Los Futbolísimos Los Futbolísimos Los Futbolísimos Los Futbolísimos

El misterio del mundial en áfrica

Roberto Santiago

Recibí el balón y todos los jugadores de Los Angeles Galaxy corrieron a presionarme.

Por puro instinto, regateé a Dino… y a María Aparecida… y a Kangachepe.

¡Fue un slalom casi perfecto!

Me marché por la banda con la pelota controlada, dejando atrás a todos.

Mi madre saltó desde el banquillo, no se podía creer que otra vez estuviera haciendo un jugadón.

—¿¡Dónde vas!? ¡No regatees, no ataques, no dispares a su portería! —exclamó, furiosa.

Esteban, a su lado, le dio un toque en el hombro. Los periodistas la miraban extrañados.

—¡Quiero decir que vamos ganando, hay que retroceder y aguantar la pelota! —intentó rectificar—. ¡Francisco, por lo que más quieras, haz lo que tienes que hacer!

Angustias, en el banquillo, seguía contando en voz alta, agobiadísimo.

—Trescientos veintidós, trescientos veintitrés…

Vi en una banda a las niñas y las monjas y los Carlos.

Me animaban entusiasmados.

Sentí que su futuro estaba en mis botas. Tenía que pensar en ellas.

Me detuve en seco.

Se oyó un murmullo entre el público.

Giré la cabeza y vi a mis compañeros observándome, expectantes.

No entendían nada.

Si seguía adelante, volvería a liarla.

Levanté la mano y grité:

—¡Tomeo, va para ti!

De inmediato, Tomeo pegó un respingo, asustado. No se lo esperaba.

La verdad es que en un partido normal no tendría ninguna lógica. Yo estaba en campo contrario, y Tomeo se encontraba muy retrasado, al borde de nuestra área.

Pero aquel no era un partido normal.

Pegué un zapatazo tremendo y envié el balón hacia la posición de Tomeo.

—¿¡Por qué!? —exclamó Carlos Beltrán desde la banda.

—Porque vamos ganando y queda muy poco —traté de excusarme—. Tenemos que perder tiempo.

La pelota cayó bombeada sobre el área.

Y ocurrió justo lo que yo había pensado.

Tomeo fue a despejar, pero el balón botó delante de él y no llegó.

Dino Rodrigues llegó corriendo a toda velocidad y lo atrapó.

Al primer toque, metió un pase cruzado a Kangachepe, que solo tuvo que empujarla.

Le dio con la bota izquierda, el balón pasó por encima de Camuñas y…

—¡Goooooooooooooooooooooooooooool!

SOTO ALTO 2 – LOS ANGELES GALAXY 2.

Carine y sus acompañantes lo celebraron dando brincos. Aquella remontada era lo que ella y sus amigos necesitaban. Se abrazó a Mulenga. Estaban eufóricos.

Harry Harris gritaba con el bastón en alto:

—Bravo, Kangachepe! Let´s go!

Los jugadores de Los Angeles Galaxy cogieron el balón del interior de la portería.

Tenían prisa en que se reanudara cuanto antes el partido.

Felipe y Alicia les aplaudieron.

Miré el marcador.

Solo quedaba un minuto.

Helena con hache se dispuso a sacar. Cruzó una mirada conmigo y asintió, como diciendo «has hecho lo que debías hacer».

Qué remedio.

Mi madre aplaudió desde el banquillo.

—¡Estáis haciéndolo muy bien, equipo! —exclamó—. ¡Vamos, podemos conseguirlo!  ¡Solo un gol más y se acabó!

La gente debió pensar que se refería a un gol a nuestro favor. Sin embargo, era justo lo contrario. Mi madre nos acababa de recordar que debíamos dejar que nos metieran otro gol.

Helena sacó para Toni.

Toni retrasó a Marilyn.

La capitana aguantó el balón.

María Aparecida subió a presionar.

En cualquier otro partido, Marilyn se habría quitado el balón de encima. Pero ese día era distinto.

Retrocedió a Camuñas.

El portero la detuvo con el pie sin complicaciones, la pelota iba suave.

Todos los jugadores de Los Angeles Galaxy subieron a presionar.

Apenas quedaban unos segundos.

Camuñas pareció dudar.

