Los Futbolísimos Los Futbolísimos Los Futbolísimos Los Futbolísimos

El misterio del mundial en áfrica

Roberto Santiago

El árbitro parecía nervioso, igual que todos nosotros.

Había llegado la hora de la verdad.

El colegiado se pasó la mano por la coleta y pitó el inicio de la prórroga.

Helena sacó de centro para mí.

Yo le pasé el balón a Toni.

El máximo goleador del Soto Alto corrió con el balón controlado.

Ya no teníamos que perder a propósito.

Podíamos jugar con total libertad.

Era la final del campeonato del mundo.

Aunque nuestro rival fuera favorito, íbamos a intentar ganar con todas nuestras fuerzas.

Toni encaró a uno de los defensas, se escoró hacia la izquierda y disparó desde fuera del área.

Todavía no se había estrenado en el Mundial y estaba deseando marcar.

Fue un chut fuerte y bien colocado, pero estaba demasiado lejos. Anita atrapó la pelota con ambas manos.

Hubo aplausos y gritos en la banda.

—¡Soto Alto bravísimo! —gritó la hermana Sonsoles.

—¡SO-TO-AL-TO-GA-NA-RÁ! —exclamó la hermana Clarence.

—¡¡¡RA-RA-RA!!! —corearon las niñas, las monjas y los Carlos.

Alicia hizo algunas indicaciones y todos los jugadores de Los Angeles Galaxy subieron al ataque.

Anita pasó a María Aparecida, que recibió de espaldas.

Hizo una pared espectacular con Kangachepe.

Un pase vertiginoso.

Y otro.

Y otro más.

María Aparecida se plantó en la frontal del área.

Regateó a Tomeo.

Y chutó a portería.

La pelota voló a media altura, pegada al poste.

Camuñas saltó y… ¡consiguió despejar con una mano!

—¡Uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuy!

Camuñas se puso en pie, orgulloso, y se golpeó el pecho eufórico.

—¡Síííííííí, soy el mejor portero de mi familia!

La prórroga había comenzado a todo ritmo.

Las siguientes jugadas fueron igual de trepidantes o más.

Daba la impresión de que ambos equipos habíamos estado esperando ese momento para mostrar nuestro mejor fútbol.

Remates increíbles.

Pases estratosféricos.

Voleas.

Córners.

Disparos lejanos…

El público disfrutaba.

Y nosotros también.

Solo faltaba una cosa: un gol.

Tanto Anita como Camuñas paraban todo.

Se convirtieron en dos titanes imbatibles.

Fueron unos minutos espectaculares, sin tregua.

—¡Venga, equipo, a por ellos! —exclamó mi madre.

Más que una entrenadora, parecía una animadora.

Esteban y Angustias observaban el encuentro desde el banquillo, cogidos de la mano. Ambos estaban igual de asustados.

—¡Solo quedan dos minutos! Two minutes! —avisó Felipe desde el otro banquillo—. ¡Presión en todo el campo! Pressure!

Camuñas se disponía a sacar de portería.

Los jugadores de Los Angeles Galaxy obedecieron al entrenador y se echaron encima, cubriendo individualmente a cada uno de nosotros.

Iban a por todas.

—¡Pero bueno! —protestó mi madre al ver su estrategia—. ¡Nos quieren robar el balón a la primera! ¿Eso es legal?

—Ser legal, coach. Somos mucho mejores, correr más, disparar más, tener más de todo —respondió Harry Harris desde la banda, agitando su bastón—. Came on, kids! We are the champions!

Mi madre se volvió hacia él.

—¡Lo único que tenéis es más dinero! —replicó—. ¡Mucho money pero poco espíritu de equipo, listillo!

—No entres a sus provocaciones —le pidió Esteban.

—Si no entro —gruñó mi madre—. Es que me saca de quicio ese Harris Harris con sus gafas de marca, su bastón de marca y su sonrisa perfecta. ¡Nos podréis robar a los entrenadores y a los jugadores, pero nunca nos robaréis el espíritu de equipo! 

—Eso que has dicho es muy bonito, Juana —murmuró Esteban—. Pero se llama Harry Harris.

