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Y el segundo mejor entrenador de la NBA es...

CAMPO ATRÁS

Un blog para tratar el pasado, presente y futuro del baloncesto tanto nacional como internacional: ACB, ULEB, Euroliga, Eurocup y la NBA.

Autor: Juanma Rubio

Y el segundo mejor entrenador de la NBA es...

En mi opinión, Rick Carlisle.

Porque supongo que no hay dudas a estas alturas de que el mejor entrenador en activo es Gregg Popovich. Así que Pops queda fuera de este debate porque la cuestión con él es qué lugar ocupará entre los mejores de siempre cuando se retire. Porque seguimos suponiendo que se retirará en algún momento, incluso que veremos con nuestros ojos unos playoffs del Oeste sin los Spurs. Por mi parte, Popovich sólo tiene ya por delante a Phil Jackson, Pat Riley y a un Red Auerbach cuya era no viví pero a la que tengo demasiado respeto como parte inevitable y constitutiva de la leyenda de la NBA.

De la historia de Popovich y de los Spurs, que son ya la misma cosa y otro tomo ineludible de la enciclopedia completa de la NBA (1996-¿?), se ha escrito una montaña de artículos tan laudatorios como justos desde que pulverizó la era del big three de Miami Heat con un baloncesto sencillamente perfecto. Y no es una manera de hablar: la forma en la que los Spurs hicieron trizas a Durant y LeBron, el ying y el yang de esta generación, en las dos rondas finales de los playoffs 2014, supuso una de las lecciones de baloncesto más sobrecogedoras de la historia, pura poesía si se contextualiza como culmen, hasta ahora, de la franquicia milagrosa que lleva quince años ganando 50 o más partidos y superando el 60 % de victorias en Regular Season. La que no se pierde los playoffs desde 1997, cuando el mundo era tan distinto que Goggle no pasaba todavía de proyecto universitario. Y la que decidió superarse a sí misma, pulirse hasta su quintaesencia cuando muchos otros habrían optado por dejarse ir en el sueño de los justos de su propia gloria tras el golpe descomunal que fue la derrota en la final de 2013.

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Ese es el legado de Popovich: la forja de una leyenda tan lejos de los grandes mercados y los centros gravitacionales del glamour americano. El viaje desde los primeros triunfos a partir de la defensa y los pívots a las conquistas últimas con el mejor juego en cinco contra cinco de la historia del baloncesto. Una maravilla de movimientos coreografiados e infinitos pases extra que poco tiene que ver con el equipo que, antes de que todos quisieran ser como él, quería ser como los Jazz de Jerry Sloan, John Stockton y Karl Malone. En realidad, otro ejemplo asombroso de estabilidad y competitividad.

El legado de Popovich son cinco anillos pero podrían ser más: ¿Y si Leonard no hubiera fallado aquel tiro libre y Ray Allen no hubiera metido a continuación aquel triple en la final de 2013 que los Spurs tenían literalmente ganada? Y más atrás, en la cacareada y ya rota maldición de los años pares, ¿y si Derek Fisher no hubiera metido aquella canasta imposible a falta de cuatro décimas en el quinto partido de las semifinales del Oeste en 2004 que perdieron antes los Lakers? ¿Y si Ginóbili no hubiera hecho aquella maldita falta para el 2+1 de Nowitzki que llevó a la prórroga el séptimo partido de las semifinales del Oeste de 2006 que acabaron clasificando a los Mavericks?

La derrota ha cincelado primero y enseñado después al mejor Popovich, el de la compostura estoica que encuentra siempre formas de escapar al pánico. El que comenzó a ganar el anillo de 2014 cuando todavía no había perdido el de 2013. Aquella derrota imposible en el sexto partido ante Miami Heat podría, de hecho casi debería, haber servido de epílogo para la lucha de los Spurs contra el padre tiempo. Pero Popovich se pasó la comida del día siguiente deteniéndose con los jugadores y sus familias, de uno en uno, soportando lágrimas y escuchando gritos y lamentos: recogiendo los añicos de su equipo y formando un vínculo final y casi fatalista: los Spurs compitieron más allá de lo que hubiera hecho casi cualquiera en el séptimo partido, aunque perdieron, y al hacerlo estaban empezando a ganar el título del año siguiente. Aunque todavía no lo sabían. Tampoco Popovich, al que todavía le quedaba salir de un verano de ensimismamiento torturante (“sentía que era imposible estar más triste de lo que estaba”…) en el que perdió además a Brett Brown, que se fue a Philadelphia, y a Mike Budenholzer, que llevaba diecisiete años con él y que había sido designado por muchos como su delfín. Hasta que decidió irse a Atlanta Hawks.

