Los Futbolísimos Los Futbolísimos Los Futbolísimos Los Futbolísimos

El misterio del mundial en áfrica

Roberto Santiago

El jeep se había detenido frente a una alambrada de color mostaza.

Detrás, se adivinaba un enorme terreno con algunas construcciones muy sencillas.

Todos observamos el lugar con curiosidad.

Había un cartel enorme en la entrada:

CITY OF HOPE.

—Ciudad de la Esperanza —tradujo Anita.

—¿Dónde estamos? ¿Qué es este sitio? —preguntó Camuñas.

—School, sport center and also home for empoverished girls —contestó Kangachepe.

—Escuela, centro deportivo y residencia para niñas pobres —explicó Anita.

Estábamos en uno de los barrios más humildes de la capital: Chawana-Makeni.

—Bienvenidos a corazón de Lusaka, my friends —anunció la hermana Clarence, orgullosa—. City of Hope ser centro para niños y niñas sin recursos.

Las puertas de aquel sitio se abrieron y apareció una monja negra, muy alta y delgada. Irradiaba tranquilidad y paz.

Saludó sorprendida a la hermana Clarence nada más verla.

—Kids, os presento a madre superiora —dijo la hermana Clarence—. Ella ser la hermana Olabisi, que en Zambia significa «la que trae felicidad».

La monja trató de sonreír, pero estaba claro que algo le preocupaba. 

A su lado se asomó otra monja bajita, enjuta, con el rostro lleno de arrugas.

—También presentar a hermana Sonsoles, de Albacete —dijo la hermana Clarence—. Ser monja más veterana en Zambia, ella sabe todo.

—¿¡Qué haces aquí, con todos estos niños, una noche como hoy!? —preguntó la hermana Sonsoles.

—Ellos nos ayudan… —empezó a responder la hermana Clarence.

Pero no pudo continuar.

Inmediatamente, varios focos enormes nos deslumbraron.

Media docena de policías rodearon nuestro coche.

Uno de los agentes, que tenía un pelazo rizado y un bigotón, se dirigió a nosotros con un megáfono:

—Get out of the car! Hands up! 

—El policía ordena que salgamos con las manos en alto —dijo Anita.

—No hace falta que traduzcas todo, los demás también sabemos inglés —protestó Marilyn.

—Ni caso, bonita, tú sigue traduciendo, a mí los idiomas siempre se me han dado regular… —replicó mi madre—. Venga, vamos, todos abajo. 

De un salto, ella fue la primera en salir del coche.

—Good night, señores policías —dijo, gesticulando mucho para que la entendieran—. I´m Juana Casas, encantada.

—Silence, madame! —soltó el policía—. I’m captain Mulenga. You can’t leave your car here. Besides, there are twelve passengers in the car. It’s illegal.

Mi madre miró a Anita, que dijo:

—Que se llama capitán Mulenga y que aquí no se puede aparcar. Ah, y que vamos doce en el jeep. Es ilegal.

—No seas tiquismiquis, Mulenga —le dijo mi madre, sonriendo.

Los demás también bajamos del coche.

La hermana Clarence se encaró con el capitán del bigote.

Empezaron a discutir de malas formas.

Hablaban inglés muy rápido. Con palabras africanas entre medias. No había forma de enterarse.

La monja parecía muy enfadada.

La madre superiora, la hermana Olabisi, trató de poner paz sin conseguirlo.

—Mira —me dijo Helena, señalando al fondo.

Entonces me di cuenta.

Las instalaciones de Ciudad Esperanza estaban completamente rodeadas.

Había una gran cantidad de furgonetas y coches de policía por todas partes.

Un poco más allá, detrás de un cordón policial, se amontonaba un numeroso grupo de periodistas con cámaras.

—Aquí está pasando algo muy gordo —susurró Ocho.

—Ya sabía yo que era muy mala idea salir del hotel en plena noche —se lamentó Angustias.

—Yo pensaba que íbamos de safari —dijo Toni.

—Quizá podríamos entrar, seguro que las monjas nos dan algo de cena —propuso Tomeo.

El capitán Mulenga dio media vuelta, muy molesto, y regresó a su posición con los otros policías.

Iba farfullando algo.

—Freedom of expression can’t be censored! —exclamó la hermana Clarence, levantando el puño—. This is a free country! An injustice is being done here! 

Mi madre le dio un codazo a Anita para que tradujera:

—Le ha dicho al capitán algo de que no puede censurar la libertad y que aquí se está cometiendo una injusticia.

—Me cae bien esta monja, mira tú —dijo mi madre—. Aunque no tengo ni idea de qué está hablando.

La hermana Clarence se plantó delante de Anita.