¿Qué hacer? ¿Despejar? ¿Devolvérsela a Marilyn? ¿Hacerse el despistado y dejar que le marcaran?

—¡Vamoooooooos, equipo! —gritó Anita —. ¡A por ellos!

Ella también había subido, abandonando una vez más su portería.

Alentados por aquel grito, nuestros rivales se lanzaron en tromba hacia nuestra área. Era demasiado. Anita sabía que nos íbamos a dejar. Se estaba aprovechando.

Camuñas debió pensar lo mismo.

En lugar de fallar a propósito, hizo algo que nadie esperaba.

—¡Soy el mejor portero de mi familia! —exclamó, rabioso.

Salió del área jugando el balón.

Camuñas se convirtió en un auténtico cohete.

Rebasó a los delanteros oponentes, imparable.

Todos, incluidos nosotros mismos, nos quedamos boquiabiertos.

—¡Otro que se ha vuelto loco! —exclamó mi madre—. ¡Vuelve a la portería, Camuñitas! ¡No queda tiempo!

—Cuatrocientos ocho, cuatrocientos nueve… —siguió Angustias, que se tapó los ojos, no quería ver nada.

Camuñas estaba a punto de llegar al centro del campo con el balón controlado.

Allí apareció Anita corriendo en dirección contraria.

Si nadie lo evitaba, iban a chocar el uno con el otro.

Ninguno parecía dispuesto a apartarse.

Contuvimos el aliento.

El árbitro consultó su reloj.

Tres segundos para el final del partido.

Anita, la estrella del Mundial.

Y Camuñas, el portero titular de Soto Alto.

Iban directos el uno hacia el otro a toda velocidad.

—¡Apartaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! —gritó Camuñas

Y justo antes de chocar con Anita, pegó un chut espectacular.

El balón voló hacia la portería de Los Angeles Galaxy, que estaba vacía.

El tiempo pareció detenerse.

Dos segundos para acabar.

La pelota botó con fuerza sobre el punto de penalti.

Salió disparada.

Y…

Y…

Un segundo.

El balón…

¡Pasó por encima del larguero!

¡Y salió fuera!

Por unos pocos centímetros no había entrado.

—¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! 

El árbitro pitó el final del tiempo reglamentario.

Empate a 2.

Había que jugar la prórroga.

Camuñas casi había marcado el gol decisivo.

Carine estaba al borde del infarto.

El capitán Mulenga se ajustó la gorra y nos taladró con la mirada.

Harry Harris negó con la cabeza, desesperado, ¿cómo era posible que su equipo, con todos esos flamantes fichajes, no ganara por goleada?

Moses le dio un vaso con agua a Carine, que casi no podía respirar.

—¡So-to Al-to ga-na-rá! —exclamó la hermana Clarence, animosa.

—¡¡¡Ra-ra-rá!!! —corearon las niñas.

Mi madre y Esteban entraron al campo para hablar con nosotros.

Enseguida daría comienzo el tiempo de prolongación.

Otros diez minutos. Y si el empate continuaba, habría que ir a los penaltis.

El único que no se movió del banquillo fue Angustias. Tenía el móvil entre las manos, más angustiado que nunca. Resoplaba y continuaba contando en voz alta:

—Cuatrocientos treinta y ocho, cuatrocientos treinta y nueve…

Había muchísima tensión en el ambiente.

No solo era la final del CHISOWORLD.

Era muchísimo más.

Hicimos un corro, cogidos de los hombros.

—Se acabaron las tonterías —advirtió mi madre—. Camuñas, si llegas a marcar ese gol, habrías arruinado todo.

—Lo siento —dijo—. Es que he visto a Anita y no he podido controlarme. Perdón. No volveré a hacerlo.

—Es muy difícil para todos, lo comprendo —dijo Esteban—, pero debemos perder. Siempre recordaremos que nosotros ayudamos a las niñas de Ciudad Esperanza.

—Hay cosas más importantes que el fútbol —añadió mi madre—. No muchas, pero esta es una de ellas. Si alguien no se siente capaz de dejarles ganar, que lo diga ahora. 

Dentro del corro, todos nos miramos.

Esta vez era la definitiva.

—Aunque nos cueste, vamos a hacer lo que sea para perder —aseguró Helena.

Asentimos convencidos.