Esa fuga de cerebros constante responde a una aritmética simple: todos los equipos quieren ganar y casi todos quieren ser como los Spurs, porque no hay ejemplo ni siquiera cercano en términos de éxito sostenible y porque sólo los Knicks pueden permitirse la montaña de dólares que cuesta la cultura ganadora de Phil Jackson. Quien quiera replicar la filosofía spur tendrá que replicar una irrepetible conjunción de los planetas, alineación perfecta de fuerzas generalmente en conflicto permanente: el dueño (Peter Holt), el general manager (R.C. Buford, el al entrenador (Popovich) y el jugador (Tim Duncan). Una leyenda semejante no se hubiera construido sin una aportación esencial de los cuatro por mucho que Holt, uno de los propietarios más inteligentes de la historia del deporte estadounidense, asegure entre bromas que él es un simple trabajador a las órdenes de Popovich mientras este recuerda que todos, al final, están al servicio de Tim Duncan. Dos almas gemelas según Buford, la unión de Popovich y Duncan es uno de los vínculos entrenador-jugador más profundos, asombrosos, exitosos y longevos de la historia del deporte. Habría que mirar, otra vez, a Red Auerbach y Bill Russell. En la actualidad lo más parecido sería el maridaje en New England Patriots de Bill Bellichick y Tom Brady. Pero cuando el casi divino quarterback debutó en la NFL (2000), Popovich y Duncan ya habían ganado un anillo. Palabra de Kobe Bryant: “Lo que de verdad envidio de Duncan es que ha jugado toda su carrera a las órdenes del mismo entrenador”. Y qué entrenador…

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Popovich suele asegurar con esa retranca que ya es marca registrada, que su gran contribución a la historia del baloncesto ha sido “elegir con el número 1 del draft a Tim Duncan” y que no existe sistema de juego que no hubiera funcionado con David Robinson y Duncan como torres gemelas. La narración oficial olvida las intrahistorias en las que realmente se forjan las leyendas y el carácter. Los viajes de Popovich a las Islas Vírgenes antes de aquel draft de 1997 para, después de discutir con la mitad de la población de Saint Croix porque nadie le había explicado que se conducía por el lado izquierdo, cortejar primero y convencer después a Duncan. A su manera: “Nosotros no enviamos tarjetas de cumpleaños, ni bandas de mariachis ni regalamos desayunos en la cama”. 

Intrahistoria: Popovich, la fina línea que separa tantas veces la mediocridad de la gloria, pudo ser destituido en marzo de 1999, meses antes del primer anillo y cuando buena parte de la afición texana clamaba por el ascenso de Doc Rivers después de que los Spurs comenzaran en 6-8 la temporada del lockout. No sabemos cómo sería la historia del baloncesto del nuevo milenio si las espuelas plateadas hubiera perdido un partido peliagudo en pista de unos Houston Rockets que tenían a Olajuwon, Barkley y Pippen. Pero ganaron (82-99) porque justo antes Robinson y Avery Johnson salieron de una reunión en casa de Popovich convencidos de que no se podía permitir perder a aquel entrenador: el base sumó 18 puntos y 13 asistencias; el pívot, 15 puntos y 9 rebotes. Duncan, 23+14 con 5 tapones. Ese partido abrió un tramo de 31-5 en ruta hacia los playoffs y el primer anillo. Y la historia, la que tampoco se reescribió cuando Doc Rivers estuvo a punto de llevarse a Tim Duncan a Orlando en el verano de 2000 y en el único punto de conflicto documentado en la relación entre el mejor ala-pívot de la historia y el que ya fue desde entonces y sin discusión su equipo para toda la vida. Esa decisión que flotó en el aire, indecisa ante Florida y Texas, habría cambiado la historia de la NBA, la de de los Spurs y desde luego la de la los Magic, que habrían reunido a Duncan con Grant Hill y Tracy McGrady. “Estuve con un pie dentro y otro fuera”, reconoció después Duncan.

