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Lo más importante es creérselo

ZONA ROJA

Esta es una casa de locos por la NFL desde 2009.

Autor: Mariano Tovar

Lo más importante es creérselo


Me ha dado a mí por hablar sobre la fe esta semana. Pero esta vez no voy a centrarme de un personaje en particular. Voy a hablar de equipos. El tema me vino a la cabeza cuando el otro día debatía con Andrea Zanoni sobre los Eagles. Yo le decía que a mí me parecían un equipo que podría aspirar a todo independientemente de Vick. Andrea me respondió que era verdad, pero que sin Vick los Eagles no serían, ni de broma, líderes de su división.

Vick


Pero yo quiero insistir en mi argumento, añadiendo el factor Vick desde un aspecto diferente. Lo más importante que el QB ha aportado a su equipo ha sido la fe. Ahora los Eagles están convencidos de que pueden ganar el anillo.

Este blog está presidido, desde hace algún tiempo, por una frase de Vince Lombradi que me parece magnífica (y por eso la he puesto, claro): “Las batallas no siempre las gana el más fuerte, o el más veloz, tarde o temprano el hombre que triunfa es aquel que cree que puede triunfar”. Así que, al final, un equipo ganador no es el que está formado por los mejores jugadores. El secreto es que la plantilla crea en si misma.

En la NFL hay equipos que han convertido el párrafo anterior en una filosofía. El mayor ejemplo son los Steelers. Es raro el año en que no son aspirantes, y más raro aún el partido en el que no luchan con una fiereza inusitada, hasta el último aliento, aunque el marcador no les favorezca. Es como si cada jugador que firma por los Señores del Acero aceptara una cláusula de fe infinita en sus colores. Y no penséis que su plantilla es siempre maravillosa. En muchas ocasiones tienen equipos horrorosos que, a pesar de todo, rinden muy por encima de sus posibilidades. Recordad que en esta década ganaron una Super Bowl a pesar de que su línea ofensiva era un auténtico desastre. La fuerza del grupo y la fe en la victoria les hicieron sobreponerse a una de las carencias más graves que puede tener un conjunto.

Payton


Algo muy similar sucede con los Bears. A mí siempre me pareció increíble que consiguieran llegar a la Super Bowl con Grossman como QB. Y no le justifiquéis, en esa temporada jugó igual de mal que siempre. Pero el espíritu de la franquicia les inspira para que cada jugador rinda por encima de sus posibilidades… menos Grossman, claro, pero es que hay cosas imposibles.

También hay equipos con el problema contrario. Un ejemplo curioso son los Cardinals. El equipo de Arizona es el más antiguo de la NFL, con muchos más años de historia que los Packers, el segundo del ranking histórico. El equipo nació en Chicago y durante los años previos a la II Guerra Mundial era el dominante de la competición. Pero poco a poco fue perdiendo fuelle para convertirse en el eterno perdedor. El peor conjunto de la NFL año tras año. Incluso fue el equipo elegido para ubicar al protagonista de la famosa ‘Jerry Maguire’. Era el equipo ideal para la película. No le caía mal a nadie… porque no le ganaba a nadie. En realidad todo el mundo siente simpatía por los perdedores. Cuando ficharon a Whisenhunt, por entonces coordinador ofensivo de los Steelers, el propietario confesó que lo había elegido, entre otros aspirantes, para que llevara a Arizona el espíritu competitivo de los Steelers. Lo que más pesó en la elección no fue su talento táctico, sino su capacidad para llevar a los Cardinals la mentalidad de Pittsburgh. Lo curioso es que no fue directamente Whisenhunt, sino Kurt Warner, el que obró el milagro. Un jugador con alma ganadora fue capaz de arrastrar a todo un vestuario hacia una catarsis de fe. Una auténtica conversión en masa. Porque no me negaréis que la defensa de los Cardinals era igual de mala con Warner que sin Warner, pero con él, el equipo ganaba. Jubilado el incentivo, se terminó la fiesta. Los de Arizona vuelven a ser unos ‘onenights’. Whisenhunt no era el estímulo.

