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El espectáculo del doping

ZONA ROJA

Esta es una casa de locos por la NFL desde 2009.

Autor: Mariano Tovar

El espectáculo del doping

Mariano Tovar


La NFL sigue de vacaciones. No hay grandes noticias y tampoco me parece demasiado atractivo lanzarme a adivinar lo que va a hacer cada equipo en la agencia libre. Por eso, y visto el interesante debate que se ha abierto, seguiré escribiendo sobre el tema del doping.

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No pretendo que estos artículos sean ensayos sobre el tema. Simplemente estoy contando mis impresiones y sensaciones. Lamento que algunos salgáis decepcionados de su lectura. No soy ninguna autoridad sobre el tema y tampoco he dicho que lo fuera.

Solo un apunte sobre el artículo anterior. Después de tanta verborrea, yo quería llegar a que, más allá del doping, creo que Armstrong hizo daño al ciclismo por el control férreo y antideportivo que tuvo de todo lo que sucedía dentro del pelotón durante los años en que fue el gran patrón del ciclismo. Ese control iba más allá de una estrategia, porque trascendía a su equipo. Creo que fue una actitud mafiosa que se alargó durante años y que impidió el desarrollo normal de las competiciones en las que él participaba. Campó a sus anchas concediendo dádivas o destruyendo carreras por su capricho o intereses. En su melodramática declaración ante Oprah soltó muchas lágrimas de cucudrulo hablando de doping, pero no hizo mención al otro tema que, en mi opinión, es el auténtico legado dañino de Armstrong al ciclismo. De eso no se arrepiente. En realidad dudo de que se arrepienta de algo.

Durante todo ese período las grandes pruebas por etapas en las que participaba Armstrong eran monótonas y el espectáculo brillaba por su ausencia. Esa sensación de hastío ya la tuve durante toda la etapa de Indurain, pero con Armstrong llegó a límites insoportables. Como aficionado veterano, viví la época en la que primero el Renault de Cyrille Guimard y luego LaVie Claire de Bernard Tapie dominaban el pelotón con el Tejón Hinault y sus lugartenientes (primero Fignon y después Lemond). Hinault ejercía como patrón, pero nunca perjudicó al espectáculo, que en aquellos años fue fabuloso. (¡Grande Gorospe!) Por cierto, en aquellos ‘80 la palabra doping estaba en boca de todos y, como curiosidad, aparecieron los pedales automáticos que en poco tiempo enterraron los viejos rastrales (aún recuero mis primeros Look, regalados por un mecánico del equipo ONCE en 1988).

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Sinceramente, creo que al aficionado medio el doping le importa un pimiento. Hace dos o tres meses escribí un artículo que levantó un gran revuelo en este blog en el que dije que al aficionado de la NFL le importaban muy poco las conmociones de los jugadores. En este caso pienso lo mismo. Cuando un aficionado se sienta a ver una competición deportiva, busca tres cosas fundamentalmente: evadirse de la realidad, divertirse y que gane su equipo. Todos tenemos muchos problemas en nuestras vidas como para preocuparnos de los problemas que pueda haber en el deporte, convertido en válvula de escape.

Creo que la NFL no ha tenido más remedio que meter las manos en el fango de las enfermedades provocadas por la práctica del deporte porque se le han empezado a acumular las demandas. Sin no fuera por ellas, no habría tanta preocupación, ni cambio reglamentario, ni historias. Sonará todo lo inhumano que queráis. Parecerá una conclusión demasiado fría y tal vez muy matizable, pero básicamente es lo que pienso. Creo que en las grandes ligas estadounidenses no interesa ‘menear’ demasiado el asunto del doping. Hay una reglamentación de ‘maquillaje’ que justifica una presunta tolerancia cero, pero todo lo demás es pura hipocresía. No sigo demasiado la MLB pero que no hayan incluido a Barry Bonds en el Salón de la Fama por las sospechas de dopaje o por su declaración ante el Gran Jurado me parece una ridiculez farisea.