—¡Pamplinas! —soltó mi madre.

Al fondo del banquillo, Angustias resopló angustiado. 

El árbitro miró a Camuñas muy serio.

—¡Sacar ya! ¡No perder tiempo, portero! —le advirtió, señalando la tarjeta que asomaba por su bolsillo.

—Perder tiempo, dice —protestó Camuñas—. Nosotros queremos ganar.

Si la prórroga se terminaba así, habría penaltis.

Camuñas tomó carrerilla y golpeó el balón, que fue volando hasta el centro del campo.

Allí Marilyn y Kangachepe disputaron la pelota.

Fue un salto entre dos colosos. Tal vez eran los dos jugadores más rápidos y potentes.

Marilyn estaba a punto de tocar el balón con la cabeza, pero en ese instante… ¡Kangachepe llegó exactamente al mismo tiempo!

¡¡¡CRONCK!!!

¡Sus cabezas chocaron!

El ruido se pudo oír por todo el campo.

Ambos cayeron al suelo a la vez, doloridos.

El árbitro detuvo el juego de inmediato.

Felipe, Alicia, mi madre y muchos más saltaron al terreno de juego.

—¿Estáis bien? —preguntó Alicia, preocupadísima.

Kangachepe y Marilyn asintieron.

—Ayyyyyyyyyyyyyyy, qué trompazo —se lamentó mi madre.

Marilyn fue a incorporarse, pero no pudo. Estaba muy mareada.

A Kangachepe le ocurrió lo mismo. Parecía aturdido.

Felipe les echó un poco de agua en el rostro.

—Cambio, árbitro —dijo de inmediato Alicia—. Mi jugador no puede seguir después de un golpe así, es muy peligroso.

—Eso, cambio para mi jugadora también —dijo mi madre—. La salud, lo primero.

Entre unos y otros, ayudaron a salir a Marilyn y Kangachepe. Los acompañaron hasta la banda con mucho cuidado.

En Los Angeles Galaxy se preparó para entrar un jugador fuertote, con el pelo cortado al uno.

En el Soto Alto, el único suplente estaba atemorizado, pálido.

—Vamos, Angustias, en marcha, vuelves a entrar —dijo mi madre.

—Yo es que en las situaciones de estrés me vengo abajo —dijo Angustias, escondiéndose—. Si total, ya para lo que queda, un jugador más o menos no se va a notar.

—No digas tonterías, es la final de un Mundial —rebatió mi madre—. Sal al campo ahora mismo y haz lo que tú sabes.

—¿Llorar? —dijo Angustias, poniéndose en pie como si le llevaran a un potro de tortura.

—Ayudar a tus compañeros, vamos, vamos, vamos —ordenó mi madre.

Angustias entró al campo arrastrando los pies.

—Por favor, a mí no me paséis el balón —suplicó, apartándose hacia un lateral.

—Dádmelo a mí —intervino Toni—. Voy a marcar, me lo noto.

El árbitro decretó balón al suelo.

Es decir, la posesión para el último equipo en tocarla.

En este caso, para nosotros.

Le dio la pelota a Camuñas para que volviera a sacar de puerta.

—¡Último minuto! Last minute! —avisó Felipe.

—¡Presión en todo el campo! —exclamó Alicia.

Sesenta segundos y se acabaría el partido.

Crucé una mirada con Helena. 

Ella me hizo un gesto para que me desmarcara.

Si le llegaba el balón, me lo pasaría.

Por un instante, me imaginé metiendo el gol decisivo, el gol de la victoria. Sentí un escalofrío solo de pensarlo.

—¡A mí, a mí! —dijo Toni, levantando la mano.

El colegiado pitó.

Camuñas dio dos zancadas y sacó de nuevo con todas sus fuerzas.

Esta vez la pelota fue desviada hacia la izquierda.

Allí apareció María Aparecida. La controló con el pecho y la bajó.

Avanzó decidida.

Dribló a Ocho, dejándole atrás.

Corría a toda velocidad, directa hacia nuestra portería.

Parecía que tenía el balón pegado al pie.

