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La hoguera de las vanidades

CAMPO ATRÁS

Un blog para tratar el pasado, presente y futuro del baloncesto tanto nacional como internacional: ACB, ULEB, Euroliga, Eurocup y la NBA.

Autor: Juanma Rubio

La hoguera de las vanidades

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Los Lakers cayeron en el training camp de septiembre en el dulce sueño de threepeat, un letargo del que despertaron empapados en sudor y espantados el domingo 8 de mayo, cuando un demencial 122-86 coronaba un demencial 4-0 ante Dallas Mavericks, tantas veces epítome de inconsistencia y fragilidad psíquica en playoffs, la antítesis de los -suponíamos- expertos y acorazados Lakers. Acaba (demasiado pronto) la temporada y acaba una era. Las preguntas se acumulan y la respuestas son difíciles. Del threepeat (tres títulos seguidos) al rebuild, la reconstrucción postraumática con pocas certezas y nulo margen económico. En L.A., donde esperan semanas de cuchillos largos y un verano demasiado largo (con sombra de lockout: las desgracias nunca vienen solas), queda aferrarse al último mensaje del Phil Jackson, la leyenda zen que se va. Que ya se ha ido:

Los Lakers sobrevivirán y prosperarán

Siempre lo hacen, ¿no es así?


Al azoramiento inicial le sigue la diáfana comprensión acerca de lo que sucedió en el American Airlines Center de Dallas. El 122-86 adverso con el que Lakers confirmaron la barrida (0-4) ante Mavericks en semifinales de la Conferencia Oeste entronca con el 131-92 con el que entregaron el anillo a los Celtics en 2008 o el (maquillado) 100-87 con el que rindieron armas en la final de 2004 en Detroit. Entonces, hace siete años, Phil Jackson ya amenazó que poner pie en tierra. En busca de más paralelismo he recordado y revisado aquella final de hace tres años: 24-20 en el primer cuarto y 34-15 en el segundo: 58-35 al descanso. Esta vez en Dallas: 27-23 y 36-16: 63-39. Con perspectiva, antecedentes y un análisis básico de su lenguaje corporal, era más previsible encontrar a unos Lakers como los del cuarto partido que a un equipo corajudo y capaz de ganar al menos un par de partidos y morir con la misma sensación de fracaso pero con algo más de dignidad.

Todo es más grande en Texas

Todo es más grande en Texas. O eso se dice. Hoy, recién consumada la tragicomedia laker, he desayunado con la referencial pluma de Mark Heisler (L.A. Times) apuntando al cambio del Purple and Gold (púrpura y dorado) por el Purple and Old (púrpura y viejo).El examen de estos Lakers era este: ahora. La Regular Season es un juego de espejos del que todos los análisis salen en cuarentena y la primera ronda de playoffs un trámite visto el rival y las circunstancias. En la primera prueba con fuego real ha quedado claro que los Lakers no no estaban preparados, que los gusanos habían devorado el putrefacto corazón de un campeón sin respuestas, sin cohesión ni ejecución.A finales del siglo XV los fanáticos seguidores del monje Girolamo Savonarola quemaron públicamente en Florencia durante un martes de Carnaval miles de objetos que consideraron pecaminosos, objetos de vanidad: espejos, maquillajes, vestidos lujosos, instrumentos musicales… Esta vez Florencia fue Dallas y el martes de Carnaval un domingo 8 de mayo. Savonarola fue Mark Cuban en una hoguera de vanidades alimentada por el infinito libro de jugadas de Carlisle, la jerarquía de Nowitzki y, en la escenificación final, una lluvia de justicia en forma de triples (20/32) ejecutado por Terry y Stojakovic. Y los vanidosos Lakers ardieron hasta consumirse...

Ahora es fácil caer en la crítica fácil y oportunista con el estilo periodístico que Hemingway comparó con bajar de la colina una vez acabado el combate y disparar a los supervivientes. Como vacuna contra eso entono el mea culpa: yo, como tantos, miraba de reojo y casi con sorna los síntomas de combustión de Lakers en Temporada Regular o sus problemas ante Hornets. Pesaban los hechos de los dos últimos anillos, la insana ciclotimia de un equipo que sólo respondía cuando se veía realmente exigido.Pero no, no y no: esta vez no. La eliminatoria ante Dallas ha sido baño de realidad y, me temo, prueba del carbono 14.