—Ha llegado momento, niña maravilla, a ti te escucharán —le soltó—. Tener que usar tu fama para protestar por esta gran injusticia. Venga, tú hablar con periodistas.

—Pero… si yo no sé qué está ocurriendo, ¿a qué injusticia se refiere? —dijo Anita, desconcertada.

La madre superiora observó la escena y negó con la cabeza, reprochando su actitud a la hermana Clarence.

—You are a whirlwind, Clarence —dijo Olabisi, con un fuerte acento local.

—«Whirlwind» significa torbellino —susurró Anita.

—Siempre vas por libre, Clarence —intervino la hermana Sonsoles—. No puedes arrastrar a unos niños hasta aquí en mitad de la noche. Ni siquiera les has contado qué está sucediendo.

—Es que entre rinoceronte, partido mucho emocionante y cena… no dar tiempo explicaciones —se justificó la hermana Clarence.

Se quitó las gafas de sol y nos miró fijamente.

—Os voy a contar historia de «Ciudad Esperanza» resumida en one minute  —dijo.

—Me encantan las historias —aseguró Ocho.

Todos prestamos atención.

La hermana Clarence cumplió su palabra.

Con su peculiar forma de hablar, nos contó la historia de aquel lugar exactamente en un minuto y ciento veinte palabras:

«City of Hope fue abierta por grupo monjas salesianas hace more than treinta años.

Al principio era pequeño orfanato para niñas pobres sin familia de Zambia. 

Centro fue creciendo y abrir escuela para niños todas edades.

Venir más voluntarios a ayudar.

Colegio y residencia hacer más grandes, incluyen asistencia sanitaria also.

También construir pequeños campos deporte.

Entonces ONG española Red Deporte empezó a colaborar con nosotras.

Gracias ellos, conseguir que fútbol, baloncesto o voleibol sean mucha ayuda para educación de niños y niñas.

Las hermanas estamos mucho agradecidas a Red Deporte.

Problema surge porque nuevo campo fútbol hacer nosotras sin licencia ayuntamiento.

Concejal venir y amenaza: tirar todos campos y escuela caput.

Policía desalojar instalaciones tonight.

Grande injusticia.

Fin historia»

Nos quedamos atónitos.

—Muy buen resumen, sí señora —asintió mi madre.

Anita estaba asimilando todo lo que acabábamos de oír.

—¿Y ahora se supone que yo me voy a poner delante de la prensa y les voy a soltar que todo esto es una injusticia terrible? —recapituló Anita, tragando saliva—. Pero… me faltan datos… y yo no soy tan famosa… y me da mucha vergüenza.

—Tú niña maravilla, hoy mucho famosa en televisión Zambia —insistió la hermana Clarence—. No necesitar datos, solo decir: Stop desahucio, esto ser injusticia… come on, no perder tiempo. 

Arrastró a Anita hasta el cordón donde se encontraban los periodistas.

Kangachepe las acompañó, pero estaba claro que esa noche la estrella era Anita.

En cuanto vieron llegar a la monja con nuestra compañera, encendieron las cámaras y empezaron a grabar.

Anita parecía en pánico.

Respiró hondo.

Tras unos segundos, carraspeó y dijo:

—Buenas noches, good night.

A partir de ahí, comenzó a soltar palabras en perfecto inglés.

Una frase detrás de otra.

Con una soltura increíble.

Parecía que había nacido para hablar con la prensa.

Creo que dijo algo sobre la responsabilidad de todos para salvar Ciudad de la Esperanza y ayudar a los niños y las niñas de Zambia…

No estoy muy seguro.

Reconozco que mi inglés no es muy bueno.

Tal vez me viene de familia el tema de los idiomas.

—Francisco, ven, vamos a echar un vistazo —dijo mi madre en voz baja.

Al oír su voz, me di la vuelta.

¡Se había colado por una abertura de la valla y estaba dentro del recinto!

—Pero mamá, no se puede entrar ahí sin permiso —dije, alarmado—. Además, la policía va a desalojar este sitio y…

—No seas aburrido y ven de una vez —me cortó ella—. ¿O prefieres quedarte escuchando el discurso de la niña maravilla?

—Me flipa tu madre —dijo Camuñas—. Ya voy, señora Juana.

Antes de que pudiera reaccionar, mi amigo también se coló por la abertura de la valla.

Esto sí que no me lo esperaba.

Mi madre y Camuñas haciendo pandilla y colándose sin permiso en un recinto oficial.

—Yo también me apunto —dijo Helena.

—Toma, y yo —aseguró Ocho.

—Pues venga, vamos antes de que nos pillen —apuntó Marilyn.

—Deprisa —dijo Toni.

