Los Futbolísimos Los Futbolísimos Los Futbolísimos Los Futbolísimos

El misterio del mundial en áfrica

Roberto Santiago

—Me he quedado con un poco de hambre —dijo Tomeo, saliendo del baño en pijama.

—¿Hambre? —preguntó Camuñas—. Pero si has cenado sopa, arroz, pollo a la brasa, maíz, ensalada, patatas, cacahuetes, conejo asado, sardinas y de remate una docena de buñuelos de azúcar…

—Eso sí, pero me ha faltado probar las hormigas voladoras crujientes —se relamió Tomeo—. Tenían una pinta buenísima.

—Puaaaajjjj, hormigas —dije.

Me dejé caer en la cama, agotado.

Después del partido habíamos ido a celebrar el triunfo a un restaurante en el centro de Lusaka.

Y ahora estábamos en nuestra residencia, el hotel Mosi-Oa-Tunya que significa «Humo que truena». Así es como llaman en Zambia a las famosas cataratas Victoria, las más grandes del mundo, que están en el norte del país.

Teníamos que descansar.

Al día siguiente por la tarde jugaríamos nuestro segundo partido del torneo contra el Sao Paulo.

Yo compartía habitación con mis amigos Camuñas y Tomeo.

En el cuarto de al lado estaban Toni, Ocho y Angustias.

Y un poco más allá, Anita, Helena y Marilyn.

Los tres nos metimos en la cama.

—¿No te quitas la gorra para dormir? —preguntó Tomeo, observando extrañado a Camuñas.

—A ti te apetece comer hormigas y no digo nada —respondió el portero—. Me gusta dormir con la gorra, ¿algún problema? 

—No, si a mí me parece muy bien —musitó Tomeo, tocándose la barriga—. No sé si os lo he dicho, pero noto como que me ha faltado rematar la cena con alguna cosilla, que luego la tripa me hace ruidos y no puedo dormir y… zzzzzzzzzzzz…

Camuñas y yo nos incorporamos.

—¿Se ha dormido mientras hablaba? —pregunté.

—Dormido y roncando —señaló Camuñas.

Tomeo era increíble.

Lo que más le gustaba en el mundo era, por este orden: comer, dormir y jugar al fútbol. 

—Buenas noches —dijo Camuñas, ajustándose la gorra y agarrándose a su almohada.

—Nas noches —contesté, dándome la vuelta.

Creo que solo tardé unos pocos segundos en dormirme.

Soñé que jugábamos un partido contra un ejército de hormigas voladoras.

Tomeo corría detrás de ellas para comérselas.

Pero las hormigas volaban a toda velocidad con el balón controlado… y nos marcaban un golazo.

Aquellas hormigas eran muy buenas.

Nos eliminaban del torneo.

Y luego Anita fichaba por el equipo de las hormigas.

Y se proclamaban campeones del mundo.

Y Anita levantaba la copa.

Y se convertía en la portera suplente más famosa de todos los tiempos.

Ya sé que no tenía ningún sentido.

Por eso era un sueño.

Al final, yo estaba sentado en la grada del Estadio de la Independencia viendo la ceremonia de clausura.

La gente se volvía hacia mí y me tiraban bebidas, papeles, de todo...

—¡No, por favor, no me tiréis más cosas! —pedí.

—Pakete, ¿estás bien? 

Me desperté de golpe.

Sudando.

—Estabas gritando cosas muy raras —me dijo Camuñas, observándome.

En ese momento, una piedrecita entró por la ventana y me cayó encima.

¡Toc!

Sobre mi cama había otras pequeñas piedras.

—Por eso soñaba que me tiraban cosas —murmuré, atando cabos.

Otra piedrecita voló y me dio directamente en el hombro.

¡Toc!

Me incorporé de un brinco.

—¿Se puede saber qué pasa? —dije.

Fui directo a la ventana.

Me asomé.

Allí mismo, a pocos metros de mi ventana, había dos personas.

Kangachepe Banda.

Y la hermana Clarence.

La monja lanzó otra piedrecita justo en ese momento… ¡y me impactó en la frente!

—¡Ay! —me quejé.

—Sorry, sorry, yo no visto, perdona —dijo, haciéndome un gesto con las manos.

A mi lado, apareció Camuñas.

—¿Por qué nos atacáis con piedras en mitad de la noche? —preguntó—. ¿Es una costumbre local?

Kangachepe le susurró algo a la hermana Clarence y ella sonrió.

—No atacar —dijo la monja—. Llamar a vosotros para pedir ayuda. Venir con nosotros a sitio muy importante en otra punta de ciudad.

—¿Ahora? —pregunté, sorprendido—. Son las… tres de la madrugada.