Era una jugadora sensacional, seguramente la mejor del campeonato.

Tenía toque, visión de juego, velocidad, desborde, tiro.

Era imparable.

—¡Bajad todos! —gritó mi madre—. ¡Rápido, hay que defender!

Tomeo y Helena salieron a cerrarla.

Toni y yo también bajamos lo más deprisa que pudimos.

Varios jugadores de Los Angeles Galaxy se preparaban para el remate.

Sin embargo, María Aparecida hizo lo que nadie esperaba.

Miró a un lado y a otro para despistar y, sin detenerse, ¡le hizo un túnel a Tomeo!

Después caracoleó sobre sí misma, perseguida por Helena, que no alcanzó a detenerla.

Era un jugadón.

La número 9 se plantó sola con el balón dentro del área.

Camuñas salió a por ella, moviendo los brazos como un molinillo.

—¡¡¡Nadie marca a Camuñas!!! —gritó, tratando de darse ánimos.

María Aparecida metió el pie por debajo, golpeó el balón y… ¡lo pasó por encima de Camuñas!

Voló sin que el portero pudiera tocarlo siquiera.

Era una vaselina perfecta, antológica, precisa.

El balón fue bajando hacia la portería vacía.

Iba a ser un gol de escándalo.

María Aparecida levantó los brazos y sonrió, ya lo estaba celebrando.

Pero en el último segundo…

¡Llegó Toni a la línea de gol y despejó de cabeza justo antes de que entrara!

¡Por un milímetro!

El balón quedó muerto.

Camuñas seguía tirado en el suelo.

Dos jugadores de Los Angeles Galaxy corrieron. 

Solo tenían que empujar el balón y marcarían. 

Cuando ya estaban a punto de rematar, ¡Helena apareció in extremis!

¡Y se quitó de encima la pelota de un tremendo patadón!

La pelota salió disparada hacia campo contrario.

Allí solo quedaba un jugador de Soto Alto.

El único que no había bajado a defender.

Angustias.

Vio venir el balón y emitió un suspiro.

—¡Ay, nooooooo! —dijo acongojado.

Lo único que quería era pasar desapercibido.

Pero ocurrió justo lo contrario: absolutamente todas las miradas se posaron en él.

La pelota le cayó directamente en los pies.

No había ningún rival cerca, solo tenía que correr.

Felipe saltó como un resorte:

—¡Árbitro, tiempo! Time is over! 

—¡Pamplinas! —replicó mi madre—. ¡Todavía queda mucho! ¡Quedan… diez segundos! ¡Glups!

El público al completo inició la cuenta atrás.

—Ten… nine… eight…

Angustias corrió a trompicones con el balón, directo hacia la portería rival.

Allí le aguardaba Anita, la gran estrella del Mundial, la niña maravilla.

Frente a ella, el jugador invisible, en el que nadie se había fijado.

—Seven… six…

Angustias llegó al área jadeando.

Parecía que se iba a desmayar.

Anita salió decidida, extendiendo piernas y brazos.

—¡Ríndete! —gritó Anita—. ¡Los dos sabemos que no tienes ninguna posibilidad de marcar!

—¡No tendría que haber venido a África! —sollozó Angustias—. ¡Estoy muy nervioso! ¡Me rindo!

—Five… four…

Angustias… cerró los ojos.

Anita se lanzó a por el balón con las manos por delante.

Los dos… ¡chocaron estrepitosamente!

Angustias y Anita quedaron hechos un ovillo.

Rodaron por el suelo.

—Three… two…

En el último segundo…

¡Angustias dio al balón con la rodilla!

La pelota salió disparada.

Y…

Y…

¡Entró en la portería!

—¡¡¡Síííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííí!!! —exclamó mi madre.

—Perdón, ha sido sin querer —se disculpó Angustias, abriendo los ojos.

Un grito inolvidable envolvió el campo:

—¡¡¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!!!

Capítulo 18 de los Futbolísimos

El árbitro hizo sonar el silbato.

—¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!

Final de la prórroga, del partido y del Mundial.