Ese es el mismo fariseismo que existió con el ciclismo hasta el año 2004. ¿Y qué sucedió precisamente en aquel año? Algo muy sencillo: el periódico en el que tengo el honor de trabajar publicó un serial que conmocionó al mundo, y en el que un exciclista llamado Jesús Manzano concretaba con detalles escalofriantes una lacra, el doping, que hasta ese momento era algo etéreo de lo que todo el mundo hablaba, pero sin ir al detalle de lo que significaba esa práctica para la salud de un deportista.

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No es porque trabaje en el medio que contó aquella historia, pero siempre he pensado que es la mayor exclusiva deportiva que se ha publicado desde que tengo uso de razón. Estoy seguro de que hubiera ganado el Pulitzer de haber sido publicada en EEUU.

Lo curioso es que tanto el mundo del ciclismo como la mayor parte de los medios de comunicación convirtieron a Manzano en un apestado. Dijeron que mentía por venganza, que era un drogadicto, un putero, que se lo había inventado todo, que él era el único que había hecho cosas así... Fue increíble. Un linchamiento en toda regla. El pelotón profesional estigmatizó nuestra mancheta y al autor del reportaje, que tuvo que dejar de hacer información sobre ciclismo e incluso sufrió amenazas.

El efecto de las declaraciones de Manzano fue demoledor. Todos pudimos ponerle cara a un problema que sabíamos que existía pero no queríamos creer del todo. Aún hoy, nueve años después, hay muchos que no quieren quitarse la venda de los ojos y niegan la mayor. Aunque tampoco me parece lógica la postura de todos los que se sintieron ofendidos y engañados por un deporte al que amaban, cientos de aficionados que dieron la espalda al ciclismo por sus mentiras. ¿De verdad se cayeron del guindo tras las declaraciones de Manzano? ¿Pensaban sinceramente hasta entonces que el ciclismo estaba limpio?

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En 2006 comenzó la Operación Puerto que por fin ha llegado a juicio siete años después, y tras ser archivada en dos ocasiones. Dentro del sumario estaba, por supuesto, todo lo que contó Manzano en las páginas de AS que, curiosamente, se ha ido confirmando en todos sus puntos. Muchos de los que desacreditaron hace nueve años insisten en seguir haciéndolo. Otros, por vergüenza torera, callan. Nadie se disculpa.

Manzano era un ciclista y ahora es jardinero. No era escritor de novelas, ni guionista, ni nada que se le parezca. ¿Cómo pudo alguien pensar que todo aquello que contaba, más propio de una película de terror que del mundo del deporte, podía ser una invención? Me encantaría tener una inventiva así, me haría rico en poco tiempo vendiendo mis historias.

Pero Manzano no solo abrió los ojos al mundo del deporte español. Sus declaraciones fueron una conmoción mundial. Hasta el punto que la apertura del juicio de la Operación Puerto ha sido seguida en sala por 37 medios internacionales. Una barbaridad.

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No sé ni cual será la sentencia del juicio ni sus consecuencias futuras. Sé que aquellas declaraciones de Manzano levantaron una liebre que puso en movimiento una persecución del doping inédita hasta ese momento.

Y no soy optimista. Entre otras cosas por lo que he dicho anteriormente. Al público no le interesa el doping. Lo que quiere es evadirse y divertirse con el deporte. Tener héroes a los que admirar y colores que defender. Yo siempre lo he dicho, la mejor carrera de 100 metros lisos que he visto en mi vida fue la que ganó Ben Johnson en Seúl. Y tampoco me importa que él fuera descalificado. Carl Lewis y Linford Christie tampoco creo que fueran trigo limpio. El espectáculo como tal fue fabuloso y eso es lo que un espectador le pide al deporte. Por otro lado, entre los deportistas no hay un propósito de enmienda.

Así que, tras la borrasca, llegará la calma. Habrá mejores controles y, posiblemente, mejores médicos saltándose las reglas para contentar a equipos y deportistas que quieran buscar nuevos límites. Nos convencerán de que el deporte ya habrá quedado limpio y volveremos a hacer como que nos lo creemos, hasta que llegue un nuevo Manzano que nos ponga delante de los ojos la dura realidad, y nos haga sentir repugnancia durante un tiempo. Mientras los castigos no tengan un efecto disuasorio real, el problema seguirá existiendo.