—Es mejor momento, todos duermen, no tráfico —aseguró la hermana Clarence—. Venir con nosotros.

Kangachepe asintió y chapurreó unas pocas palabras:

—Necesitar ayuda. Por favor.

Resoplé, ya estábamos con las excursiones en mitad de la noche.

—Por supuesto, podéis contar con nosotros —dijo Camuñas—. Somos el Soto Alto F.C., un club legendario que siempre ayuda a los demás. Ahora mismo bajamos.

—No, no, querer ayuda de niña maravilla, no de vosotros —le corrigió la hermana Clarence.

—¿Eh? ¿La niña maravilla? ¿Quién es esa? —preguntó Camuñas.

—Se refiere a Anita, está claro —dijo Tomeo, bostezando, que también se había levantado—. La heroína del partido.

Se acercó a la ventana y dijo:

—¡Anita no aquí! ¡Está en la habitación del fondo a la izquierda! 

—¡Ah, perdón! —dijo la monja—. Equivocar con piedras, sorry.

Sin más, cogió otras piedrecitas del suelo y se dispuso a lanzarlas a la ventana de nuestras compañeras.

—¡Pero bueno! —dijo Camuñas, indignado—. Nos despiertan a pedrada limpia y ahora… ¿¡pasan de nosotros, así como así!?

—Mira el lado bueno —dijo Tomeo, estirándose—. Podemos volver a la cama. Por cierto, ¿tenéis alguna barrita o chocolatina a mano? A mí es que cuando me interrumpen el sueño me entra un hambre que no veas.

Ignorándonos completamente, Kangachepe y la hermana Clarence tiraron unas cuantas piedras a otra ventana del hotel.

—Que conste que ya no quiero ir con vosotros, aunque me lo supliquéis —les dijo Camuñas, cruzándose de brazos, haciéndose el digno.

—Creo que no te están oyendo —dijo Tomeo.

Desde abajo, siguieron tirando piedrecitas sin prestarnos ninguna atención.

Al rato, se asomó Ocho con unos globos llenos de agua.

—¡Si queréis guerra la vais a tener, ja! —exclamó.

Lanzó dos globos de agua con todas sus fuerzas.

Capítulo 4 de los Futbolísimos

Impactaron sobre la hermana Clarence, que acabó completamente empapada.

La monja se sacudió el agua y sin darle mayor importancia, dijo:

—¿Poder avisar a niña maravilla portera suplente, por favor?

Toni y Angustias se asomaron detrás de Ocho.

—Anita está en la otra ventana, la que hace esquina —dijo Toni, señalando hacia el otro lado.

—¿De dónde habéis sacado esos globos tan molones? —preguntó Camuñas.

—Siempre llevo en la maleta —contestó Ocho, como si fuera lo más normal del mundo—. Por si acaso.

—¡Señora monja, que conste que no vamos a fugarnos del hotel a estas horas por mucho que insistan! —soltó Angustias, medio escondido tras el marco de la ventana—. ¡Tenemos un pacto secretísimo que no le podemos contar a nadie y siempre terminamos escapándonos por la noche, pero eso se va a terminar, aunque estemos en Zambia y nos lo pidan por favor!

—No quieren que vayamos nosotros, solo buscan a Anita —dijo Camuñas, dolido.

—Se supone que el pacto es secreto, Angustias, no puedes ir por ahí contándolo —le recordé.

—Lo siento, es que me entra la ansiedad y no sé ni lo que digo —se justificó Angustias.

Kangachepe y la hermana Clarence se dirigieron a la tercera ventana y repitieron una vez más la misma operación.

Cogieron piedrecitas y las tiraron.

—No hace falta, lo hemos oído todo —anunció Marilyn, asomándose.

—Estábamos aquí desde el principio con «la niña maravilla» —sonrió Helena.

Por fin, Anita apareció en la ventana.

Nada más verla, Kangachepe repitió las mismas palabras que había dicho un momento antes:

—Necesitar ayuda. Por favor.

—Enhorabuena, niña, menudos tres golazos —dijo la monja—. ¿Poder acompañarnos a una misión secreta ahora?

Anita, haciéndose la interesante, se ajustó las gafas y dijo:

—Es un poco tarde, pero si alguien me necesita, siempre estoy lista para ayudar. Como portera suplente, estoy acostumbrada a resolver problemas que otros no han podido solucionar. Es la historia de mi vida.

—¿Eso significar que sí? —preguntó la hermana Clarence.

—La empollona ha dicho que sí, señora —intervino Toni—. Lo que pasa es que le gusta ir de listilla.

—Tú no te metas, ignorante —rebatió Anita—. ¡En marcha!

—Hermana Clarence —dijo Helena—. ¿Le parece bien si los demás acompañamos a Anita? Somos un grupo muy unido.