—Esto se pone emocionante —susurró Tomeo.

—Demasiado emocionante para mi gusto —se lamentó Angustias.

Uno a uno, todos mis compañeros fueron entrando.

—¿No vienes? —me preguntó Helena.

—Supongo que sí —contesté, siguiéndola.

Nadie se fijó en nosotros.

Los policías estaban pendientes de la prensa.

Y los periodistas a su vez no perdían hilo de lo que decía Anita.

Total, que mi madre y nosotros ocho atravesamos la valla.

Cruzamos un pequeño descampado.

Y nos internamos en Ciudad de la Esperanza.

A primera vista no parecía nada del otro mundo.

Era un terreno escarpado con algunos árboles.

Había muy poca iluminación.

Se podía distinguir un edificio principal en un extremo que debía ser la escuela.

Según avanzamos, vimos varios barracones diseminados.

Imaginé que serían la residencia de las internas y de las monjas.

Justo en el otro lado había algunas cabañas, eran las viviendas de los voluntarios. Eso no me lo imaginé, lo sé porque había un cartel en el que ponía en varios idiomas:

Capítulo 5 de los Futbolísimos

Cabañas de voluntarios

Volunteer cabins

Freiwillige hütten

Cabanes de bénévoles 

Nyumba zodzipereka

Más allá, también descubrimos un par de pistas deportivas multiusos de fútbol y baloncesto.

Y otro campo de fútbol a medio construir. 

—Muy interesante todo, pero ni rastro del comedor —dijo Tomeo.

Seguimos adelante y nos internamos por una zona en la que tenían algunas huertas.

—¿Habrán desalojado ya a todos los ocupantes? —preguntó Marilyn—. Esto parece desierto.

—Fijo que aquí ya solo hay monjas y fantasmas, je, je —dijo Toni.

—Muy gracioso, me parto —dijo Angustias.

—Podríamos entrar en los barracones, a lo mejor encontramos algo interesante —propuso Camuñas.

—Eso sí que no —dijo mi madre, tajante—. No estamos aquí para cotillear ni para espiar.

—¿Entonces para qué estamos aquí? —preguntó Camuñas, desconcertado.

—Bueno, pues… para… o sea… —dijo mi madre, improvisando—… para conocer un sitio nuevo que tiene mucha historia… y para… ¡yo qué sé! ¡venga, tienes razón, vamos a entrar en los barracones, ya que estamos!

—Pero, mamá, eso no está bien —dije.

—Escucha, Francisco, no me vengas con monsergas —replicó ella—. Muchas veces te has escapado de casa con tus amigos sin permiso. Ahora no te hagas el santo conmigo. Si tu amigo el Orejas quiere ver uno de esos barracones por dentro, tampoco vamos a hacer un drama por eso. Hala, andando.

Mi madre estaba desatada.

—¿El Orejas soy yo? —preguntó Camuñas.

Nos dirigimos a uno de los barracones que estaba junto a la valla.

Era una especie de módulo prefabricado.

Mi madre se acercó a la puerta intentando no hacer ruido.

Los demás fuimos detrás.

Ella golpeó con los nudillos.

Toc-toc.

—Por si acaso hubiera alguien —explicó.

Como nadie contestó, volvió a llamar con más fuerza.

Toc-toc.

Toc-toc-toc.

Nada.

—Está claro que han evacuado a todo el mundo, aquí no hay nadie —soltó mi madre.

Agarró el pomo y cuando estaba a punto de abrir la puerta, una voz la detuvo en seco.

—Okumba! Makina owononga!

Nos giramos de inmediato.

A unos veinte metros, sobre una pequeña loma, una niña negra de nuestra edad nos miraba con los ojos muy abiertos, extrañada de vernos allí.

—Okumba. Makina owononga —repitió.

—¿Alguien sabe qué está diciendo? —preguntó mi madre.

—Ni idea —dijo Camuñas.

—La traductora sabelotodo se ha quedado ahí fuera —recordó Toni.

—Además, eso no es inglés —apuntó Marilyn.

—Tal vez es nyanja —dijo Ocho.

—¿Pero el idioma oficial no es el inglés? —preguntó Tomeo, rascándose la cabeza.

—Ni idea, yo qué sé —respondió Ocho.

La niña nos miraba con una mezcla de temor y curiosidad.

—A lo mejor se piensa que somos unos intrusos —dijo Camuñas.

—Es que SOMOS unos intrusos —dijo Angustias.

Mi madre meneó la cabeza y dio unos pasos hacia la niña.

—Nosotros no intrusos. Somos amigos… from Spain —dijo—. Soto Alto Fútbol Club. Do you like football? Seguro que sí te gusta, ¿verdad, bonita?

