Temas del día Más temas
Estás leyendo

Popovich, la NASA y el principio del fin de los Spurs

CAMPO ATRÁS

Un blog para tratar el pasado, presente y futuro del baloncesto tanto nacional como internacional: ACB, ULEB, Euroliga, Eurocup y la NBA.

Autor: Juanma Rubio

Popovich, la NASA y el principio del fin de los Spurs

Spurs1

Hace 19 años que los Spurs no se quedan fuera de playoffs y los mismos, estrictamente la carrera de Tim Duncan y casi la de Gregg Popovich, que no bajan del 60% de victorias en Regular Season. Su milagro ha sido un proceso tan lógico y tan estructurado que casi ha parecido sencillo: la revolución de la evolución, un caso único en la historia del deporte. Por eso la franquicia texana ha pasado de no dar titulares a dar constantemente titulares porque no da titulares. Y por eso se ha convertido en el epitome del trabajo bien hecho y de la victoria como motor y finalmente meta en una NBA cada vez más alterada y cortoplacista. Pero los Spurs han perdido mucho, el precio de competir casi siempre: han ganado cinco anillos, han perdido todo lo demás en casi dos décadas de ser aspirantes de primera categoría prácticamente cada año. Sus derrotas son un hilo narrador de su proyecto y un testamento de su grandeza (la cicatriz como testimonio) casi tan grande como sus victorias. Y en 2016 han vuelto a perder. La remontada encajada ante los Spurs tras su mejor Regular Season (67 victorias) y tras un 124-92 en el primer partido de la serie ante los Thunder, es otro punto cardinal en una cartografía que incluye la canasta ganadora de Chris Paul en el séptimo partido de 2015, el triple de Ray Allen en las Finales de 2013, el 2+1 de Nowitzki ante Ginóbili en 2006 o la canasta de Derek Fisher a falta de cuatro décimas en 2004. De Durant y Westbrook a Fisher: doce años puestos en fila, y todavía habría que remontarse cinco más para encontrar el primer anillo de Popovich y Duncan (1999). Este equipo no es una vida: es una era.

Ahora han perdido. Antes de tiempo y después de meses de anticipación de la final del Oeste Warriors-Spurs. La guerra de los mundos que no fue. No han fracasado ni han hecho el ridículo ni les ha pasado nada que no sea una derrota inesperada pero posible ante uno de los cuatro equipos con opciones reales (eran tres y medio: Warriors, Spurs, Cavaliers y ese medio, la wildcard, unos Thunder ahora ya candidatos de pleno derecho). Hoy en día, todo el que no falla puede ser motivo de burla o de demolición. Y el deporte no funciona así ni su Regular Season es menos espectacular solo porque después se hayan quedado cortos. La misma lógica se puede aplicar a los Warriors: su 73-9 seguirá siendo algo absolutamente alucinante si no son campeones. Sería un golpe, se harían bromas y se analizaría de forma ventajista. Pero cuando pase todo eso, quedará el 73-9. Y el 67-15 de los Spurs.

¿Qué hace cada equipo? Lo que considera mejor. Los Warriors se vieron ante la historia y la devoraron. Los Spurs llevan años dosificando fuerzas y midiendo rotaciones. Estropeando partidos de Regular Season (más o menos desde 2011) para ganar partidos de playoffs. Cada equipo, lo que considera mejor con lo que tiene y con cómo lo tiene. ¿Qué funciona? Todo… y nada. Los Warriors no van a ser campeones ni a dejar de serlo por haber ganado 73 partidos en lugar de 71 y a los Spurs no les ha funcionado en 2016 y 2015 lo que sí les funcionó en 2014. Porque a veces todo depende de una canasta (Fisher, Nowitzki, Allen, Paul…). Incluso ante los Thunder, los Spurs acabaron siendo peores en una serie en la que pronto dejaron de ser mejores. Pero todo el tramo central de la eliminatoria se resolvió en finales apretados. En los que influye la planificación, estructura y ejecución de cada uno, pero también que un tiro rebote o no en el aro. Es la teoría de algunos: la NBA es finalmente una liga de make or miss, meter o fallar. Y no es ni una cosa ni otra. Y luego está lo imprevisible, que es la carne de los playoffs: los Thunder han pasado de ser el peor equipo de la NBA en finales igualados en Regular Season solo por detrás de los Sixers a firmar, por ahora, un 5-2 a favor en duelos que llegan a los últimos cinco minutos con el marcador en ventajas de cinco puntos o menos.

Y ahí están los Spurs, de vacaciones y con Popovich diciendo que nada es para tanto en un mundo en el que la NASA ha descubierto 1.200 planetas habitables. Al fin y al cabo, solo es baloncesto. Pero en este pequeño microcosmos dentro del universo de las cosas muy poco importantes, hay una pregunta importante. Y angustiosa: ¿se han acabado los Spurs, estos Spurs? Probablemente sí. Pero puede que no: eso pensamos después de las Finales de 2013, cuando el puñal de la remontada imposible de los Heat parecía un golpe mortal. Pero es que eso pensamos también en 2011, cuando a una temporada de 61 victorias le siguió una eliminación en primera ronda ante los Grizzlies. Han pasado equipos y generaciones, modas o transformaciones en el juego, y los Spurs han acabado flotando en todas las aguas. Como un corcho, pero con GPS.