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Como dije en el primer artículo de esta serie, el uso de anfetamina en el mundo universitario, o de sustancias que mejoren el rendimiento en pruebas no competitivas, es la muestra más palpable de que el ser humano está dispuesto a usar todos los medios a su alcance para llegar más lejos, o convertir una meta en más asequible. Las consecuencias, que por supuesto tienen grados diferentes en cada caso, pasan a un segundo plano. Para que me entendáis, yo he usado chuletas en exámenes, tanto en el colegio como en la universidad. Sé que no está bien y que muchos lo consideraréis vergonzoso, pero me cuesta arrepentirme. Por eso entiendo que un deportista no se arrepienta de haber usado sustancias ilegales. Seguro que tiene argumentos muy de peso para justificarse. Como os decía en el artículo anterior, un profesional deja de ser deportista y se convierte en un trabajador cuyos fines y medios deben ser analizados desde un prisma diferente. Se transforma en algo mucho más complejo que un tipo malo que hace trampas.

No descarto escribir un tercer artículo sobre el tema, si aún no estáis satisfechos, éste os sigue pareciendo deslavazado o surge en el debate un nuevo aspecto en el que merezca incidir, pero antes de terminar si que quiero dejar algunas ideas simples, en frases cortas, para insistir en algún detalle aunque solo sea de pasada.

1.- No creo que sea un problema del ciclismo. El doping quizá sea una lacra, pero aunque su empleo en algunos deportes quizá sí que sea más generalizado, creo que existe en todas las disciplinas y que en ninguna es residual. Creo que en el fútbol ha habido doping. Todos hemos visto equipos con un rendimiento físico increíble durante competiciones concretas. Es verdad que con doping no se mete un gol por la escuadra, pero sí que se corre la banda durante más tiempo y más rápido que el rival.

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2.- El Tourmalet sí que se puede subir solo con agua. Bueno, quizá no en agosto bajo el sol porque con el sudor pierdes sales y si solo bebes agua terminas sufriendo una pájara, pero con una buena bebida energética y la alimentación correcta, se sube lo que haga falta. También se pueden subir diariamente tres o cuatro puertos de gran categoría durante varias jornadas consecutivas. Yo lo he hecho sin doparme y conozco a mucha gente que también lo hace mucho más rápido que yo y sin ayuda médica. Es cuestión de entrenar correctamente según los objetivos que tengas marcados. El doping mejora el rendimiento, reduce el sufrimiento y quizá te permita mantener una velocidad o una cadencia impresionante durante un tiempo desproporcionado, pero no es la puerta hacia el deporte de élite. Cualquier ciclista que compite en el Tour es capaz de hacer ese recorrido sin doparse. Otra cosa es que la media general o el ritmo de subida sean inferiores.

3.- Va a parece que he encendido el ventilador, pero cuanto más hablemos de ciclismo y menos de deporte en general, antes pasará la tormenta y volveremos a ese mundo irreal de fantasía en el que tipos como Barry Bonds coleccionan bases por bolas porque nadie se atreve a buscar strikes, veteranos como Ray Lewis se recuperan de lesiones graves en semanas y los jugadores de la NBA se niegan a pasar controles antes de participar en unos Juegos Olímpicos. El deporte estadounidense posiblemente sea, a día de hoy, el más sucio y el más permisivo.

4.- Criticar a Manzano como persona para desacreditar lo que contó es despreciable. Lo correcto es intentar rebatir lo que contaba. Nadie lo ha podido hacer con credibilidad.

5.- Al 90% de los aficionados no les interesa el tema doping. Quieren divertirse y, por ellos, como si los atletas se comen gallinas enteras y sin pelar. Las escandaleras y conmociones sociales como consecuencia de una muerte, un suicidio, o una lesión provocada por el doping, o por un golpe ilegal, dura para la mayoría lo que se tarda en contar en facebook. Los más preocupados son los aficionados de un equipo que ven cómo las opciones al título se diluyen por esa ausencia.

6.- El mundo real es mucho más crudo que el mundo perfecto. Y lamentablemente eso es extensible al deporte.

mtovarnfl@yahoo.es / twitter: @mtovarnfl