Intrahistorias: tanto en la primavera de 1999 como en el verano de 2000 pudo acabar un proyecto que ahora nos parece irrompible, impermeable. Los Spurs dieron pasos correctos, a veces tan sencillos como ganar un partido de Regular Season, en los momentos adecuados. Como hizo Mark Cuban cuando le dio las riendas de los Mavericks a Rick Carlisle después de ocho años al frente de una franquicia que le había costado 285 millones de dólares y que no había bajado con él de las 50 victorias. Cuban buscaba respuestas después de que un Dwyane Wade sobrehumano le quitara una final de 2006 que parecía suya y de que la siguiente temporada se fuera al traste con sus 67 triunfos en Regular Season y su MVP de Nowitzki porque les cazaron los Warriors en primera ronda de playoffs. Precisamente el equipo de Don Nelson, su entrenador apenas un par de años antes. Aquella serie, una de las mayores y más hermosas sorpresas de toda la historia de la NBA, fue un canto precisamente a la figura del entrenador mientras una miríada de avispas supersónicas (el espíritu del 'We Believe': Baron Davis, Monta Ellis, Stephen Jackson, Jason Richardson, Matt Barnes…) sacaban de quicio a los todopoderosos Mavs con quintetos imposibles y baloncesto kamikaze. La cima del estilo, Nellie Ball, de ese genio loco llamado Don Nelson.

Mark Cuban sabía, recién derrotado por la obra cumbre de un entrenador, que sus respuestas estaban en el banquillo. Y lo puso en manos de Rick Carlisle, un ortodoxo a contraestilo absoluto con Nelson que tenía por entonces, en el verano de 2008, menos cartel que números: una final de Conferencia jugada con los Pistons y otra con los Pacers en el periodo 2002-2003 en el que fue Entrenador del Año. Si se suma a los Mavericks, ya son tres las franquicias en las que ha alcanzado al menos una temporada de 50 victorias un Carlisle que lleva en la NBA desde siempre. Drafteado por los Celtics, en Boston ganó el anillo de 1986 e hizo migas con Larry Bird, que le tuvo después como asistente y estratega en los Pacers que llevaron a siete partidos a los Bulls de Phil Jackson y Michael Jordan en la final del Este del 98, una de las dos únicas eliminatorias en las que los toros tuvieron que jugar siete partidos de las 24 que invirtieron en sus seis viajes hacia el anillo (la otra medalla al mérito es para los Knicks del 92). Bird también le reclutó ya como head coach de sus Pacers cuando él estaba en los despachos y Carliste diseñaba en Detroit la estructura con la que luego Larry Brown ganó el título en 2004. Su estrella se apagó en un feo final de trayecto en Indiana, otra víctima silenciosa del infame Malice at the Palace, la vergonzosa pelea de sanciones históricas (146 partidos, 11 millones de dólares) en la que se enzarzaron Pistons y Pacers el 19 de noviembre de 2004.

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En Dallas se produjo otra de esas conjunciones perfectas por momento y lugar: Mark Cuban-Rick Carlisle-Dirk Nowitzki. Carlisle se convirtió en la pieza maestra que hizo que encajaran todas las demás: En los playoffs de 2011, con Nowitzki mutado en una suerte de Larry Bird de 2,13, los Mavericks ventilaron con un 8-1 global al viejo campeón y al joven aspirante a serlo, Lakers y Thunder. En la final, Carlisle dirigió una coreografía impresionante que desmembró la primera versión del big-three de Miami. Aquella derrota dejó tan desnudos a LeBron y Wade que cuesta creer que no fue un acicate notable en el proceso de maduración y transformación de dos súper estrellas que recibieron una decisiva cura de humildad después de una eliminatoria en la que gesticularon más de lo que jugaron. Carlisle construyó un ecosistema en el que todos sus jugadores resultaban importantes y todas las carencias de los Heat relucían en carne viva. Y lo hizo con tres triunfos seguidos a partir del 2-1 en contra y con ajustes drásticos como la entrada en el quinteto de Barea junto a Kidd para barajar de nuevo las cartas de la creación de juego y la defensa, donde DeShawn Stevenson pasó a dar relevos desde el banquillo a Marion para no dejar ni un respiro a un LeBron que acabó drenado. La trama de Carlisle reservó un rol a jugadores que no volvieron a ser igual de productivos (Terry, Barea, Stevenson, Mahinmi… hasta Cardinal, que jugó minutos de leñador). Al ancla Tyson Chandler esa final le valió un contrato de 58 millones con los Knicks y una buena porción del título de Defendor del Año, ganado en 2012 casi por obligación moral heredada de la final de 2011. 

