Triunfo del rostro pálido

Real Madrid 1 - Barcelona 3 | La contracrónica

Triunfo del rostro pálido

Triunfo del rostro pálido

El Barça remontó y lo hizo con sus mejores armas. Fue tan fulminante su trabajo que parecía más una revindicación de Víctor Valdés, el héroe caído, que un triunfo en la Liga. El triunfador tiene el rostro pálido y es el primero de la clase.

El primero de la clase. Iniesta es el primero de la clase. Su partido de anoche es una excepcional muestra de lo que puede hacer la humildad en el cuerpo de un genio. Sus maniobras fueron exquisitas, siempre al borde de la genialidad útil; verle jugar es ver jugar a un maestro mayor de un deporte que vive, tan solo, para ayudar a los otros. Su juego fue veloz, algo que no parece ir con su manera de ser; pero la manera de ser de Iniesta ha terminado siendo gemela de la manera de ser del Barça.

Y Xavi, claro. Iniesta es el rostro pálido del Barça; de todos los futbolistas que aparecen en la tele, Iniesta es el primero que resalta, pues es tan blanco como las rayas del campo. ¿Y Xavi? Hay algo en Xavi que llama mucho la atención: ¿cómo mantiene el equilibrio?, ¿qué le hace sobreponerse al contrario, ignorándolo incluso, para convertirlo en seguida en su pasado? Xavi hace que el otro sea el pasado, lo sobrepasa en seguida, y mira hacia adelante. Tuvo la fortuna de un gol inesperado, pero es que él siempre está buscando, como Picasso. Las casualidades lo hallan trabajando. Y tiene al final la recompensa.

Valdés está reivindicado. El Barça ganó, me parece, porque cultiva un fútbol que nace de una convición, jugar al fútbol. La pasión maniática de Pep, que cree que los futbolistas, incluido el portero, tienen que sacar adelante la pelota jugada, es un contagio difícil de superar para cada uno de los jugadores del Barça, que comulgan de manera suicida con esa idea. Y ayer Valdés se pasó de listo; Benzema estaba allí, y hundió al portero azulgrana en una miseria contra la que empezaron a jugar, en seguida, sus compañeros. El triunfo del Barça es un brindis a Valdés. Él les suele sacar las castañas del fuego; en el fuego de ayer, él hizo lo posible por revindicarse. Esa parada, casi al final, fue su señal. Ganó el Barça, y ganó Valdés. Lo necesitaba ayer más que nunca.

Los otros. El Real Madrid tuvo una salida fulgurante; detrás, las estadísticas. Las estadísticas (lo decía Pep anteayer) sólo sirven de espejismo para los que creen que el fútbol se juega antes de salir al campo. Como para echar a Franco (algo que querían unos estudiantes de los años 60) había que seguir unos trámites (eso les dijo el rector a los alumnos), para decidir quién ha ganado hay que jugar el partido. Y el minuto uno no es el minuto 89; así que desde aquel gol fresco de Benzema hasta el final podían jugar más los futbolsitas (unos y otros) que las estadísticas. El mal resultado del Madrid es una lección para los que hacen que las estadísticas jueguen antes de tiempo. Es que no actúan, sencillamente.

El factor Mourinho. Era esperado tanto como el partido. ¿Qué hará Mourinho? Creo, y lo digo con esperanza, que ayer acabó una etapa de crispación que no le ha venido bien al fútbol. Su espera para saludar a Guardiola, el gesto que luego tuvo con Vilanova, cuando el encuentro estaba casi vencido, clausura un momento, demasiado largo, de crispación. Después del primer gesto, y hasta el último, jugaron los futbolistas. Déjenme decir, de nuevo, que quien habló mejor fue ese chico de rostro pálido que nació en Fuentalbilla y que es uno de los mejores tipos que han pisado un campo de fútbol.

El porvenir. El Madrid tiene ahora ante sí una disyuntiva: la solución a esa pregunta que le abre el partido de anoche es que deje de pensar en el Barça. El Barça es de otro mundo. Si el Madrid considera que ha de superarlo, tiene que empezar a jugar como si el Barça no existiera. Hasta que se lo encuentre de nuevo. Por mucho que haga el Madrid, en algún momento, en algún sitio, se encontrará con Iniesta. O con Xavi.