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Los hechos, servidos crudos y sin guarnición

“No sé donde perdimos el instinto, la cohesión que teníamos para superar las adversidades” (Lamar Odom)

El término alemán untergang equivale a hundimiento pero carga con el matiz semántico de la decadencia y el drama. Difícil de traducir pero ideal para potenciar el significado de ‘La decadencia de occidente’ (Der Untergang des Abendlandes) de Splenger o de ‘El Hundimiento’ (Der Untergang), la película de Oliver Hirschbiegel sobre los tormentosos últimos días de Hitler.

Este hundimiento, untergang, de los Lakers en mayo de 2011 sólo se puede explicar desde las perspectivas que siguieron a uno de los veranos más felices y soleados que jamás vivió la franquicia recién conquistado uno de sus anillos más hermosos ante el eterno rival (Celtics) y de la mejor manera (en el séptimo partido y a golpe de orgullo y sangre).

Los Lakers aseguran la continuidad de Phil Jackson y Lamar Odom y se refuerzan con sentido y criterio dentro de las posibilidades económicas que permite la brutal carga salarial que concentran sus estrellas. Kobe había vuelto a ser el gran capo de la liga en la hora de la verdad, Artest se había mostrado instrumental en aquello para lo que fue contratado con sus marcajes a Durant, Richardson o Pierce, y el juego interior Bynum-Gasol había reiterado que no tiene par en el ritmo lento y el juego de desgaste, intimidación y rebote que concentran las eliminatorias por el título. Incluso con los problemas de rodilla del primero y gracias a la explosión del segundo, reconocido ya como un jugador capital y reinventado como gladiador ante el rival que le había señalado dos años antes. Rozando el MVP de las finales con sus 19 puntos y 18 rebotes del séptimo partido y tras un verano feliz y largo (ausencia del Mundial de Turquía), las cosas pintaban óptimas para Lakers. Y para Pau Gasol.

Llegada la competición sólo hemos vislumbrado en dos momentos al poderoso bicampeón que imaginábamos. El primero fue en el arranque de temporada con Bynum lesionado pero con una ejecución imperial: 13-2 con Gasol a ritmo de MVP, Bryant dosificado y sobrado y una aportación pulsante de un banquillo revitalizado con las entonces llamadas “Killer B’s”, las bes asesinas: Blake, Brown, Barnes. El segundo y último llegó tras el All-Star y esta vez con Bynum como piedra angular y la defensa como axioma: 17-1 sin más derrota que una muy ajustada en Miami y triunfos admonitorios (otra vez: pensábamos) en San Antonio, Dallas, Portland o Boston. Entonces, con el primer puesto de la Regular Season milagrosamente a tiro, llegaron cinco derrotas seguidas que ponían en solfa la verdadera capacitación física y psíquica del equipo, la habitual letanía de que llegados los playoffs sumaría derrotas y críticas… hasta la victoria final. Así fue en 2009 y 2010. No en 2011. Dallas Mavericks, un equipo señalado por su desastre en la final de 2006 y su desintegración en primera ronda de 2007, un equipo que parecía víctima propiciatoria por su fragilidad competitiva y un estilo de juego que no parecía el más adecuado para cruzar armas a siete partidos con los Lakers (y factor cancha californiano). Dallas Mavericks, ese equipo, ejecutó finalmente a un campeón podrido que ya no pudo disimular más. El 0-2 en Los Angeles era definitivo. La derrota inexplicable del primer partido también, como la falta de instinto y capacidad en el final del tercero, el que valía el billete de vuelta a la eliminatoria y un partido que los Lakers no habrían perdido ni hace doce meses ni hace veinticuatro.