Miami Heat entregó el título en el sexto partido en plena disolución, en su pista e incapaz de tomar decisiones (2/9 en triples entre LeBron y Wade) ante un equipo que le negó todas sus zonas de confort y le atacó a base de extra pass y concentración en pista de generadores de juego y tiradores. Un aroma a baloncesto old school, casi un homenaje al juego que tuvo continuidad en los últimos playoffs cuando los Mavericks llevaron a siete partidos a unos Spurs que perdieron cuatro entre las tres rondas siguientes. Otra vez Carlisle exprimió todos los recursos a su disposición, encontró roles muy definidos y sacó la mejor de su roster. Para comprender su trascendencia, basta poner al Monta Ellis de Carlisle frente al Monta Ellis de temporadas anteriores. 

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Carlisle es estricto, obsesivo y milimétricamente detallista. Y dejó de ser demasiado tozudo (rígido) a tiempo, convertido en un excelente gestor (no ya sólo preparador) de partidos. Su reconocimiento es por fin general aunque ha tardado para un tipo que está en el club de los que han sido campeones como jugador y entrenador (once con él) y que tiene un título de Entrenador del Año y un 58% de victorias a lo largo de su carrera. Conoce los códigos de vestuario y tiene las lecciones y las historias que contar de su trabajo junto a Larry Bird o Chuck Daly. Y hay un hecho definitivo: Dallas Mavericks no pierde nunca porque el entrenador del equipo rival supera a Rick Carlisle en la batalla táctica. Casi, casi nunca.

Rivers, Thibodeau, Van Gundy…

Supongo que para muchos Doc Rivers y Tom Thibodeau deberían estar como mínimo por encima de Carlisle. Para mí son tercero y cuarto en la lista, todavía por delante Rivers porque cuando ganaron juntos en los Celtics del big three (Pierce, Garnett y Allen), Thibodeau (mezcla de científico y ermitaño) era el ingeniero defensivo pero Rivers era el capitán general, gestor y capitán de aquel espíritu del ‘ubuntu’ que puso en armonía los egos de unas súper estrellas que entendieron que se necesitaban las unas o las otras. Ambos se enfrentan a un año importante, especialmente un Doc Rivers renovado por los Clippers en cifras desorbitadas (diez millones anuales) para los técnicos de la NBA e incluso para los grandes gurús de la NFL.


Del resto, resulta admirable el trabajo de esa nueva guardia representada por Steve Clifford, Mike Budenholzer, Dwaney Casey o Jeff Hornacek. Y veremos cómo se manejan todos esos hijos de Phil Jackson que se están convirtiendo en la (millonaria) respuesta para muchos equipos: Brian Shaw, Derek Fisher, Steve Kerr. Sólo me parecen fuera de foco Flip Saunders, al que veremos si no le llega tarde este nuevo paso por el banquillo de los Wolves, y Steve Brooks, que sirvió bien a los Thunder en el crecimiento de su poderoso núcleo joven pero que ha parecido desnortado en casi todos los grandes duelos de playoffs, con la excepción de la final del Oeste en 2012, en la que jugó bien al gato y al ratón con Popovich.

Spo

Me gusta que esté de vuelta Stan Van Gundy y me parece que Byron Scott no es un gran entrenador pero sí una buena opción para los actuales (ay) Lakers. Y me gusta Spoelstra, que se puso al frente de los Heat de LeBron, Wade y Bosh con 39 años y acabó forjando un estilo atípico pero ideal para las virtudes de sus estrellas mientras sorteaba, sobre todo después del zarandeo de Carlisle en la final de 2011, rumores sobre la bajada de Pat Riley al banquillo. Ahora tiene 43 años, seis más que el benjamín Brad Stevens, que trata de ordenar el alboroto de los Celtics, donde tiene todavía mucha plancha por delante. Y este año se suma a una guerra de los banquillos especialmente fascinante David Blatt, nada menos que en el ojo del huracán de los nuevos Cavaliers de LeBron, que si quieren ser campeones tendrán que pasar por encima de, entre otros, los viejos Spurs de Popovich, vigente campeón y Entrenador del Año en la NBA. Suerte con eso.