Spurs2

Pero esta vez puede que sea más distinto que lo distinto que era otras veces. Tim Duncan tiene 40 años y no sabe si seguirá. Manu Ginóbili cumplirá 39 en julio y ya se planteaba hace un año qué hacía corriendo detrás de chicos de 20 ochenta y dos agotadoras noches. Y Tony Parker tiene 34 pero su rendimiento está en claro declive. Y los Spurs, estos Spurs, son ellos tres. Y Popovich, que ha perdido un duelo de banquillos contra Billy Donovan, nuevo en la NBA pero desde luego no novato (19 años en Florida). Sucede: también creemos que Popovich siempre gana y no es cierto. Y eso no implica que no esa uno de los tres o cuatro mejores entrenadores de la historia. Otra vez: muchas cicatrices por cada triunfo. Los Spurs que pueden venir, con Leonard, Aldridge y quien sea, serán ya otro equipo en cuanto no estén, como mínimo, Duncan y Ginóbili. En las Finales 2014, una de las mayores exhibiciones de la era moderna de la NBA, el MVP fue Kawhi. Pero Parker jugó 35 minutos por noche y anotó 18 puntos de media, Duncan firmó 15+10 en 33 minutos y Ginóbili 14,4 y 4,4 asistencias en casi 29 minutos.

En 2016, además, Danny Green bajó su porcentaje exterior, Patty Mills no fue el mismo (post lesión) de un par de años antes y problemas musculares tuvieron a Diaw fuera de foco en el tramo final de competición. Y los Spurs, un martillo pilón en Regular Season, se quedaron sin puntos y sin variantes ante las embestidas de músculo y talento concentrado de los Thunder. Podrían haber pasado la eliminatoria y habrían mantenido intactas sus opciones de ser campeones. Pero perdieron. En parte, porque parecieron siempre un plan anti Warriors y les terminó atrapando un rival muy diferente. Su transformación, de la máquina móvil y elástica que escupía triples dos años antes al panzer defensivo con mucha incidencia en el pick and roll y las zonas templadas del ataque resultó… hasta que dejó de hacerlo. Sencillamente, es el baloncesto. Los Spurs, entre la evolución de su roster, las posibilidades del mercado y la presión de los Warriors, trataron de mutar hacia una mezcla de sus dos versiones ganadoras, la primera de Duncan y Popovich con David Robinson y la segunda, con ellos dos y todos los demás. Funcionó muy bien… durante unos meses. Pero ante los Thunder la defensa no bastó y el ataque no dio suficientemente de sí. Lo que ganó el anillo hace dos años (circulación, tiro, penetraciones y pases extra) no ha aparecido cuando los lanzamientos no han entrado y los que partían defensas (Parker, Ginóbili…) ya no han podido atacar a partir de esa (excepcional) velocidad de ejecución (y decisión) que tenían.

Ahora los Spurs tienen que repensarse otra vez. Lo que no es noticia… salvo que se vayan Duncan y Ginóbili y los Spurs dejen de ser los Spurs. Al menos ya han visto que, incluso de nuevo con ellos, tienen que ser otra cosa. Y eso contando con que lo mejor podría ser que siguieran desde un punto de vista ajeno al emocional, donde la conexión es obvia. A 5,6 y 2,9 millones, respectivamente, aportarían hasta donde pudieran en salarios muy beneficiosos a la vista de un cap que se va a ir por encima de los 90 millones. Tampoco hay una certeza absoluta sobre lo que pasará con David West, Marjanovic o Boris Diaw, ni por lo tanto qué opciones manejarán en un mercado en el que ya se les ha vinculado con Pau Gasol, Mike Conley y hasta Kevin Durant, opción volátil que se llevó un buen revés cuando precisamente los Thunder les eliminaron. Las grandes certezas son los contratazos: LaMarcus Aldridge tiene pendientes tres años por más de 64 millones y Kawhi Leonard, cuatro por casi 78. Contratos sacando músculo, a priori ventajosos, asunto que cambia si se miran los casi 30 millones que tiene que cobrar Tony Parker hasta 2018 y los 30 que le quedan a Green hasta 2019. Lo que tuvo sentido puede dejar de tenerlo… y después recuperarlo. Green tiene todavía 28 años por los 30 de Aldridge.

Los Spurs habían despertado mucha expectación y habían respondido a ella durante la Regular Season. Se vendió que no se hablaba de ellos, pero no era cierto. Sencillamente les hacían sombra los Warriors, como a todos. Pero su capacidad para retener a los jugadores que querían retener y para atraer a una estrella (estrella, no mega estrella) que ayudara a asfaltar el puente generacional que estaba tendiendo Kawhi les habían situado en todos los radares. Después firmaron el 40-1 en casa y las 67 victorias con el séptimo mejor más/menos de siempre (+10,6), la mejor cifra de un equipo que no ha llegado como mínimo a la Final de su Conferencia. Se puede analizar en qué han fallado o simplemente pensar que en el microcosmos de una eliminatoria puntual fueron peores que un rival al que habían dejado a doce victorias en Regular Season. En uno u otro caso, el proyecto 2015-16 se ha quedado corto y el próximo, 2016-17, puede ser el primero de algo así como los post Spurs, la primera mutación verdaderamente tangible de uno de los mejores y más asombrosos (por longevidad y mecanismos) bloques de la historia del baloncesto. La revolución de la evolución, tal vez el fin... al fin. Pero, ¿ y si…?

Spurs3