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El valor y la suerte

CAMPO ATRÁS

Un blog para tratar el pasado, presente y futuro del baloncesto tanto nacional como internacional: ACB, ULEB, Euroliga, Eurocup y la NBA.

Autor: Juanma Rubio

El valor y la suerte

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Memphis Grizzlies estiró su suerte hasta el séptimo partido de las semifinales de la Conferencia Oeste. Contra todo pronóstico y casi contra la lógica, por mucho que los playoffs de la NBA y la realidad rara vez guarden una relación de uno a uno. El equipo que peor tiró de tres en una Regular Season que empezó con derrota como las nueve anteriores de la historia, hasta ahora azul-oscuro-casi-negra, de la franquicia en Tennessee. En aquella derrota ante los Hawks no estaba Marc Gasol y se retiró lesionado Randolph. Un inicio nada prometedor de una temporada (8-14) que pareció quebrarse en su tramo tras la grave lesión de Rudy Gay, que renovó por cinco temporada y unos 82 millones de dólares escandalosos para muchos. También se lo parecieron a muchos expertos los 45 que se embolsaría por otro lustro de trabajo el base Mike Conley. Una franquicia, en fin, de tradición disfuncional, acostumbrada a vivir entre la mala suerte, las malas compañías y las malas decisiones pero que ha pasado en apenas un golpe del destino a ser durante unas semanas el equipo de todos. Un destello pasajero gloria o un nuevo inicio: esa es la cuestión.


MemphisRiver CityGrizzliestres 0-4 consecutivosMike HeisleyChris Wallace

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Esos eran los Grizzlies. Los que habían gastado el número 2 del draft de 2009 en los inservibles 221 centímetros de un Thabeet ya traspasado y los que habían intercambiado en la lotería de 2008 a OJ Mayo por Kevin Love. Decisiones cuestionables, decisiones arriesgadas, malas decisiones. En la NBA no hay franquicias malditas sino franquicias que hilvanan, suman y acumulan errores. Memphis (como los Clippers, como los Timberwolves…) era una de ellas, marcada por aquel trade de Pau Gasol que en su día hizo que Popovich hablara de competición manipulada: un ala-pívot de calibre All-Star pero enfrentado ya de forma cruel con su entorno (“Me gusta el baloncesto, no me gusta Pau”, ¿te acuerdas?) a cambio de nada: Javaris Cittenton, Kwame Brown, Aaron Mckie y los derechos de Marc, hermano de Pau y responsable de que ahora aquel traspaso no suene tan endemoniadamente inútil para estos Grizzlies que han saboreado los focos y los flashes, la sonrisa de América para el bueno de la película.

Una película con moraleja feliz pero dirigida e interpretada por el azar si atendemos a las sinceras y casi cínicas palabras del propio Mike HeIsley, un septuagenario que ya ha visto demasiado de lo malo del negocio como para tomárselo tan en serio. Él prometió no llevarse a los Grizzlies de Vancouver poco antes de hacerlo y él estuvo a punto de vender la franquicia hace un lustro. Por eso ahora no quiere recrearse demasiado en historias de redención y milagro. Sabe que podrían volverse contra él: “Todos hemos hecho muchas cosas significativamente mal. Hollins no tenía fe en Tony Allen y le dejó pudrirse en el banquillo en el inicio de la temporada. Teníamos tan poca fe en OJ Mayo que lo queríamos traspasar en febrero por Josh McRoberts y una elección de draft. Yo me he equivocado en muchas cosas. Me equivoqué con Iverson y me equivoqué con Thabeet. Así digo ahora lo mismo que cuando todo va mal: una gran parte de este negocio es pura cuestión de suerte”.

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Pero la suerte sonríe a los valientes, o eso dijo Virgilio y a eso nos agarramos para no creer, y caer en el vértigo, que todo es tan azaroso que poco o nada importan nuestros actos. Así que ahora tenemos que elegir entre ser hombres de ciencia o de fe con estos Grizzlies: diseccionar y cartografiar su éxito arrebatador o simplemente creer en él y en que el deporte puede seguir siendo un productor de sueños a la medida de casi todos nosotros. O quizá haya un poco, o un mucho, de las dos cosas: valor y suerte, azar y audacia, mérito y destino. ¿Por qué no?