El adiós incorrecto de una leyenda

Demasiadas tensiones. Este era un reto al que no nos podíamos enfrentar” (Phil Jackson)

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El122-86 rematado con feas expulsiones de Odom y Bynum fue una muerte horrible pero justa para los Lakers y un final horrible y seguramente injusto para Phil Jackson, su primer 0-4 en playoffs, un tenebroso partido, último y número 1.973 de una carrera de dos décadas y once anillos. Phil Jackson, seguramente el mejor entrenador de todos los tiempos, merecía otro final aunque eso no le libre de su dosis de culpa: la sensación de hastío, la pérdida de control del vestuario, la lucha cada vez más laxa contra las adversidades. No me extenderé porque el Maestro Zen merece un artículo aparte (y mi máxima admiración) en su hora del adiós pero recuerdo a los ventajistas que hace once meses se abrían botellas de champán por su continuidad y que ni los Lakers ni el baloncesto serían lo mismo sin él. Ni Jordan, ni Bryant, ni Shaquille, ni Gasol… Phil Jackson ha cambiado el juego y deja un rastro de éxitos arrebatadores, partidos maravillosos, técnicas revolucionarias y un poso filosófico y sarcástico sin en el que la NBA será un lugar peor y, sin ninguna duda, más aburrido.

Estrellas en la tierra

Tengo que aprender que lo que ocurre fuera de la pista tiene que mantenerse fuera de ella cuando sales a jugar” (Pau Gasol)

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Kobe Bryant va a cumplir 33 años y sus piernas acumulan más de 1300 partidos y más de 48000 minutos de juego. Ha ganado los dos últimos anillos con un dedo reto y una letanía de problemas de tobillo y espalda. Sigue siendo un jugador maravilloso y quedará, aunque más admirado que querido por muchos, como uno de los grandes de la historia. Pero ha estado por debajo de sus posibilidades como anotador, como ejecutor, como facilitador y como líder. O quizá sus posibilidades eran mucho más humanas esta vez, menos explosivo en defensa y en ataque y con menos veneno: falló el tiro decisivo del primer partido y tuvo actuaciones mundanas (17 puntos por noche) en los dos partidos de Dallas, camino del matadero. Pero un Kobe Bryant menor o un Andrew Bynum disminuido por Chandler y Haywood no ocultan el estrepitoso fracaso que los playoffs 2011 han supuesto también (y en cierto modo muy especialmente) para Pau Gasol.

Y este es un asunto fundamental porque seguramente la nula aportación de Gasol explica parte de los problemas ofensivos de Kobe Bryant y del sufrimiento defensivo de Andrew Bynum. No se trata de hacerle cargar con la culpa sino de valorarle en función de su trascendencia. Gasol es un enorme jugador de baloncesto, crucial para estos Lakers. La prueba de su valor la establece la comparativa de su rendimiento en las eliminatorias de 2009 y 2010 (años de anillo) con su despliegue en la final de 2008 o en los recién terminados (para él) playoffs. Y sé que el asunto es peliagudo por la tendencia que existe en la prensa española a caer en un proteccionismo patriótico que muchas veces no beneficia a unas estrellas que ni reclaman ni necesitan ese trato.

Defender a Gasol de forma ciega (Santiago y cierra España) supone cuestionar grandeza como jugador. Y esto es tan cierto como que desde el otro lado del Atlántico no siempre se le ha hecho justicia y muchas veces ha sido excesivo e injusto (aunque no siempre inverosímil) el sambenito de blando (Gasoft); O que esta vez se ha rebasado la frontera que separa al periodista del paparazzi con el zumbido amarillista que aireaba una supuesta ruptura sentimental provocada por la injerencia de Vanessa, esposa de Kobe Bryant, con el consiguiente distanciamiento entre escolta y ala-pívot, los dos pilares del y (por enésima vez: pensábamos) mejor equipo de la NBA. Todo eso es cierto y denunciable pero es circunstancia, jamás excusa, y peaje, seguramente injusto, de jugar en los Lakers, ser bicampeón y ganar 19 millones de dólares al año. En lugar de (o además de) atacar la mala praxis (que la ha habido) de los medios estadounidenses, deberíamos usar el reflejo de lo que nos resulta tan poco edificante para analizar el estado actual de nuestra prensa deportiva. Y no deberíamos, por el mismo principio, haber hecho tanta chanza de la tonelada de escombros mediáticos vertidos con total desmesura (y mayor o menor justificación, otra vez) sobre LeBron James en los últimos diez meses.