SOTO ALTO 3 – LOS ANGELES GALAXY 2.

—¡¡¡Campeones del Mundooooooooooooooooooooo!!! —gritó Camuñas.

Todos los jugadores del Soto Alto corrimos felices y nos tiramos encima de Angustias.

Mi madre y Esteban también.

—¡Angustias goleador, Angustias goleador, Angustias goleador! —gritamos, entusiasmados.

Puede que no fuéramos los mejores individualmente, pero como equipo habíamos sido capaces de ganar a todos.

Angustias permanecía debajo de nosotros, resoplando, un par de lágrimas cayeron por su mejilla.

—¿Lloras de alegría? —le pregunté.

Él negó con la cabeza.

—Lloro porque no puedo respirar —respondió—, me estáis clavando el codo y el pie en las costillas.

Hubo risas.

Y gritos de celebración.

Y manteamos a Angustias.

Era como un sueño.

El Soto Alto F.C. campeón del mundo.

Después, llegó el momento más emocionante.

Como Carine Rodrigues había sido detenida, la cantante Chayna Akanke fue la encargada de entregarnos la copa de campeones.

Nuestra capitana Marilyn la levantó.

Todos botamos de alegría a su alrededor en el centro del campo.

Los espectadores nos aplaudieron y corearon nuestro nombre:

—¡¡¡Soto Alto champion, oé oé oé!!!

Todavía no me lo podía creer.

—Tengo una idea —dije.

Hicimos un pequeño corrillo y les hice una propuesta que mis compañeros aceptaron de inmediato. 

Nos acercamos a la banda.

Marilyn dio un paso al frente.

Y le entregó la copa a una de las niñas de Ciudad de la Esperanza. Aquella que habíamos conocido la primera noche que visitamos el recinto.

La niña la cogió muy sorprendida.

—Queremos regalar esta copa a las niñas de City of Hope —dijo Marilyn. 

Las niñas y las monjas se quedaron estupefactas.

—Pero es demasiado… —dijo la hermana Sonsoles.

—Nos hace mucha ilusión que la tengáis vosotras —aseguró Helena.

Todos asentimos.

—Thank you very much —contestó la niña, muy emocionada.

—Jamás olvidar a vosotros —dijo la hermana Clarence.

—Habéis salvado City of Hope —añadió Carlos Beltrán.

—Os aseguro que terminaremos de construir el campo de fútbol y que seguiremos trabajando para que estas niñas tengan un hogar —dijo Carlos de Cárcer.

—Ya está bien de palabras, ¡esto es una fiesta! —dijo mi madre.

La niña levantó la copa.

Y aquello fue imparable.

La música comenzó a sonar por todo el campo.

Chayna Akanke cogió un micrófono y empezó a cantar.

Y con ella, los miles de personas que estábamos allí.

—Es el baile del fútbol

Baila conmigo

Dance with me

Danse avec moi

Riki-Riki

Riki-Riki

And goaaaaaaaal

Una a una, el centenar de internas fueron pasándose la copa y levantándola.

Al mismo tiempo, cantaban y bailaban.

Igual que las monjas.

Y los Carlos.

Y mi madre.

Y Esteban.

Y nosotros también.

Incluso Harry Harris bailó.

Se montó un trenecito interminable entre todos los presentes.

Unos agarrados a la cintura de otros.

Recorrimos el campo arriba y abajo, una y otra vez.

Era la fiesta del fútbol.

El triunfo de los modestos.

En el lugar más improbable del mundo.

Jamás lo olvidaré.

Bailamos y cantamos hasta bien entrada la noche.

—Riki-Riki

Riki-Riki

And goaaaaaaaaaaaaaal.

Al día siguiente fuimos al aeropuerto.

Teníamos que regresar a España.

La celebración había durado hasta muy tarde.

Estábamos agotados, pero muy felices.

Me dejé caer en mi asiento del avión, con un montón de recuerdos y sensaciones.

A mi lado, se acomodó Helena.

—Campeones del mundo, quién lo iba a decir —dije, sonriendo.

—¿Te has fijado en los resultados de los tres partidos? —preguntó ella.

