Los Futbolísimos Los Futbolísimos Los Futbolísimos Los Futbolísimos

El misterio del mundial en áfrica

Roberto Santiago

El público se puso en pie y coreó una canción:

Es la niña maravilla

Baila conmigo

Dance with me

Danse avec moi

Riki-Riki

Riki-Riki

And Anitaaaaaaaaaaaa

Riki-Riki

Riki-Riki

And Anitaaaaaaaaaaa

Vina ndi Ine

Vina ndi Ine

And Anitaaaaaaaaaaaa

Habían cambiado la letra de la canción en honor a Anita.

El himno oficial del CHISOWORLD ahora se había convertido en un himno homenaje a Anita.

Aquello era una locura.

Hasta la propia Chayna Akanke cantó en pie la nueva versión desde el palco:

Riki-Riki

Riki-Riki

And Anitaaaaaaaaaaa

A su lado, Carine Rodrigues bailaba y tocaba las palmas.

La gente estaba enfervorecida.

Anita levantó las dos manos y saludó como si fuera una estrella de rock.

Los espectadores respondieron desde la grada con más aplausos y gritos.

Miles de personas hicieron reverencias.

—Dejad que juegue Anita —pidió Esteban—. Si no, se va a liar muy gorda.

—Además, la canción mola mucho, las cosas como son —dijo mi madre—: Riki, Riki and Anitaaaaaaaaa…

Alicia hizo un gesto de resignación y volvió a sentarse al banquillo.

—Haced lo que os dé la gana —dijo la entrenadora.

Felipe se dirigió a la portería:

—Venga, Camuñas, descansa un poco, de momento se va a poner Anita.

—Pero si no estoy cansado —protestó Camuñas.

—No me lo pongas más difícil, por favor —pidió Felipe—. Al banquillo he dicho.

Camuñas se quitó los guantes de mal humor y salió del campo.

Anita nos miró con una sonrisa de oreja a oreja.

—Ya estoy de vuelta, chicos —aseguró—. Todo irá bien. Ah, si veis que esas cámaras me enfocan, apartaos, es que están haciendo un documental sobre mí.

Del helicóptero también habían bajado dos reporteros con sendas cámaras, que grababan todo.

El árbitro hizo un gesto.

—Come on! —exclamó.

El partido se reanudó.

O más bien empezó.

En lo alto del cielo, unas nubes negras amenazaban tormenta.

En la primera posesión, el Sao Paulo llegó hasta la frontal de nuestra área.

Le llegó el balón a María Aparecida y lo golpeó con todas sus fuerzas.

La pelota voló hacia la portería, directo a la escuadra.

Era un chut espectacular.

Anita voló y… y… lo despejó con la mano derecha.

¡Paradón!

Entre los aplausos entusiastas, Anita saludó a las cámaras, levantando el pulgar.

—¡Niña maravilla! —exclamó ella misma.

El balón rebotó y quedó muerto en el área pequeña.

María Aparecida se adelantó a Tomeo y remató sin oposición.

La pelota entró en la portería.

—¡Gooooooooooooooooooooooool!

Ante la mirada atónita de todos, el tanto subió al marcador:

SAO PAULO 1; SOTO ALTO 0.

El público no sabía cómo reaccionar.

No se esperaban algo así.

Y mucho menos en el primer minuto de partido.

Se quedaron en silencio.

Anita trató de quitarle importancia.

—No pasa nada, me ha pillado desprevenida —dijo; y miró a los cámaras de su documental—. ¿Habéis grabado bien la parada?

Los reporteros asintieron, desconcertados.

—¡Vamos, equipo! ¡A por ellos! ¡Somos el Soto Alto! ¡Y yo soy… Anita, la niña maravilla!

Al verla tan entusiasmada, la gente volvió a aplaudir.

—Se lo tiene muy creído —dijo Toni.

Era curioso oír a Toni, el más creído y chulito del equipo, decir algo así.

Pero en este caso, tenía razón: Anita se había venido arriba.

El día anterior era una niña normal.

Era… nuestra portera suplente.

Ahora se había transformado en una superestrella.

Helena sacó de centro y me pasó el balón.

El Sao Paulo presionaba en todo el campo.

Era un equipazo.

A pesar de que el empate les valía para llegar a la final, por la diferencia de goles, habían salido decididos a por la victoria.

