Estás leyendo

Pepe sólo debe ser el primero

MR. PENTLAND

Míster Pentland fue justo lo que la mayoría llevamos dentro: un entrenador. El precursor y más innovador. Este rincón tratará de su gremio. De los inicios, las trayectorias y las anécdotas de sus sucesores. Modestos y profesionales. Españoles y foráneos. De club o seleccionadores. Bienvenido. Pase y tome asiento. Aquí tiene su banquillo.

Autor: Alfredo Matilla

Pepe sólo debe ser el primero

"El cambio es ley de vida. Cualquiera que sólo mire al pasado o al presente, se perderá el futuro". John Fitzgerald Kennedy (1917-1963) Político estadounidense.

 

Impulsados por la ola del triunfo, la gran preocupación de un amplio sector del madridismo a estas horas es compararse con el glorioso Barça de Guardiola. No se conforman con ganar el desnivelado pulso de las Copas de Europa. Además pretenden salir victoriosos de la manida lucha de estilos. Es una pérdida de tiempo. Aquel dominio culé a lomos de Messi no admite comparación en cuanto al juego, pero no desmerece el hambre insaciable de Cristiano ni tapa el gen ganador de su Madrid. Se está malgastando la intranquilidad del personal en el tiro equivocado. Si yo acabara de ganar un doblete histórico andaría preocupado en otras cosas. Sobre todo en cómo no morir de éxito. En qué no repetir de todo lo que haya hecho el rival para pasar de claro dominador de Europa a fan incondicional a la desesperada del Celta, Málaga y Juventus.

A estas horas, debatir sobre la marcha de Pepe, el fichaje de De Gea o acerca de la venta de Bale o Benzema es casi tan arriesgado como hablar de religión. Pocos tocarían en estos momentos un once recitado de memoria con el que se ha alcanzado la gloria: Keylor; Carvajal, Varane, Ramos, Marcelo; Casemiro, Kroos, Modric, Isco; Cristiano y Benzema. Ni hablemos de ese banquillo ejemplar. Error. Como dijo Lampedusa, “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Renovar al equipo, por mucho que el futuro se haya apuntalado por el director deportivo Florentino Pérez, no sólo es sano sino que se antoja obligatorio. Hasta este Madrid es mejorable. Otra cosa es que Zidane compre esta teoría.

La foto del once del Barça en la final de Copa debería marcar el camino. Del equipo titular de Luis Enrique en la final de Champions de 2015 a su última alineación en la final de Copa (2017), sólo había dos cambios. Se ausentaron Ter Stegen, por el capricho de las rotaciones, y Alves, por la torpeza en las negociaciones de renovación. Por el entrenador asturiano, se hubieran repetido las instantáneas gustosamente, premiando a un gran equipo y dejando dolorosamente en segundo plano un análisis inaplazable que ha borrado la sonrisa de esas imágenes: la defensa es bastante mejorable, Iniesta va arrastrando el paso del tiempo y Rakitic, siendo bueno, no puede ser indiscutible. Los grandes campeones, salvo raras excepciones, triunfaron tras campeonar por el vicio de saber renovarse. Cuanto más, mejor.

Cibuenoooooo

El Madrid tiene buenos ejemplos en casa. El gran equipo dirigido por Di Stéfano, que ganó cinco Copas de Europa seguidas en los cincuenta, siempre intentó mejorar su foto año a año. Pese a que entonces sólo jugaban once, los suplentes eran de relleno y fichar era un verbo que sobre todo conjugaban los que tenían que entrar por la mañana en la oficina. Del once que levantó la Primera Orejona en 1956 ante el Stade Reims (4-3) hubo tres cambios en la final de 1957 (2-0 a la Fiorentina). En la siguiente gran noche del Madrid frente al Milán (3-2) hubo otros tres cambios. En 1959 (2-0 al Stade Reims), dos más. Y en la última de ese lustro inolvidable (7-3 contra el Eintracht de Frankfurt), otros dos. Ahora que se habla del futuro de Keylor y hasta del de Zidane, convendría recordar que el Madrid tuvo en las seis primeras Copas de Europa (diez años entre la primera, 1956, y la última, 1966) tres porteros titulares distintos (Juanito Alonso, Domínguez y Araquistáin) y tres entrenadores (Villalonga, Carniglia y Muñoz). La renovación en la década de los sesenta, cuando por primera vez un club ejerció un dominio total de la Liga con cinco títulos seguidos, fue aún mayor y más valiente. En el Madrid campeón del 62 entraron cinco jugadores que no habían participado en el alirón del 61 (Araquistáin, Miera, Tejada, Isidro y Ruiz). Al año siguiente Bernabéu optó por meter otras cuatro pinceladas (Amancio, Zoco, Müller y Vicente Train). Y al final de su reinado en esa década fue capaz de introducir como novedades de peso a Grosso, Betancort, Pirri y Serena. Mejorar era una obsesión.

Hasta el temible Bayern de los años setenta, el Madrid de la Quinta del Buitre, el Milán de Sacchi y el Barça de Cruyff o el de Guardiola, equipos que marcaron una época, supieron año a año desterrar lo que no funcionaba pese a ganar, probar nuevas rutas hacia el triunfo y mantener lo que verdaderamente era considerado como los cimientos de unos proyectos. Si ganaron de nuevo es porque no se recrearon y actuaron. El Bayern levantó una Copa de Europa en 1974 tras tumbar al Atleti con un once de ensueño. Sin embargo, al año siguiente repitió con dos cambios en defensa. Era un plan y no una casualidad: en el tercer título seguido hubo hueco para Horsmann y Rummenigge. El Madrid de esos sensacionales años ochenta fue metiendo a Buyo y Pardeza un año, a Tendillo y Jankovic otro, a Schuster al siguiente y a Hierro al final. El Milán del achique cambió a Evani por Donadoni de una Copa de Europa (1989) a la siguiente (1990). El Dream Team vio cómo pese a su dominio, un año se caían Rekarte, Nando y Soler para dar paso a Nadal, Juan Calos y hasta a Witschge, como al siguiente el apartado era Serna o como al final Romario, Sergi e Iván Iglesias aportaron el necesario aire fresco. Y Pep fue un maestro al meter un año a Ibra, pese a haber ganado todo lo posible con una plantilla a la que ya había revolucionado, y al siguiente apostar por Villa para explorar otras variantes sin ruborizarse.

En la época moderna se recuerdan pocos campeones consecutivos que hayan hecho historia sin cambiar de cromos de una a otra alegría. Los más meritorios fueron la Real Sociedad y el Athletic, que ganaron dos veces la Liga de forma seguida (80-81, 81-82 y 82-83, 83-84 respectivamente) sin tocar apenas su plantilla pese a esas reglas que se autoimponían ambos por aquel entonces y que les hacían competir en clara desigualdad con los poderosos. Idígoras dejó la Real de un curso para otro para buscar la fortuna en el Puebla mexicano. Y Endica apareció como novedad en el Athletic de una proeza a otra. El resto de hitos se hicieron renovando en profundidad. Zidane no haría mal en repensar el tema De Gea y en plantearse, como tan aceleradamente ha hecho con Pepe (James se irá él solito), que la pasta que dejarían Bale o Benzema daría para accesorios de alta gama en ese 4-4-2 indestructible y para mejorar aún más esa segunda unidad tan socorrida. El cambio es la única cosa inmutable.

Pebueno