hizo que el balón inflara la red y la cortina del fondo maldito, quién sabe cuántas vajillas arruinó.

El destino dio otro giro de inmediato. En otra jugada de ataque del Madrid, se encadenaron los incidentes. Benzema reclamó falta, Cristiano pidió penalti y cuando el balón salió de allí continuaron los pleitos. Encarado con Gurpegui, Cristiano le agarró de la cabeza más para apartarlo que para agredirlo. El navarro fingió una agresión (patéticamente, como siempre en estos casos) y al barullo se unieron otros para continuar la berrea (el hombre no procede del mono, sino del muflón). Iturraspe y otra vez Cristiano se desafiaron entonces con la cabeza, con leves embestidas mutuas, y al siguiente pestañeo aquello ya era un tumulto de empujones y reproches.

Cuando el árbitro apareció por la escena todo pareció susceptible de empeorar. Y empeoró. Ayza Gámez expulsó a Cristiano y mostró amarilla a Iturraspe. Pudo haber apostado por cualquier otra combinación de colores y amonestaciones, y casi todas hubieran sido más razonables. Ni Cristiano ni el partido merecían esa decisión, y diría que tampoco el Athletic, que ahora se sentiría mejor sin tanto ruido.

Con diez jugadores, el Madrid dio por bueno el punto y siguió cabalgando con la flecha clavada en el brazo, como los vaqueros valerosos. El Athletic lo quiso todo y estuvo cerca de conseguirlo. Ibai, de nuevo, probó los reflejos de Diego López con otro chutazo a bote pronto y Aduriz le examinó sobre colocación con un buen cabezazo. El portero estuvo sobresaliente en ambos casos.

Así terminó la batalla, con todos exhaustos, con cierta indignación madridista y con la satisfacción del Athletic, que salvó el orgullo y evitó la derrota. Lástima que un árbitro se cruzara en mitad de la pelea.

 

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