Durante los siguientes minutos, el partido fue de ida y vuelta.

Los dos equipos creamos varias jugadas de ataque. Aunque ninguna ocasión clara.

La gente en la grada del humilde campo Chawana-Makeni se impacientaba.

Querían ver a su ídolo en acción.

—¡Anitaaaaaaaaaaaaaa! ¡Anitaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

—¡Que la muchacha es portera! —respondió Alicia, encarándose con el público—. ¿Qué queréis que haga? ¿Malabarismos? ¡Madre mía, qué disparate!

—Tranquila, cariño, la gente quiere espectáculo —intentó tranquilizarla Felipe—. Pero Anita está muy centrada, no pasa nada.

Al borde del descanso, Anita detuvo un disparo lejano.

Dejó caer el balón al suelo y salió jugando con los pies.

Dribló a un delantero del Sao Paulo.

El público se puso en pie, felices de ver a la niña maravilla salir del área con el balón controlado y arriesgar de esa forma.

Capítulo 11 de los Futbolísimos

—¿¡Pero adónde vas!? —le gritó Alicia.

—Como le roben el balón, la portería está vacía —señaló Esteban.

—No seas agorero, hombre —intervino mi madre—, que la muchacha está haciendo un jugadón.

Los reporteros enfocaban a Anita, que siguió adelante, imparable.

Cruzó el centro del campo.

—¡Aquí! —dijo Toni, pidiendo el balón.

Estaba desmarcado.

Lo lógico sería que le hubiera pasado, pero Anita siguió a lo suyo. Enfrentó a una centrocampista del Sao Paulo… la regateó… y continuó con el balón en los pies.

¡Increíble!

¡Lo estaba haciendo otra vez!

Llegó a la frontal del área rival.

Se preparó para chutar.

—¡Aquí! —insistió Toni, completamente solo en el vértice del área.

Helena y yo también llegábamos unos metros por detrás, acompañando la jugada.

Sin embargo, Anita no soltaba el balón.

Intentó regatear al central del Sao Paulo, pero se hizo un lío y la pelota se quedó trabada entre las piernas de ambos.

El portero aprovechó la confusión, dio un par de zancadas y despejó de un patadón.

—¡No, no, no! —protestó Anita—. ¡Se supone que debía marcar un golazo y ser la heroína!

El balón voló hasta el centro del campo.

María Aparecida lo controló a la primera.

Levantó la vista y, al ver nuestra portería vacía, no lo dudó ni un instante.

Disparó desde el círculo central.

La pelota describió una parábola perfecta.

Botó tres veces en el área.

Y entró en la portería sin que nadie pudiera impedirlo.

—¡Goooooool! ¡Golazooooooooooooo!

Los compañeros de María Aparecida lo celebraron manteándola.

Había sido un gol espectacular.

SAO PAULO 2; SOTO ALTO 0.

El árbitro levantó el brazo y señaló el final del primer tiempo.

—¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!

Anita salió del campo cabizbaja.

—Esto no lo grabéis, por favor —pidió a los cámaras.

—¿Por qué no me has pasado? —le preguntó Toni, enfadado—. ¡Estaba solo!

—Eres un chupón, siempre quieres marcar tú —replicó Anita.

—Soy el máximo goleador del equipo y tú eres portera… suplente —dijo Toni.

Alicia también se dirigió a Anita.

—¡No puedes salir del área! ¡Bajo ningún concepto! —le dijo.

—Cuando marqué al Zesco no te pareció tan mal —contestó Anita.

—Eso era distinto… era una situación excepcional… íbamos perdiendo, se acababa el tiempo… —dijo Alicia—. ¡Ya está bien de tonterías! ¡Camuñas, calienta, en el segundo tiempo juegas tú!

—Ya era hora —dijo Camuñas.

—A los aficionados no les va a gustar —amenazó Anita.

Pero las cosas habían cambiado. Ya nadie coreaba su nombre. Después de las dos pifias, la gente se había desinflado y no parecían preocupados por su titularidad.

—La fama es efímera, igual que viene se va —dijo Camuñas, enfundándose los guantes.

