CORONAVIRUS

El fin del coronavirus pondrá a prueba el altruismo de las potencias mundiales

Según Naciones Unidas, diez países han acaparado el 75% de las vacunas y 9 de cada 10 personas que vive en países pobres no recibirá la vacuna este año.

El fin del coronavirus pondrá a prueba el altruismo de las potencias mundiales
Kai Försterling EFE

La pandemia del coronavirus comenzó hace cerca de un año y, mientras la población mundial vivía un confinamiento domiciliario, las esperanzas se aunaban bajo una misma proyección. “El virus nos hará mejores personas o al menos más solidarios” dijeron.

Bien es cierto que ciudadanos y organizaciones aportaron su esfuerzo para mitigar las repercusiones de la pandemia y ayudar a los más desfavorecidos desde un primer momento. Sin embargo, la actuación de los principales líderes políticos mundiales ha vuelto a poner en duda la humanidad de los dirigentes. Así, desde que las vacunas se convirtieron en la vía de escape de esta situación, las potencias iniciaron una nueva y particular “carrera espacial” para demostrar su hegemonía y su influencia global.

La alianza en pro del Acelerador ACT irrumpe en este plano, una iniciativa impulsada por la Organización Mundial de la Salud con la colaboración de instituciones filantrópicas, organizaciones mundiales del ámbito de la salud, empresas y mandatarios de gobiernos. El Acelerador ACT tiene como objetivo finalizar la segunda fase de la pandemia y garantiza una herramienta que permita coordinar los recursos de una forma más eficiente.

Esta iniciativa de colaboración mundial se fundamenta en cuatro elementos de trabajo: diagnóstico, tratamiento, inmunización y fortalecimiento de los sistemas de salud. Aquí se engloba COVAX, plataforma responsabilizada de las vacunas del Acelerador del acceso a las herramientas contra la COVID-19. Su objetivo es asegurar un acceso justo y equitativo a las vacunas para todos los países del mundo, independientemente de su riqueza, además de potenciar su fabricación y desarrollo.

Por el contrario, la igualdad parece haberse atascado en los despachos, pues los actos de los países distan de la realidad firmada. António Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas, denunció que más de 130 países no han recibido aún ni una sola dosis y diez países han acaparado el 75% de las vacunas. Los datos esclarecen que 9 de cada 10 personas que vive en países pobres no recibirá la vacuna este año.

La hipocresía de los más ricos

Por un lado, los países con más capacidad respaldan y suscriben medidas para que aquellos más pobres puedan acceder a las vacunas, pero, por otro lado, son los primeros que buscan acuerdos con la industria farmacéutica en primer lugar. Según las cifras presentadas por Amnistía Internacional al término de 2020, los países más ricos habían abarcado dosis suficientes para vacunar casi tres veces a toda su población. Por ejemplo: Reino Unido, Canadá y Estados Unidos lideran la lista de países que más vacunas han adquirido para proteger a su población, cantidades que superan el número de habitantes que reside en estos países.

Se trataría de un error mayúsculo por parte de los países ricos si tenemos en cuenta la tesis del Instituto Rand Europe, la cual cifra una pérdida de 2,1 billones de dólares para las potencias si el reparto de la vacuna se hace de forma desigual.

Compartir es vivir, más que nunca

La solución al futuro problema nacerá de la unión y altruismo. La Alianza Vacuna del Pueblo, coalición de organizaciones y activistas respaldada por líderes y exdirigentes mundiales, ha solicitado a las empresas farmacéuticas encargadas de desarrollar las vacunas contra la covid su amparo para compartir su tecnología y la propiedad intelectual abiertamente a través del Acceso Mancomunado a Tecnología contra la COVID-19 de la Organización Mundial de la Salud. Este hecho incrementará la cantidad de dosis producidas y favorecerá una distribución más ecuánime.

Por último, la ONU advierte: "cuando una pandemia avanza rápidamente, nadie estará a salvo a menos que todo el mundo lo esté". No obstante, la nueva normalidad parece ceñirse a la antigua, desestabilizando, una vez más, la balanza en favor de la desigualdad.