Aclarado que de Pau se han dicho cosas estúpidas, excesivas, sensacionalistas y en cierta medida injustas, conviene recordar que también se han hecho críticas constructivas, objetivas y perfectamente válidas. Y aclaro que criticar ahora a Pau Gasol no es muestra de desprecio sino todo lo contrario: la decepción es tan grande porque las expectativas eran tan grandes. Pero Gasol ha sido transparente en playoffs, incapaz de superar a rivales minúsculos (por tamaño y envergadura) como Carl Landry o de minimizar en lo posible a Nowitzki en el duelo europeo que acaparaba los focos en segunda ronda. Ha jugado menos que en los tres años anteriores (35’8 minutos por partido) y ha obtenido sus peores medias en puntos (13’1), rebotes (7’8) y tapones (1’7). Ha tirado peor que nunca (42%) y ha multiplicado su número de faltas personales. Su lenguaje corporal nunca ha sido bueno desde su embarazoso arranque de playoffs ante los Hornets (8 puntos, 6 rebotes, 2/9 en tiros).

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Más allá de los números ha parecido agotado y descentrado, sin la inteligencia que le caracteriza, sin frescura mental y sin espíritu combativo. Desconectado. Quizá le haya pesado la acumulación de minutosen el arranque de curso por la baja de Bynum. Quizá haya (o no) problemas extradeportivos. El hecho es que Gasol no ha respondido a nivel ni de su calidad ni de su contrato ni de las prestaciones a las que sabemos que puede llegar. Un momento horrible para un jugador extraordinario que debe asumir su parte de culpa y prepararse para lo que le espera en las próximas semanas con su nombre en el centro de las críticas y seguramente como vórtice de la rumorología de trades que acompaña a la decepción y a los tambores de reconstrucción.

Los factores que no existieron

Quizá Dios pueda ganar diez anillos consecutivos pero yo no soy Dios” (Ron Artest)

Jackson, Kobe, Gasol y Bynum son los cuatro puntos cardinales,claves del éxito pasado y por lo tanto puntas de lanza del fracaso actual. Pero el hundimiento integral (Untergang) de estos Lakers lo abarca todo: desde los despachos al cuerpo médico y por supuesto al resto del roster. Derek Fisher (camino de los 37 años), espíritu y bisagra en cinco anillos, ya no tiene gasolina ni para su puñado de canastas imprescindibles de cada playoff victorioso y Lamar Odom ha mostrado su peor registro, el que separa de la condición de mega estrella a un jugador tan lleno de talento. Elegido Mejor Sexto Hombre y enredado en el show business (reality-show, marca de colonia...) con su esposa y celebrity Khloe Kardashian, el neoyorquino ha pasado de puntillas por unos playoffs que también retratan a Artest, perdido en el tiro y de difícil justificación sin caza mayor a la vista (Durant, Pierce…), y desde luego a una segunda unidad en la que Brown ha ido de mucho a casi nada y a la que Blake y Barnes no han aportado en lo que se daba por hecho: actitud, defensa, solidez, tiros desde las esquinas. La rotación no ha mejorado, y como hecho es dramático, a aquella de supervivencia que conformaban los Farmar, Vujacic o Powell con el maltrecho Walton.

El futuro como oportunidad o como quimera

Volveremos, el Doctor Buss sabe cómo arreglar las cosas” (leído en la cuenta de Twitter de Jeanie Buss, ejecutiva de los Lakers, hija del dueño Jerry Buss y pareja sentimental de Phil Jackson desde 2001)

Anillaco

El futuro es oscuro en L.A. Es un hecho tan cierto como que los Lakers ya han pasado, es obvio, por otros procesos traumáticos de reconstrucción. Así es para cualquier franquicia grande y así es para cualquier equipo hecho para triunfar en el corto plazo. La pelota está en el tejado del dueño Jerry Buss y en manos del General Manager Mitch Kupchak. Buss ya ha pasado antes por circunstancias como esta y su valía será otra vez puesta a prueba porque tendrá que rehacer un equipo sin Phil Jackson, con desorbitados contratos de jugadores entrados en años, sin elecciones de primera ronda de draft y sin apenas margen salarial ni demasiadas opciones suculentas de trade por todo lo citado y por la sombra ominosa del lockout y las negociaciones entre patronal y jugadores que abocetan cualquier cosa menos un verano cómodo para hacer y deshacer desde las oficinas.