El espíritu del 'I Believe'

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El 4 de mayo de 2007 Golden State selló una de las hazañas más sorprendentes y hermosas de la historia en la NBA. Eliminó (4-2) en primera ronda de draft a Dallas. Los Mavericks venían de hacer final (perdida lastimosamente ante Miami) y ganar después 67 partidos. Favoritos al anillo y con Nowitzki como MVP de la temporada. Un gigante para unos Warriors que se colaron (42 victorias) en las eliminatorias por la gatera del octavo puesto y que finalmente propiciaron un vuelco extraordinario a las órdenes de Don Nelson y su Nellie Ball, al que se adaptaban perfectamente los Baron Davis, Stephen Jackson, Matt Barnes, Jason Richardson o Mickael Pietrus. Aquel espíritu, resumido por el ‘I Believe’ que lo resumía como grito de guerra, vigorizó la liga y regresó, contra todo pronóstico, a hombros de estos Grizzlies que se descolgaron al octavo puesto (dicen las malas lenguas) para medirse a unos Spurs a los que laminaron sin piedad (4-2) y con unos niveles de energía que no se recordaban desde un puñado de noches mágicas en la Bahía de San Francisco cuatro años antes: ‘I Believe’.

Aquellos Warriors se desfondaron en segunda ronda ante una realidad que viajaba en la chaqueta de Jerry Sloan y sus Jazz. Memphis tampoco ha llegado esta vez a la final de Conferencia pero sí ha vuelto a hacer historia. De aquel 4-1 que despidió a los de Nelson no ha habido rastro en el 4-3 que ha necesitado Oklahoma City Thunder, candidato por consenso de los partidarios de la sangre fresca, para apartar de su camino a unos osos que vendieron la piel con su última gota de sudor, en el segundo tiempo del séptimo partido de una serie llena de remontadas, prórrogas (tres en el memorable cuarto partido, bisagra de la eliminatoria) y momentos para el recuerdo: instant classic, dicen en América.

Memphis ha sido la Cenicienta a la que todos adoran pero ha sido mucho más: un equipo de baloncesto old school, pura vieja escuela, con una actitud a prueba de bombas, una cohesión cementosa y un juego basado en una pareja de tipos muy grandes y muy duros: Zach Randolph - Marc Gasol. Con eso, una defensa asfixiante sobre las líneas de pase del rival y un sentido colectivo que les convertía en manada en la mejor tradición del baloncesto universitario, los Grizzlies han hecho historia y han acariciado la final del Oeste.

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Y mucha culpa la tiene, claro, Lionel Hollins. Un tipo que ha tenido varios roles en varias épocas de la franquicia, que entre medias pasó por el cuerpo técnico de los Globetrotters y que lleva dos años excelentes como entrenador. Él ha conseguido que se comporte como un equipo un grupo de jugadores que no lo era en absoluto. Ha sacado lo mejor de cada hombre, ha entendido cómo tenía que jugar con el roster del que disponía y ha tendido trampas mortales a tipos tan curtidos (y sabios) como Popovich. Sonriente y despierto, Hollins ha hecho un trabajo magnífico porque los Grizzlies son un equipo con firma de autor, inimaginable en su estilo y formato actual con cualquier otro entrenador. Él ha sabido apostar por jugadores en la encrucijada y ha encontrado fórmulas precisamente cuando perdió a su gran estrella.

Ajuste, lectura, estilo

Porque la lesión de Rudy Gay dejó a los Grizzlies sin su gran amenaza exterior pero les dotó de una rotación con sentido, energía y roles perfectamente compartimentados. El nuevo escenario recuperó a Tony Allen, instrumentalizó al hijo pródigo Battier y sacó petróleo de jugadores como Sam Young. Todos a una hasta el final. Agotó a un equipo con tantos años como los Spurs a golpe de ritmo y lo dinamitó en la zona, donde no quedaba más que la sombra de Duncan y casi nada más (Blair desaparecido, McDyess con el cuentakilómetros bajo mínimos, Splitter sin confianza y Bonner: sólo especialista en el tiro). Si los Grizzlies habían elegido rival a la vista de sus virtudes y carencias habían acertado.