Durante el descanso, llegó a la grada un grupo numeroso que reconocí enseguida:

Las hermanas Clarence, Sonsoles y Olabisi. Con ellas, también estaban las internas de City of Hope que habíamos visto la noche anterior. Un montón de niñas negras que tomaron asiento en las dos primeras filas, justo detrás de las vallas.

—Ser momento muy especial para ellas —dijo la hermana Clarence—. El mundial infantil jugarse en su barrio. Teníamos que venir.

—Pues nos están mojando la oreja, hermana —respondió mi madre—. A ver si nos traéis suerte y cambia un poco la cosa.

En cuanto llegamos al vestuario, bombardeamos a Anita con un sinfín de preguntas:

—¿Dónde te habías metido todo este tiempo?

—¿Por qué saltaste a la furgoneta de Carine Rodrigues?

—¿Es verdad que has firmado un contrato con ella?

—¿Por qué te cambiaste de zapatillas?

—¿De repente ves bien sin gafas o es que llevas lentillas?

Ella se apartó, abrumada.

—Comprendo que soy una celebridad y tenéis muchas preguntas —dijo, haciéndose la interesante—. Pero debéis respetar mi intimidad. Los famosos también tenemos nuestros derechos.

—Nos tenías muy preocupados —dijo Marilyn.

—Te estuvimos buscando en un helicóptero cochambroso —dijo Tomeo.

—Aterrizamos en mitad de la ciudad —añadió Ocho.

—Y luego estuvimos a punto de despeñarnos desde la planta trece de un edificio —recordó Angustias—. Ha sido todo horrible.

—Esto que me contáis es súper interesante, pero ahora no tengo tiempo —dijo—. Debo pensar en muchas cosas, chao.

Abrió una puerta y desapareció, dejándonos con la palabra en la boca.

Nos quedamos boquiabiertos.

—¿Dónde ha ido? —preguntó Tomeo.

—No sé, pero ha entrado el armario de las escobas, me parece —dijo Helena.

Unos segundos después, Anita volvió a aparecer.

—Ejem, me he equivocado de puerta —dijo, muy digna—. Pero lo importante es la intención. Tengo que concentrarme para la segunda parte. Los fans me esperan.

—Pero si no vas a jugar —le recordó Camuñas.

—La niña maravilla siempre tiene que estar preparada, por si acaso —dijo Anita.

Parecía otra. No era la Anita cariñosa, tímida y un poco sabelotodo de siempre.

Se había convertido en una chulita repelente. Le había quitado el puesto a Toni.

—De todas formas, tenemos que investigar eso de los contratos —me dijo Helena—. A mí me sigue pareciendo muy raro.

—A ver si después del partido podemos hablar con ella tranquilamente —propuse.

En la segunda parte, Anita y Tomeo se quedaron en el banquillo.

En su lugar, entraron Camuñas y Ocho.

Cambiamos el esquema para jugar un poco más adelantados.

Marilyn se quedó como única defensa.

Ocho, Angustias y Helena en el centro del campo.

Toni y yo arriba.

Al principio les pillamos por sorpresa y tuvimos un par de llegadas buenas que se marcharon fuera por muy poco.

Pero el entrenador del Sao Paulo también reajustó su sistema y a los pocos minutos controlaron el partido.

Aunque no creaban ocasiones, tenían la posesión del balón. Ganando por dos goles, era más que suficiente.

Alicia y Felipe se impacientaban a medida que pasaba el tiempo.

—Deberíais sacarme si queréis desatascar el partido —dijo Anita.

—Ni lo sueñes, prefiero perder por goleada —contestó Alicia—. ¡Vamos equipo, presión y balón arriba al primer toque!

—¡Sí se puede! —nos animó Felipe.

Era casi imposible.

El Sao Paulo cerraba muy bien los espacios. Estaban acostumbrados a jugar partidos importantes.

El público había perdido el interés: El Sao Paulo dominaba y el partido parecía sentenciado.

—Lo único bueno es que por lo menos la gente se ha olvidado de la niña maravilla —dijo Esteban—. Con suerte, la fiebre pasará y volveremos a recuperar a la Anita de siempre.

Las únicas que nos animaban eran las chicas de City of Hope y las monjas.

—¡Vamos, chicos, un poco de brío! —gritó la hermana Sonsoles.

—Viva Soto Alto, you are the best! —exclamó la hermana Olabisi.