—Estoy orgullosa de vosotros —sentenció mi madre.

El árbitro señaló el centro del campo, la prórroga iba a dar comienzo.

Nos acercamos nerviosos, dispuestos a afrontar lo que teníamos por delante.

Carine no nos quitaba ojo.

—Me cae fatal —suspiró Tomeo, observándola.

—Toma, y a mí —dijo Camuñas—. Ojalá pudiéramos denunciarla.

—No penséis en eso —pidió Marilyn—. No tenemos pruebas del soborno. Y además la policía está conchabada, el capitán Mulenga es casi peor que ella.

Contemplé a los dos: Mulenga y Carine.

Ambos sonreían, satisfechos. Estaban a punto de salirse con la suya.

Mi madre nos hizo gestos para que nos centrásemos.

Detrás de ella, Angustias temblaba. Seguía contando en voz alta con la aplicación de su teléfono. 

De pronto, me di cuenta de una cosa. 

Capítulo 17 de los Futbolísimos

Seguramente era un disparate.

Pero me volví hacia mis compañeros y dije nervioso:

—Repetid eso que acabáis de decir, por favor.

—Que ojalá pudiéramos denunciar a Carine —musitó Camuñas, extrañado. 

—No, no —dije—. Lo que ha dicho Marilyn…

—Que no tenemos pruebas y que la policía está metida en el ajo —repitió la capitana.

—¡Sí que tenemos pruebas! —exclamé.

—¿De qué hablas ahora? —preguntó Helena—. Hay que jugar la prórroga.

—Come on, kids —dijo el árbitro.

—Ya, ya, es solo un momentito —dije.

Corrí hacia la banda ante la atenta mirada de todos.

—Francisco, vuelve al campo —ordenó mi madre.

—Qué inquieto es este muchacho, ejem —dijo Esteban.

Llegué al banquillo y me dirigí directamente a Angustias.

—Ayer cuando estuvimos en el calabozo —dije—. ¿Tienes guardada la grabación que hiciste?

—¿Cuando estuve contando en voz alta? —preguntó, sin comprender.

—Exacto —asentí.

La gente se arremolinó a nuestro alrededor con curiosidad.

Angustias abrió la aplicación de notas de voz. Deslizó el dedo al archivo anterior. Le dio al play.

Se pudo oír alto y claro a Angustias y a Camuñas hablando:

—Uno… dos… tres…

—¿Qué haces?

—Dice el psicólogo del colegio que cuando esté muy angustiado, cuente hasta mil quinientos y lo grabe… 

La calidad del sonido era bastante buena.

—Genial —dije—. Pásalo al momento en el que estábamos en el autobús.

Angustias le dio al fast forward, buscando.

El árbitro me miró muy serio y se llevó la mano al bolsillo para sacarme tarjeta amarilla.

—One moment, please —rogué, y volví a la pantalla del móvil—. Un poco más adelante creo… eso es…

Mis compañeros, mi madre, Esteban, Carine… todos prestaban atención.

De nuevo, Angustias le dio al play.

En primer término, se podía oír a Angustias contando.

Y de fondo, se distinguía perfectamente a… Carine Rodrigues.

—… si os dejarais ganar en el partido de mañana… bueno, en ese caso, yo podría hablar con gente muy influyente para que arreglara vuestros problemas.

—¿¡Quiere que perdamos la final a propósito!? 

—No, no, yo no quiero nada. Solo digo que, si os comprometéis a perder el partido, podría hablar con unos amigos, que a su vez hablarían con otros amigos y podríamos solucionar todos los problemas que tenéis ahora mismo.

—¿Se anularía nuestra multa y no iríamos al calabozo? 

—Exacto.

—¿Soltar a niñas y a monjas? 

—Eso es.

—¿Retirarían todas las acusaciones y City of Hope podría seguir funcionando? 

—Seguiría abierta muchos años. Yo me encargaría de todo.

La conversación continuaba hasta que Angustias llegó a mil quinientos.

¡Todo el soborno estaba grabado!

Se hizo el silencio en el campo.

Cogí el teléfono de Angustias y lo mostré a todos los presentes.

—¡Carine Rodrigues nos ha sobornado para que perdamos la final! ¡Esta es la prueba! ¡Todos lo habéis oído!