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Pero Hollins supo además mantener a su equipo con cohesión y hambre en segunda ronda. Con un baloncesto excepcional se llevó el primer partido en Oklahoma City apenas 48 horas después de acabar con los Spurs. Remontó un choque imposible en el tercero, llegó al límite de su inferioridad en el épico cuarto (el de las tres prórrogas) y acabó agotado en el séptimo tras un sexto en el que aún pudo Hollins ganar un par de manos a Scott Brooks, en ataque con la titularidad de OJ Mayo para crear una amenaza que abriera espacios a Randolph y en defensa con las ayudas larguísimas de Marc sobre Durant, dejando a Perkins solo dejando del aro. Todo funcionó y Oklahoma City Thunder necesitó siete partidos, mucha paciencia, nervios de acero y todo el talento que acumulan Durant, Westbrook y Harden para pisar por primera vez las finales del Oeste y dejar en la cuneta a un oso vestido de Cenicienta. Una imagen extraña pero vuelvo a recordarlo: la realidad y los playoffs de la NBA no suelen ir en relación de uno a uno.

Lo que ha hecho Memphis ha sido parecer mejor de lo que seguramente es y hacer parecer a sus rivales peores de lo que realmente son. Y eso es lo que hace un buen equipo. Forzar una catarata de pérdidas y aprovecharla para conseguir puntos fáciles. Cerrar su aro y aplicar variantes agotadoras, física y mentalmente, para el contrario. Por eso la grandeza de lo que ha hecho este equipo queda impresa en la intensidad y la energía de sus secundarios (Young, Arthur, Vasquez…) y en los intangibles de Shane Battier, un tipo inteligente que es el paradigma de jugador de equipo, pegamento en el vestuario y en la cancha y autor de algunos triples clave (como en San Antonio: primer partido, comienzo del sueño) o de algunas defensas memorables sobre Kevin Durant, poniendo envergadura y conceptos donde no llegaba la energía inagotable de Tony Allen. El ex celtic Allen: de actor de reparto a protagonista principal por sus defensas a Ginóbili y al propio Durant y por su capacidad para ejercer de catalizador entre la energía que despedía la grada de un irreconocible (para bien) FedEx Forum y la que emanaba de la pista.

Protagonistas: Actores y héroes

Ellos han sido tan protagonistas como un Conley por fin maduro (airoso en duelos contra Parker y Westbrook) y una unidad interior descomunal: Randolph – Gasol, el talento infinito del primero y el juego integral del segundo. Para Marc, a semanas de ser agente libre, estos playoffs han valido unos cuantos ceros en su nuevo contrato: movimientos al poste, tiro de media distancia, rebote, intimidación, lectura de juego, liderazgo, pelea, inteligencia y estricta tutela de una leyenda como Tim Duncan. Generoso y fundamental como bisagra del juego de su equipo, Marc Gasol ha dado un paso adelante definitivo en su status dentro de la gran liga, prueba de ello es que Zach Randolph prácticamente ha exigido su continuidad una vez cerrada la suya propia en 71 millones por cuatro años. Randolph ha pasado de demonio a compañero perfecto, de agitador polémico a líder, de escandalizador a ciudadano ejemplar, perfectamente integrado en una ciudad como Memphis que no parecía hecha para él. Quizá precisamente por eso hemos visto ahora al mejor Randolph, al que hace que sus estadísticas sirvan para que su equipo gane batallas pero también guerras. Sabíamos que su talento era infinito, sabíamos que puede anotar en cualquier circunstancia y coger cualquier rebote. Sabíamos que puede hacer un 20+20 en un día aparentemente discreto. Ahora sabemos también que puede dejar exhibiciones para la historia como la del último cuarto del sexto partido ante los Spurs, en la hora de la verdad. Y con eso que sabemos ahora y todo lo que ya sabíamos, no tenemos ninguna duda: Z-Bo es uno de los mejores ala-pívots y una de las grandes estrellas de la NBA.

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Ahora quedan las cenizas del pequeño bocado de gloria que han saboreado los Grizzlies. Y conviene recordar que la fortuna vende muy caro lo que parece regalar. Ahí está el ejemplo de los propios Warriors post 2007, después del ‘I Believe’. Ahora hay que gestionar la euforia, la felicidad, para convertirla en una ola de pasión que asiente una relación estable entre plantilla y grada. Si Memphis pierde esta oportunidad pueda que no vuelva a haber otra. No tan buena. No para un mercado que no esta en los principales del país ni de una liga con un entorno competitivo cuyo futuro aparece difuminado con lockout a la vista y una primera oferta de la patronal que es una metáfora del hacha de guerra: el salary cap, para empezar, en 45 millones de dólares.