—¡Venga, kids, estar alelados! —dijo la hermana Clarence—. ¡Despertar ya!

El árbitro consultó su cronómetro.

Quedaban exactamente tres minutos para acabar y el marcador no se había movido en la segunda parte.

Necesitábamos un milagro: marcar tres goles.

En ese instante, María Aparecida saltó para intentar cazar un balón dividido al borde del área. Marilyn y Camuñas fueron directos a por ella.

¡CATACRACK!

Los tres chocaron y cayeron al suelo, doloridos.

El árbitro detuvo el partido.

Hizo gestos para que entraran los entrenadores y los asistentes.

—¡Me duele mucho el codo! —se lamentó Camuñas.

—¡Tengo el tobillo hinchado! —se quejó Marilyn.

Felipe y Esteban les ayudaron a salir del campo.

Alicia miró al banquillo y negó con la cabeza, desesperada.

—Anita, Tomeo, vamos, ¡entráis a jugar los últimos minutos! —dijo la entrenadora.

—¡Toma ya! —exclamó Anita, que se acercó a Marilyn y le cogió el brazalete de capitana—. Lo siento mucho, seguro que te recuperas enseguida…

—¡Seguimos con el mismo sistema, nada de inventos raros! —ordenó Alicia.

—Que sí, que sí —dijo Anita.

Apenas salió al campo, ya se puso a dar órdenes.

—Hay que colgar balones a su área —indicó Anita.

El árbitro había señalado falta a nuestro favor. La propia Anita se encargó de sacarla. Le dio un patadón tremendo y mandó la pelota a la otra punta del campo.

Toni la paró con el pecho y se la dejó a Helena, que me centró al primer toque. Rematé según venía, rebotó en el central del Sao Paulo y salió fuera.

—¡Córner! —exclamó Felipe—. ¡Todos arriba!

—¡Todos no! —dijo Alicia, señalando a Anita.

Por supuesto, la portera la ignoró.

—Hay que remontar como sea —dijo, excusándose, y ella también subió a rematar.

Helena se preparó para el saque de esquina. Allí estábamos todos en su área esperando: los cinco jugadores de campo más la portera.

El central y María Aparecida cubrieron a Anita entre ambos, por si acaso.

Helena sacó al segundo palo.

El balón rebotó en la cabeza de Tomeo. Le dio en la cadera a un lateral del Sao Paulo. Golpeó en la espalda de Angustias. Volvió a chocar en el muslo de otro defensa. Chocó en el pecho de Ocho, que no lo pudo controlar…

¡Aquello parecía una partida de paint-ball!

Después de no sé cuántos rebotes dentro del área, Anita estiró sus larguísimas piernas y golpeó la pelota con la puntera de su bota.

El portero resbaló y, a trompicones… ¡el balón entró en la portería!

—¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!

Anita se colgó del larguero, posando para las cámaras.

La gente volvió a estallar de alegría en la grada.

Riki-Riki

Riki-Riki

And Anitaaaaaaaaaaaaaaaaa

SAO PAULO 2; SOTO ALTO 1.

—¡Dos minutos y necesitamos dos goles, vamos, vamos, vamos! —exclamó Felipe.

—Concentración máxima —pidió Alicia, que no sabía si regañar o felicitar a Anita.

Las monjas y las chicas de City of Hope hicieron la ola.

El público pareció despertar de nuevo.

—¡Oé, oé, oé, niña maravillaaaaaaaaaaaa, oé, oé, oé!

María Aparecida sacó de centro furiosa. Tal vez estaba acostumbrada a ser ella la estrella de los partidos, no le gustaba que nadie le hiciera sombra. Y menos un equipo desconocido de un pequeño pueblo.

Retrasaron el balón y se replegaron para aguantar el resultado.

—¡Ja, están asustados! —bramó mi madre.

—Simplemente están perdiendo tiempo, como hacen todos los equipos del mundo cuando van ganando —les justificó Esteban.

—¡Pamplinas! ¡Están muertos de miedo! —insistió mi madre.

Nos lanzamos a presionar a la desesperada. Había que intentarlo.

María Aparecida se fue con el balón a la esquina del campo y lo protegió de espaldas.

Toni y Ocho intentaban robárselo, pero ella se defendía muy bien con el cuerpo. No podían empujarla, en cuanto la tocaran el árbitro pitaría falta.