—¿A qué te refieres? —pregunté. 

—Primero al Zesco United, después al Sao Paulo y por último a Los Angeles Galaxy —continuó Helena—. A todos les hemos ganado por 3 a 2.

—No me había fijado —reconocí—. Todo ha sido tan increíble que no había pensado en los resultados… a lo mejor es una señal.

Ocho se asomó desde el asiento trasero.

—¿Creéis que vendrán en el último momento? —dijo, mirando la puerta de entrada al avión, que aún permanecía abierta.

—¿Quién? —dijo Camuñas.

—Quién va a ser —intervino Marilyn—. Felipe, Alicia y Anita. 

—Pero si han fichado por Los Angeles Galaxy —recordó Toni.

—Ya, bueno, a lo mejor han cambiado de opinión —dijo Ocho—. No me puedo creer que abandonen el pueblo y se vayan a vivir tan lejos…

—Ellos se lo pierden —murmuró Tomeo—. Sevilla la Chica es el mejor lugar del mundo.

—Ahora que ya somos campeones del mundo, no pienso salir del pueblo nunca más —dijo Angustias—. No me propongáis más viajes ni cosas raras, por favor os lo pido.

Nos quedamos en silencio.

Observando la puerta del avión.

En el fondo, todos esperábamos que por allí aparecieran nuestros entrenadores y Anita.

En cambio, los que entraron fueron Esteban y mi madre.

Avanzaron por el pasillo.

Estábamos sentados en las últimas filas del avión.

—Hola, chicos, perdonad el retraso, estábamos arreglando papeleo —dijo Esteban.

—Traemos un mensaje de Alicia y Felipe —anunció mi madre, sacando la tablet.

—¿Han renunciado a Los Angeles Galaxy y vuelven con nosotros? —preguntó Ocho.

—No exactamente —dijo mi madre—. Será mejor que lo oigáis vosotros mismos.

Nos arremolinamos en torno a la tablet.

Mi madre le dio al play.

En la pantalla, aparecieron Felipe y Alicia. De fondo, se podía ver un panel del aeropuerto.

—Hola, equipo —dijo la entrenadora.

—Disculpad, con todo el lío de la final, no hemos podido despedirnos en persona —siguió él.

—Lo primero, queremos felicitaros —dijo Alicia—. Os merecéis ser campeones. Estamos muy orgullosos de vosotros.

—Nuestro avión sale antes que el vuestro —dijo Felipe, conteniendo la emoción—. Cuando veáis esto, ya estaremos volando rumbo a Los Ángeles.

—Os vamos a echar muchísimo de menos —añadió Alicia—. Pero nos hace ilusión afrontar este nuevo reto, tenemos que intentarlo, ojalá lo comprendáis.

—De verdad, esperamos que dentro de algún tiempo podamos regresar al pueblo y volver a ser vuestros entrenadores —suspiró Felipe—. Por favor, seguid jugando en equipo, como hacéis siempre, ay, qué pena me da todo esto…

—No te pongas sentimental —le dijo Alicia—. Chicos, os queremos mucho, sois los mejores, hemos aprendido una barbaridad a vuestro lado, gracias de corazón…

—Mira quién se pone sentimental ahora —dijo Felipe, aguantándose las lágrimas—. Buen viaje, campeones.

—Hasta pronto —concluyó Alicia.

Ahí acabó el vídeo.

Estábamos todos en shock.

¡Se habían ido de verdad!

—¿Soy el único que está llorando? —preguntó Angustias, sacando un clínex.

—No eres el único —confesó Ocho, hipando.

—Desde luego que no —dijo Tomeo, limpiándose las lágrimas.

—No sois solo vosotros, chicos —dijo Esteban, con los ojos enrojecidos y sonándose con un pañuelo.

—Venga, equipo, que no decaiga —pidió mi madre—. Prometo que buscaremos otro entrenador en cuanto volvamos a casa… lo importante es el equipo…

Todo el tiempo había pensado que al final Felipe y Alicia se quedarían con nosotros.

Pero por lo que se ve, habían decidido aprovechar la oportunidad que les habían dado.