—Unidos sí, pero no tanto —se apresuró a decir Angustias—. Puede haber mil peligros ahí fuera esperando. ¿¡Es que ya se os ha olvidado el rinoceronte ese que nadie sabía si era negro o blanco!?

—Poder venir todos, of course —aseguró la monja. 

Anita, Marilyn y Helena ya estaban saliendo por la ventana y caminando por un pequeño alféizar que había en la fachada del hotel.

—¡Tened cuidado, por lo que más queráis! ¡Tened mucho cuidado! —gritó Angustias, alarmado.

—Estamos en un primer piso —dijo Marilyn—. Aunque nos caigamos tampoco pasaría nada grave.

—Podemos bajar por ahí —propuso Camuñas, señalando un árbol junto a la esquina.

Tomeo, Camuñas, Toni, Ocho y yo también salimos por las ventanas de nuestras habitaciones.

—¿Pero adónde vais, si puede saberse? —insistió Angustias—. Es tardísimo. Y mañana tenemos partido. Y la monja rara… ¡ni siquiera ha dicho a dónde nos van a llevar!

—Si prefieres quedarte, nadie te va a juzgar —dijo Helena.

—Sí, claro, y quedarme aquí solo muerto de miedo —replicó Angustias, y también saltó al alféizar de la fachada, detrás de nosotros.

Los nueve caminamos muy pegados a la pared, intentando no hacer ruido.

En dirección al árbol.

—¡ALTO AHÍ! —exclamó una voz—. ¿OS HABÉIS VUELTO LOCOS?

Una ventana del segundo piso se iluminó y por ella apareció mi madre, con cara de sueño.

Los nueve levantamos la vista, sonriendo, tratando de disimular.

—Hola, mamá —dije.

—¿Se puede saber adónde vais? —preguntó.

—No lo sabemos muy bien, señora Juana —dijo Ocho—. La hermana Clarence y Kangachepe han venido a pedir ayuda urgente a la niña maravilla. Y los demás vamos detrás sin tener ni idea.

—La niña maravilla soy yo, ejem —añadió Anita, orgullosa.

—¿De verdad os parece normal fugaros del hotel en plena noche? —dijo mi madre.

—A mí no —contestó Angustias.

—Perdón, es por buena causa —se excusó la hermana Clarence desde abajo.

Mi madre se quedó pensativa y dijo:

—Ah, si es por una buena causa, entonces perfecto, podéis escaparos y atravesar la ciudad y perderos en la selva si es necesario, faltaría más.

—¿De verdad? —dijo Camuñas, entusiasmado.

—¡PUES CLARO QUE NO! ¿EN QUÉ CABEZA CABE SEMEJANTE DISPARATE? —bramó mi madre fuera de sí—. ¡TODOS ADENTRO AHORA MISMO!

—Pero queremos ayudar… —intentó decir Anita.

—¡Pamplinas! —la cortó mi madre.

Cuando mi madre dice pamplinas significa que se acabó la discusión.

Nos quedamos paralizados sobre aquel alféizar.

—Lo siento, todo ser por mi culpa —dijo la monja.

—I´m so sorry —dijo Kangachepe—. Many Zambian children are in danger tonight. But it is not your responsibility. I´m sorry. 

—Kangachepe dice que sentir mucho —tradujo la hermana Clarence—. Un montón de niños de Zambia estar en peligro grave esta noche, pero vosotros no ser responsables. Lo sentimos. No teníamos que haber venido.

—Otra vez será —dijo Anita, despidiéndose con la mano—. Hala, todos adentro otra vez.

Los nueve comenzamos a retroceder, deshaciendo el camino.

—Un momento —dijo mi madre—. Estoy un poco dormida y no me entero muy bien. ¿Acaba de decir que hay niños en peligro? ¿Esta noche? ¿Por eso habéis venido a pedir ayuda?

Kangachepe y la hermana Clarence asintieron al unísono, con cara de circunstancias.

—Es very urgente, sorry —dijo la monja.

—Maldita sea, pues vamos allá —soltó mi madre—. Sea lo que sea, no vamos a quedarnos de brazos cruzados. Eso sí, yo también voy. ¡No puedo consentir que vayáis solos!

Mi madre salió al alféizar de su ventana, decidida.

—¡Bravo, señora Juana, así se hace! —exclamó Marilyn.

Todos la aplaudimos.

Y de nuevo nos dirigimos hacia el árbol.

—Mamá, ten cuidado, no te vayas a caer, que estás en un segundo piso —le advertí.

—Caer dice, no me habré fugado yo veces por la ventana de mi casa cuando era joven —dijo ella, encaramándose en una rama—. Ojo, que esto lo digo ahora porque me he venido arriba, pero no me toméis como ejemplo...