Memphis tiene que tener claro que en estos playoffs 2011 ha rendido por encima de sus posibilidades, en (meritorio) estado de sobreexcitación y tocado por la gracia de los hados del juego en muchos momentos trascendentes. Tiene que entender que tiene una base pero también que hay una diferencia clara en el modus operandi de los que pasan de moda a realidad (Oklahoma City Thunder) y los que van cuesta abajo tras el coro de alabanzas mediáticas de unos playoffs (Hornets, Suns, Nuggets…). A Memphis, y eso puede ser bueno, la realidad le obliga a tomar decisiones que afectan a su backcourt, a su frontcourt y a su concepto de equipo. Tal vez sea mejor así: a la fuerza ahorcan.

El primer zumbido provocado por el excelente ritmo del equipo en trece partidos de playoffs situaba a Rudy Gay fuera. Parecían cuentas limpias: la plantilla encontró un sentido y una rotación sin su gran estrella por contrato y estadísticas, un jugador con tanta capacidad para anotar como incapacidad para leer el juego (el célebre basketball IQ que, por ejemplo, le sobra a Marc). Sin él su equipo ha tenido equilibrio y sentido, una nueva actitud con una defensa real y un ataque inclinado totalmente hacia el interior de la zona. De las crisis surgen oportunidades y una corriente ligeramente oportunista apuntaba a un radiante futuro sin Gay. Heisley ha cerrado todas las vías de rumor: Gay seguirá y contra la tendencia popular apunto que la decisión es correcta y que si uno no se deja deslumbrar por el hermoso brillo de la épica, a Memphis le faltó calidad exterior en su hermosa galopada hasta la frontera misma de la final del Oeste. Rudy Gay es disfuncional, egoísta y poco amigo de explotar en defensa sus indudables facultades físicas. Pero puede ser uno de los mejores anotadores puros de la liga y puede (dejó trazas en el pasado Mundial) readaptar su rol y aprender a jugar para y con sus compañeros. Sólo tiene 24 años. Puede aprender y tiene, es incuestionable, talento para jugar al baloncesto. Memphis tiene que conseguir que Gay aprenda a jugar en este equipo y que este equipo aprenda a jugar con Gay. Puede que el alero haya aprendido en el último mes un par de buenas lecciones viendo a su equipo de traje y desde la orilla del banquillo.

El momento de la verdad, ahora

Si Gay aprende a ser un líder integral y Conley confirma que puede ser en la larga distancia un base serio y perfectamente solvente, las grandes decisiones giran en torno a las apuestas (o no) por un OJ Mayo sentenciado hace no tanto y Shane Battier, que termina contrato. El primero tiene una calidad indiscutible pero diluida y el segundo aporta inteligencia y liderazgo pero puede perder sentido en la rotación con el regreso de Gay. Los Grizzlies necesitan más tiro exterior y quizá Mayo no sea el jugador ideal en el que invertir unas cantidades que Battier tal vez merezca por una cuestión de valores intangibles (espíritu, estilo, filosofía). O tal vez sin uno y sin otro se pueda apostar, con el riesgo que conlleva, por modificar una rotación exterior donde Tony Allen y Rudy Gay debería tener roles perfectamente establecidos.

Dentro, y sin que la continuidad o no de Haddadi le quite el sueño al gran oso americano, la prioridad absoluta tiene que ser la continuidad de Marc Gasol, al que sus 15+11 (y todo lo que no figura en esos guarismos) aseguran, si lo permite el ajetreo negociador (la sombra del lockout, otra vez…) un gran contrato. El pívot español pedirá seis años y pedirá más de 60 millones de dólares. Suponemos. Alguien se los ofrecerá. Suponemos. Pero quizá el equipo del que hace poco parecía que había que salir a la mínima ocasión merezca ahora una oportunidad. Crecer con él, ganar (o intentarlo) con él. Marc personifica lo que Randolph quiere a su lado: un ‘5’ que busca ayudarle a ser mejor y no quitarle protagonismo, que le complementa, le ayuda y suda la gota gorda a su lado.

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Esta puede ser la hora de Memphis Grizzlies. Si se quiere acabar con maldiciones, malos farios y telarañas en las butacas del FedEx Forum, una pista que supo, de repente, sentir el juego, sentir a su equipo y ganar partidos. Lo saben los Spurs y sus 61 victorias. Con los movimientos adecuados y una proyección correcta, Memphis demostrará que merece la suerte de los audaces y jugará para entrar en los playoffs sin tanto sufrimiento y para que su presencia en segunda ronda no sea una sorpresa. Pero que no olvide, y cito a La Rochefoucauld, que los bienes de la fortuna son perecederos. Este es un momento sensiblemente importante para Memphis Grizzlies. Ahora o nunca.