Los segundos seguían avanzando.

Helena llegó a la esquina corriendo a toda velocidad.

Se lanzó al suelo, pilló por sorpresa a María Aparecida, metió la bota y le dio al balón de rosca perfecta.

La pelota voló hacia el punto de penalti.

Voló directa hacia mí. Me cubría el central, pero aun así tenía que rematar. Podía conseguirlo.

«Vamos, Pakete», me dije.

Salté, y cuando estaba en el aire, sentí una fuerza que me arrollaba desde atrás.

—¡Mííííííííííííííííííía! —gritó Anita, empujándome.

El balón le impactó en el rostro, salió disparado y… ¡entró por la escuadra!

—¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!

Se desató la locura en el campo.

La gente aplaudía, se abrazaba, gritaban, bailaban.

Carine daba brincos en el palco.

—¡Niña maravillaaaaaaaaaaaaaaaaaa! ¡Niña maravillaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

—¡Otra vez! —dijo mi madre, saltando—. ¡Lo ha hecho otra vez! ¡Esto es lo más grande que he visto nunca en un partido de fútbol!

SAO PAULO 2; SOTO ALTO 2.

Las monjas y las niñas reían, entusiasmadas. Había merecido la pena acudir al partido.

Anita regresó a su portería entre los aplausos emocionados del público. Los cámaras no se perdían detalle.

María Aparecida se dispuso a sacar de centro otra vez, muy molesta con todo lo que estaba ocurriendo.

—¡Un minuto! ¡Solo un minuto! —avisó Felipe.

—Estadísticamente es imposible que Anita marque el tercero —dijo Esteban, perplejo—. Es todo casi igual que contra el Zesco United, las matemáticas dicen que algo así no puede ocurrir.

Un trueno anunció que una tormenta estaba a punto de caer.

Tal vez era una señal.

El balón se puso en movimiento ante la máxima expectación.

—¡Me toca a mí marcar! —exclamó Toni, que fue a presionar.

Esta vez, en lugar de retroceder, María Aparecida lanzó un balón largo hacia nuestro campo. No querían que les volviera a ocurrir lo mismo.

La pelota cayó en los pies de Tomeo, que la controló a duras penas.

—¡Balonazo arriba! —ordenó Alicia.

—Nada de eso —dijo Anita, que apareció junto al defensa—. Pásamela.

—¿A quién le hago caso? —preguntó Tomeo, sin saber qué hacer.

—¡A mí! —respondió Anita y, sin esperar, se llevó el balón con su ímpetu característico.

—Buah, los dos goles los ha marcado de churro —señaló Camuñas desde el banquillo.

—Ya, pero los ha metido —dijo Marilyn a la pata coja.

—Es completamente imposible que lo vuelva a conseguir; tiene la lógica, las matemáticas y todo en contra —murmuró Alicia—. Pero en el fútbol nunca se sabe… ¡Anita, haz lo que te dé la gana, eres la niña maravilla!

Al comprobar que incluso Alicia estaba con ella, Anita avanzó con el balón y levantó los brazos, pidiendo al público que la animara.

Inmediatamente, los miles de asistentes comenzaron a cantar:

Es la niña maravilla

Baila conmigo

Dance with me

Danse avec moi

Anita dejó atrás a dos rivales. Era como si la gente y la música la llevaran en volandas.

Riki-Riki

Riki-Riki

And Anitaaaaaaaaaaaa

Se plantó delante del área. El central del Sao Paulo le metió un codazo. Anita rodó por el suelo, pero el balón siguió adelante, a su lado.

Riki-Riki

Riki-Riki

And Anitaaaaaaaaaaa

Desde el suelo, Anita tocó el balón y… ¡le hizo un caño al portero!

Vina ndi Ine

Vina ndi Ine

And Anitaaaaaaaaaaaa

Entre tropezones y resbalones, se tiró en plancha sobre la pelota.

Anita y el balón rodaron juntos, en una especie de maraña y… y… y…

¡Entraron en la portería!

¡Anita!

¡El balón!

¡Y las voces de miles de espectadores que saltaron, lloraron y gritaron como si acabaran de presenciar un milagro!

¡Anitaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! ¡Gooooooooooooooooooooooool!

El destino de los futbolísimos está en tus manos