Lo entendía perfectamente.

Aunque me daba una pena horrible.

—¿Y Anita? —preguntó Helena.

—No sabemos nada —respondió mi madre—. Supongo que estará en el mismo vuelo camino de Los Ángeles. Tenemos que alegrarnos por ellos.

Un azafato pasó a nuestro lado y dijo muy amable:

—Por favor, apaguen todos los dispositivos electrónicos y abróchense el cinturón. Vamos a despegar.

Al mismo tiempo, una azafata comenzó a cerrar la puerta del avión.

A pesar de haber ganado el Mundial, estábamos un poco chafados.

Era una sensación muy rara.

Quizá era el comienzo de una nueva época para Los Futbolísimos.

De pronto, se oyó una voz junto a la puerta.

—Wait a moment, please!

Alguien estaba tratando de entrar en el último segundo.

Todos nos incorporamos, expectantes.

A regañadientes, la azafata le permitió entrar.

Era…

Un ejecutivo de Zambia, vestido con traje y corbata.

—Thanks —murmuró el hombre.

Nos quedamos un poco planchados.

Entonces, alguien se tropezó en la puerta de entrada.

Alguien que venía detrás del ejecutivo.

Alguien que conocíamos muy bien.

—¡¡¡Anita!!! —exclamó Ocho, pegando un bote de alegría.

Allí estaba la portera suplente, con cara de susto.

Se había vuelto a poner sus gafas de siempre.

—Hola —dijo con timidez. 

Se ajustó las gafas y caminó por el pasillo del avión.

Se plantó delante de nosotros y soltó de carrerilla:

—No podía irme. Mi equipo es el Soto Alto y vosotros sois mis amigos del alma, y ya os echaba de menos. Y le he dicho a mi madre que habrá más ocasiones para estudiar en el extranjero. Ah, y las lentillas eran muy incómodas… ¿me dejáis volver al equipo?

Angustias fue el primero en levantarse y abrazarla.

Después, fuimos todos los demás.

Nos abalanzamos sobre ella y caímos entre risas y empujones.

Últimamente parece que nos habíamos especializado en acabar todos juntos en el suelo.

Esteban y mi madre también se unieron al abrazo de grupo.

—Pues claro que puedes volver —dijo Marilyn—. Siempre serás parte del Soto Alto.

—Eso, siempre serás nuestra portera suplente —dijo Camuñas.

—Ahora bien, campeona del mundo no eres, lo siento —dijo Toni.

—No me importa, subcampeona suena genial —dijo Anita—. Además, me han dado un trofeo a la mejor jugadora y a la máxima goleadora del torneo, lo llevo en la maleta.

—Pero bueno, ¿al final la única que vuelve a casa con un trofeo eres tú? —dijo Tomeo.

—Eso parece… —respondió Anita.

El azafato nos dijo muy serio:

—Hagan el favor de retornar a sus asientos de inmediato. Las puertas del avión están cerradas y vamos a despegar.

—Sí, perdón, es que ya sabe cómo son los críos —dijo mi madre.

—Los niños no tienen la culpa —replicó el azafato—. Vergüenza debería darle a su edad andar revolcándose por el suelo.

—Lo siento, joven, no sabía que había una edad límite para tirarse por el suelo, ejem —dijo mi madre.

El azafato la dejó por imposible.

Mi madre nos miró.

—¿Sabéis qué os digo, chicos? —preguntó, con una sonrisa de oreja a oreja.

La observamos allí en medio, más ilusionada que nunca.

—¡Que me voy a sacar el título oficial de entrenadora! —exclamó.

—¡Y yo también! —dijo Esteban—. ¡Así podréis tener dos entrenadores otra vez!

Definitivamente estaba a punto de empezar una nueva época para los Futbolísimos.

Se avecinaban muchos cambios.

Muchos partidos increíbles.

Y muchos misterios por resolver.

No sé cómo sonará así dicho.

Pero una cosa puedo asegurar:

¡Ya estaba deseando empezar nuestra siguiente aventura!

El destino de los futbolísimos está en tus manos