—¡Eso no es ninguna prueba, mocoso! —estalló Carine—. ¡Para empezar es una grabación ilegal! ¡Y para continuar, no demuestra nada!

—Lo demuestra todo —protesté—. Nos ofrece anular nuestra multa, soltar a las niñas y retirar las acusaciones a City of Hope a cambio de que perdamos el partido de hoy. ¡Está clarísimo! 

La gente no sabía muy bien cómo reaccionar.

La presidenta de la FIFI, muy digna, dijo:

—Capitán Mulenga, detenga a ese niño mentiroso. Y haga el favor de requisar el teléfono con pruebas falsas.

Mulenga obedeció.

Dio unos pasos hacia el banquillo. Iba a por mí.

Miré a un lado y otro, buscando a la única persona que podía ayudarme.

Hasta que por fin lo vi.

—¡Aquí también hay policías honrados, Mulenga! —dije, desafiante.

Detrás del capitán, surgió un hombre muy grande con un montón de tatuajes… 

¡Fred!

—Agente especial Fred Mwape, de la policía judicial —dijo, mostrando su placa—. Capitán Mulenga, queda detenido por crear una red de corrupción a nivel estatal con funcionarios públicos implicados. Y también por estafa, abuso de poder y cohecho.

—Eso último no sé lo que es, pero suena genial —dijo Angustias.

Varios agentes de paisano aparecieron entre el público.

Y rodearon a Mulenga, que no opuso resistencia.

—I doubt you have solid evidences, Fred Mwape —dijo el capitán, muy tranquilo—. I have very influential friends.

—Dice que tiene amigos muy influyentes y que duda que tenga pruebas sólidas para detenerle —tradujo Helena.

—Llevamos años siguiendo el rastro de Mulenga, el CHISOWORLD solo es la punta del iceberg —respondió Fred, y miró fijamente al capitán—. You will to spend several years in jail.

—Eso, a la cárcel unos añitos —soltó Carlos de Cárcer.

—Por fin hacer justicia —dijo la hermana Clarence.

Mientras le ponían unas esposas al capitán Mulenga, las monjas, los Carlos y otros muchos espectadores se felicitaron.

Angustias pegó un salto y abrazó a Fred.

—Eres mi héroe —dijo, emocionado.

—Todo esto me da mucha pena —dijo Carine—. Pero yo no tengo nada que ver.

—¿¡Cómo que no!? —protesté—. ¡Hay pruebas grabadas! ¡Fred, por favor, detenga también a la presidenta!

Fred se rascó la barbilla, como si no estuviera seguro.

—Las pruebas no son concluyentes —dudó—. Hay que estudiar a fondo el caso. Detener a una persona de otro país es un tema muy delicado.

—¡Ja! —dijo Carine, orgullosa—. Eso de acusar a una persona respetable está muy feo, chicos. A lo mejor os denuncio por difamación y por intento de crear pruebas falsas y más cosas que se me vayan ocurriendo…

—La ley es algo muy serio —dijo Fred, mirándome—. Si no hay más pruebas, os aconsejo que terminéis el partido y os toméis todo esto con calma.

—Eso, a jugar, y mucho ojito con lo que hacéis —corroboró Carine, cruzándose de brazos—. Recordad que hay mucho en juego en este partido.

No me lo podía creer.

¿¡Nos estaba amenazando otra vez!?

¿¡Sería capaz de cerrar Ciudad Esperanza y llevarse a las niñas si ganábamos!?

Después de todo, ¿¡seguíamos en las mismas!?

—Pero… si está grabado —insistí—. Yo mismo estaba delante cuando nos amenazó y nos sobornó.

—Yo también —dijo Angustias.

—Yo también lo vi y lo oí todo, agente Fred —dijo mi madre.

—Y yo —dijo Esteban.

Helena y los demás también asintieron.

—Entiendo lo que decís —aseguró Fred—. No es que no os crea, pero sois amigos y del mismo equipo. A lo mejor no entendisteis bien lo que dijo Carine. Insisto en que esto hay que estudiarlo muy despacio…

Entonces, una voz cruzó el campo:

—¡Yo soy de otro equipo y también puedo asegurar que Carine es una estafadora! 

Allí estaba…

—¡Anita! —exclamé, contemplando a nuestra excompañera.