La niña arrugó la nariz y volvió a decir:

— Okumba. Makina owononga.

—Qué perra le ha dado con eso de okumba —dijo mi madre—. Así no hay manera de comunicarse. ¿Qué hará aquí sola esta niña? No son horas… ¡Deberías estar en la cama durmiendo, cariño! ¿Me entiendes? Do you understand me?

Entonces, ocurrió algo increíble.

La niña se movió, buscando la luz de una farola.

Se oyó un ruido de pasos. 

Y detrás de ella… ¡aparecieron un centenar de niñas!

Estaban todas allí arriba, sobre esa loma, observándonos.

Eran niñas africanas de distintas edades.

Las había desde cuatro o cinco años.

Hasta algunas de trece o catorce, las más mayores.

—¿Llevan ahí todo el tiempo? —preguntó Camuñas, sorprendido.

—Son muy silenciosas —dijo Ocho, admirado—. Serían muy buenas como espías.

La primera niña que habíamos visto hizo un gesto para que nos acercásemos.

—¿Vamos? —preguntó Camuñas, temeroso.

Mi madre nos miró y dijo:

—Vamos a subir a ese montículo muuuuuuy despacio. Si pasa algo, salid corriendo. Yo os protegeré.

—Nunca debimos colarnos por debajo de la valla. Nunca debimos escaparnos del hotel de noche. Nunca debimos coger un avión ni salir del pueblo ni abandonar nuestras casas ni nuestras camas mullidas y calentitas, ay —se lamentó Angustias.

Lentamente, fuimos subiendo por la loma.

Con mucha cautela.

Al llegar a lo alto, las niñas nos rodearon con curiosidad.

Me dio la impresión de que ellas estaban mucho más asustadas que nosotros.

La primera niña señaló al otro lado de la valla.

Y una vez más, repitió:

—Okumba. Makina owononga.

Levantamos la vista.

Y, ahora sí, entendimos perfectamente lo que significaba.

Desde aquella posición elevada, se podía ver un gran número de policías de uniforme.

Escoltaban… ¡una docena de máquinas amarillas gigantescas!

Eran excavadoras y máquinas demoledoras.

Todas con los motores encendidos. 

Listas para entrar en Ciudad de la Esperanza y derribarla.

—Vaya tela con las okumbas —dijo mi madre, contemplando las máquinas—. No me extraña que las niñas estén asustadas. 

Los motores rugían amenazantes.

—Creo que me voy a hacer pis encima —dijo Tomeo.

—Yo voy a llorar —dijo Angustias.

—Pero ¿van a derribar el campo de fútbol o todas las instalaciones? —preguntó Marilyn.

—No lo sé —dijo Ocho—. ¡No quiero mirar!

—Que no cunda el pánico —pidió mi madre—. Anita y la hermana Clarence están denunciando el caso a la prensa… seguro que se puede hacer algo… además, no van a entrar en mitad de la noche y demoler la residencia de estas pobres criaturas…

¡BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRM!

Todas las máquinas se pusieron en marcha al mismo tiempo.

Levantaron las enormes palas mecánicas.

Y… ¡echaron abajo la valla de Ciudad de la Esperanza!

—¡Adiós esperanza! —dijo Ocho.

Las niñas y nosotros mismos gritamos espantados.

—¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah!!!

—Help!!!

—¡¡¡Socorro!!!

—Thandizeni!!!

—¡Ayuda!

—¡Paren esas máquinas, por lo que más quieran! —bramó mi madre, sin obtener respuesta.

—¡Aquí hay niños inocentes a punto de morir! —suplicó Camuñas—. Hay que echarle un poco de dramatismo, ejem.

Sin embargo, las máquinas siguieron adelante.

Implacables.

Parecían dispuestas a arrasar con todo.

Hasta que de pronto, una monja llegó pegando saltos y alaridos.

—¡Ha ocurrido una cosa horrible! ¡Anita! ¡La niña maravilla!

Era la hermana Sonsoles.

Estaba descompuesta.

Del disgusto, tenía aún más arrugas en el rostro.

Al verla allí en medio, delante de las máquinas, pararon los motores por un segundo.

—¡Anita, la portera suplente! ¡La heroína del partido y del Mundial! ¡La niña maravilla, ídolo de toda Zambia! —exclamó la hermana Sonsoles, aterrada.

—¡Que sí, que ya sabemos quién es Anita, la conocemos muy bien! —respondió mi madre—. ¡Díganos de una vez qué le ha ocurrido!

La hermana Sonsoles se pasó la mano por los ojos enrojecidos.

Y respondió…

El destino de los futbolísimos está en tus manos