—Tu madre mola cantidad —me dijo Camuñas.

—A veces —dije yo.

Mi madre y nosotros nueve comenzamos a deslizarnos por el árbol, bajando de rama en rama.

—Por lo menos viene un adulto con nosotros —suspiró Angustias, dándose ánimos—. Una persona responsable que nos cuidará para que no pase nada.

—¡El último en llegar abajo se queda sin desayuno, ja, ja, ja! —exclamó mi madre, cada vez más animada.

En cuanto soltó aquello, bajamos a toda prisa, saltando, brincando, pisándonos unos a otros.

Tomeo se resbaló.

Cayó sobre Camuñas.

Y los dos espachurraron a Ocho contra el suelo.

Se metieron un buen castañazo.

—Vaya unos flojeras… Venga, en pie, que no se diga, ja, ja, ja —siguió mi madre, que pasó a su lado y dio un tremendo salto—. ¡Toma ya, primera en bajar! ¡Vergüenza os debería dar que haya ganado!

Levantó ambos brazos en señal de victoria.

—¿¡Pero qué ruidos son esos!? —preguntó alguien asomándose por una ventana del tercer piso.

Era Esteban, el director del colegio.

Nos miró atónito, incrédulo.

—¡Vente, Esteban, no nos mires, únete! —dijo mi madre—. ¡Vamos de misión a salvar a todos los niños de Zambia!

—A todos no —matizó la hermana Clarence.

—¡Juana! ¿Os están secuestrando? —preguntó Esteban, que no daba crédito a lo que veía.

—¡Qué secuestro ni qué tonterías dices! —rebatió mi madre—. ¡Nos vamos de excursión, o de misión, o de lo que sea!

—¡No podéis iros de ninguna manera! —gritó Esteban, muy alterado—. ¡Esta salida nocturna no está en el plan de viaje aprobado por la AMPA! ¡Como máximo responsable del centro educativo, os ordeno que regreséis ahora mismo al hotel!

—Corra, hermana Clarence, deprisa, que ese hombre es un aguafiestas —susurró mi madre.

La monja se dirigió hacia un todoterreno enorme que tenía aparcado al otro lado de la calle y todos la seguimos.

Esteban seguía haciendo aspavientos desde la ventana.

—¡Voy a llamar al consulado ahora mismo, esto es muy grave, deteneos! —advirtió el director, muy nervioso.

—¡Es un momentito solamente, Esteban, tú no te preocupes de nada! —respondió mi madre—. Arranque, hermana, por lo que más quiera, que nos arruinan la diversión.

—Pero en este jeep no cabemos todos —dijo Marilyn.

—Uy, esto ser Zambia, amigos —dijo la hermana Clarence—. ¡Aquí todo ser posible!

Se trataba de un viejo vehículo cuatro por cuatro descapotable.

La hermana Clarence se puso al volante.

Los demás saltamos al interior y nos apretujamos lo mejor que pudimos.

Al fondo se oía la voz de Esteban:

—¡Policía, socorro, están secuestrando a unos niños! ¡Bueno, no sé si es un secuestro exactamente, pero no pueden irse sin permiso! ¡Estamos en un continente desconocido, en un país lleno de rinocerontes y cocodrilos y otros muchos peligros! ¡Auxilio!

La monja aceleró y salimos de allí quemando rueda.

—Cuando se despierten Felipe y Alicia, van a flipar —dijo Ocho.

El jeep enfiló las calles desiertas de Lusaka, dejando un rastro de polvo a su paso.

A bordo de aquel todoterreno, una sensación de aventura nos recorrió a todos.

Helena y yo cruzamos una mirada.

—Qué emocionante —dijo Camuñas.

—Qué nervios —dijo Tomeo.

—Qué rápido vamos —dijo Angustias, agarrándose con fuerza.

—Thank you very much —dijo Kangachepe—. You are very brave.

—Dice que somos muy valientes —tradujo Anita—. Sobre todo, yo, claro, je, je.

—Hay una cosa que no entiendo —dijo Marilyn—. ¿Por qué quieren que vaya precisamente Anita?

—Es porque Anita hacerse viral y famosa en partido hoy —respondió la hermana Clarence—. Todo mundo en Zambia habla de «niña maravilla».

—¿Y? —insistió Marilyn.

—Pedir que ella usar fama para impedir una injusticia —explicó la monja. 

Mi madre, encajonada en el asiento del copiloto, dijo:

—Bueno, hermana Clarence, yo creo que ahora ya sí puede decirnos a dónde vamos.

La monja sonrió.

Se puso las gafas de sol, a pesar de que era noche cerrada.

Y dijo:

—Vamos a lugar que no olvidaréis jamás…

El destino de los futbolísimos está en tus manos