Los Lakers están hipotecados con el payroll más alto de toda la liga (más de 91 millones de dólares) por delante de… Dallas Mavericks. Kobe tiene tres años de contrato y más de 83 millones de dólares por cobrar, Gasol otros tres años y 57 millones, Artest tres y más de 21, Odom dos y 17. Los contratos de jugadores como Blake y Walton tienen más de 23 millones pendientes. Hablamos en todos los casos de jugadores (hasta ocho en la plantilla) por encima de la treintena. Andrew Bynum (23 años) tiene garantizados casi 30 millones en los dos próximos años.

La principal cuestión, ya en marcha, es la sucesión en el banquillo. Sin Phil Jackson la línea continuista (el triángulo ofensivo de Tex Winter) pasa por su ayudante Brian Shaw, a priori opción de consenso ahora difuminada por los hechos de las dos últimas semanas. En la misma línea pero más improbable circula Kurt Rambis, al que se le escurren entre los dedos los Timberwolves. Abrir otra vía y pensar en entrenadores de primer nivel y personalidad fuerte, un cambio radical, supone replantear totalmente la estructura de un roster pensado para ejecutar el triángulo ofensivo, puentear posibles vetos del vestuario (de Kobe Bryant) y contratar con urgencia un playmaker porque hay dos tipos de base: los idóneos para jugar con los sistemas de Phil Jackson y todos los demás.Pero es pura fantasía especular con unos Lakers bajo el mando de un entrenador como Doc Rivers (o similar) del mismo modo que pasó el momento de Byron Scott, bien colocado hasta que aceptó la oferta de los Cavaliers.

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Sin opciones vía draft, con poco margen salarial y un cierre patronal en ciernes, las cosas no pintan bien en Los Angeles. Recontruir vía trade tampoco será fácil porque la ecuación contratos/edades/valoración actual en mercado deja malparada a buena parte de la plantilla. Es el caso de Ron Artest (31 años), por ejemplo. La salida de Kobe Bryant es ahora mismo una posibilidad irreal e impopular por aclamación mientras que seguramente la reflexión más peliaguda se centra en Andrew Bynum. El pívot tiene potencial y capacidad para ser el verdadero líder de futuro de la franquicia y en plena forma parece el mejor ‘5’ de la competición por detrás de Dwight Howard. Pero tiene un historial de lesiones de rodilla que le convierte (124 partidos ausente en las últimas cuatro Regular Seasons) en un riesgo máximo, gobernador de la liga en las canchas o hipoteca plúmbea en las oficinas. Las dudas con Bynum ponen en cuarentena el interés por el propio Dwight Howard (futuro gran animador de la rumorología de mercado) y refuerzan la teoría de que Pau Gasol o un Odom más manejable a nivel contractual son las bazas hacia las que apuntan todas las cábalas de mercado.

La verdadera cuestión, aunque Magic Johnson (“nunca he visto a esta franquicia jugar tan mal en un momento de necesidad”) ya tenga una respuesta clara y negativa al respecto, es si hace falta matizar y refrescar o derribar y reconstruir. Ahora lo más fácil es optar por un tremendismo improbable en el mundo real y tal vez innecesario. Quizá a este equipo con algún arreglo le quede un asalto más, un último desafío en las piernas ahora que ha recibido una cura de humildad de dimensiones épicas. O quizá todo se haya roto (las energías, la química, el deseo: todo) Y sin nada y sin Phil Jackson haya llegado la hora de asumir una travesía por el desierto contra la que una franquicia como Los Angeles Lakers tendrá que rebelarse cuanto antes. Las decisiones llegarán este verano y las primeras respuestas el próximo otoño, siempre con permiso de la alargada y malhadada sombra del lockout que se cierne sobre esta liga en la que veintidós equipos reconocen abiertamente que pierden dinero.

Estoy avergonzado. Puedo asegurar que esto ha sido humillante” (Lamar Odom)
Va a ser un verano laaaaaaaaaaaaargo” (Ron Artest)