—Carine Rodrigues me presionó para que fichara por Los Angeles Galaxy —dijo Anita delante de todo el mundo—. Me aseguró que ganaríamos la final al cien por cien, que estaba todo arreglado. Ella amañó el partido.

—¡Oooooooooooooooooooh! —exclamó la gente.

Al parecer, el testimonio de la Niña Maravilla estaba impactando más que el nuestro.

—Además, insistió para que firmara los contratos, aunque soy menor de edad y mis padres no estaban delante —dijo Anita—. Después, mis padres tuvieron que firmar digitalmente en la distancia, obligados. 

—¿Te refieres al contrato con Los Angeles Galaxy? —preguntó Fred.

—Ese y el contrato de patrocinio deportivo con la marca Rooster, que también es propiedad de Harry Harris —explicó Anita—. Por eso tuve que cambiarme de zapatillas antes de mi entrevista en televisión y ponerme las Súper Rooster ZZ. 

—Son muy molonas, la verdad —dijo Tomeo.

—Anita ha confesado, agente —dijo mi madre—. Aun así, ¿no piensa hacer nada?

Antes de que pudiera contestar, Kangachepe también dio un paso al frente.

—Yo también confesar —dijo—. Carine Rodrigues obligar a firmar contrato con equipo y marca deportiva Rooster. Si no lo hacía, cerrar City of Hope para siempre.

—Ok, yo también firmar mi contrato con coacciones y sin presencia de mis padres —confirmó María Aparecida—. Todos saber que íbamos a ganar hoy, Carine amañar partido.

La confesión de Anita había desatado una ola de testimonios.

—¡Esto es indignante! —protestó Carine—. ¿Van a creer a un puñado de niños?

—Carine, you told me que padres estar informados y todo legal —dijo Harry Harris, señalándola con su bastón—. Yo quería ganar final, pero prometo que no saber nada de soborno. 

Todo el mundo miraba con indignación a la presidenta de la FIFI, que estaba acorralada.

Ante las evidencias, Fred resopló y dijo:

—Carine Rodrigues, queda detenida por soborno, amenazas y corrupción de menores. Hala, en marcha.

—Pero, pero… —intentó protestar Carine en vano—. ¡Esto no quedará así!

—¡Mamá, me dijiste que nadie se enteraría! —dijo Dino, abrazándola—. Yo solo quería ser campeón del mundo…

—Lo sé, cariño, anda vamos —dijo Carine—. Ya tendrás otra oportunidad. Mis abogados recurrirán, no te preocupes.

Fred cogió el teléfono móvil de Angustias.

—Es una prueba importante —dijo el agente—. Gracias por todo, Angustias. Has hecho un gran trabajo.

Angustias estaba emocionado, parecía a punto de llorar.

—Angustias and Fred friends forever —dijo.

A continuación, los policías de paisano escoltaron al capitán Mulenga y a Carine Rodrigues fuera del campo. 

Todos los presentes aplaudimos. Era un momento muy solemne. Y muy esperado.

Cuando salieron, nos quedamos con una extraña sensación de vacío.

—Sentimos muchísimo lo ocurrido —dijo Alicia.

—No sabíamos nada —aseguró Felipe.

—En nombre de Los Angeles Galaxy, pedir disculpas —dijo Harry Harris—. Soy hombre de negocios, pero amo fútbol y valores de juego limpio. Ah, yo pequeña compensación: ¡regalar Súper Rooster ZZ para todos participantes y para todas niñas de City of Hope!

—¡Toma ya! —dijo Tomeo.

Era imposible saber si Harris conocía los amaños de Carine.

Tal vez, con el tiempo, la investigación sacaría toda la verdad a la luz.

—¿Podemos jugar ya prórroga? —preguntó el árbitro.

Unos y otros nos miramos.

Habían pasado tantas cosas que casi nos habíamos olvidado del partido.

—El fútbol es lo más importante entre las cosas menos importantes de la vida —dijo Esteban.

—¿Eso significa que sí? —preguntó Camuñas.

—Pues claro —dijo mi madre—. Vamos a jugar esa prórroga de una vez. Sin amaños ni sobornos. ¡Fútbol en estado puro!

El destino de los futbolísimos está en tus manos