Otro ejemplo claro de equipo eternamente perdedor son los Chargers. Sus últimos años son un claro ejemplo de ello. Eternamente favoritos, en una división débil que casi les asegura una plaza en postemporada, y con un conjunto lleno, casi siempre, de grandísimos jugadores. Sólo recuerdo una tarde en el que los de San Diego me parecieron un equipo de raza de verdad. Fue en un Colts-Chargers, durante los playoff de 2007. San Diego se impuso a los Colts en Indianapolis, con todo el equipo lesionado. Rivers se encaró con la afición de los Colts, en el preciso instante en que, para mí, dejó de ser ese jugador timorato que no paraba de llevarse broncas de Tomlinson y se transformó en el líder que es hoy en día. En la siguiente eliminatoria, frente a los Patriots, comenzaron con el mismo espíritu, a pesar de que todas sus estrellas estaban tocadas o lesionadas, pero terminaron por sucumbir a su maldición perdedora.

 

Y para qué os voy a hablar de la tradición de los Bengals. Un equipo especializado en la autodestrucción. El último refugio para los que nadie quiere. Y que conste que el culpable no fue Montana con aquella remontada memorable. Ellos ya eran así.

El ejemplo máximo de la sugestión lo llevamos viviendo muchos años en Indianapolis. El equipo es una secta que sigue ciegamente a su dios. Manning es un faro que ilumina todo lo que toca y convierte en bueno incluso al peor jugador posible. Los Colts llevan muchos años siendo contendientes, y en ocasiones han estado muy bien armados, pero también ha sido habitual que su plantilla rindiera muy, muy, muy por encima de sus posibilidades. Pero no podemos olvidar que los Colts han sido, tradicionalmente, un equipo perdedor y que, salvo milagro, volverán a serlo cuando se retire el genio. No son un caso aislado en la historia. Algunos os sorprenderá lo que os voy a contar, pero los 49ers eran un equipo del montón hasta que llegó Bill Walsh con su west coast offense y Joe Montana se convirtió en su QB. Se mantuvieron en la élite hasta la retirada de Young pero, desde entonces, han vuelto a ser el equipo vulgar de siempre.

Porque el estigma de perdedor no se quita así como así. Los Patriots también han sido una franquicia abonada al fracaso durante muchos años. Eterno aspirante y eterno desencanto, algo muy parecido a lo que sucedía con los Broncos hasta la llegada de Terrell Davis (comprobad que no digo “hasta la llegada de John Elway”). Parece que los Patriots llevan una década siendo máquinas invencibles e indomables, pero la realidad es que todos nosotros les hemos visto flojear y rendirse. Su moral es más frágil de lo que parece, y pudimos comprobarlo en la wild card del año pasado. ¿Imagináis a los Steelers rindiéndose de una forma tan miserable como lo hicieron los de Belichick ante los Ravens?

Hay otro tipo de equipos ganadores. Son las grandes franquicias de toda la vida. Equipos que notaron el golpe del límite salarial. Hasta entonces siempre habían estado en la cima pero ahora necesitan apelar a su historia de éxitos para seguir en la elite. Cowboys, Giants, Redskins o Packers (estos últimos nunca han sido ricos, pero sí grandes) están en ese grupo. Aquí los jugadores sufren el peso del pasado. En estas franquicias la cuestión no es la fe, sino de responsabilidad histórica. Cada individuo sufre la presión de los fantasmas y los anillos, el miedo a fracasar en un grande. Son equipos con altibajos, sin la mentalidad indomable de los Steelers, pero que cíclicamente resurgen para volver a la cima y con los que casi siempre hay que contar.

Watters


Pero los Eagles son una raza curiosa. Su historial no es, precisamente, exitoso. Podrían incluirse en ese club de los eternos aspirantes fracasados del que consiguieron salir Patriots o Broncos pero en el que siguen enterrados, por ejemplo, los Vikings. Los Eagles fueron muy grandes en la postguerra, pero desde entonces se han movido erráticos, siempre a la sombra de equipos como los Cowboys, Redskins o Giants, auténticos dominadores alternativos de la división históricamente más dura de la NFL. En realidad, los Eagles vivían en una guerra anual con San Louis, que durante muchísimos años fue el quinto miembro de su división, por ser el mejor de los peores.

Pero los Eagles, a base de palos, lucharon contra los tres grandes en inferioridad de condiciones, desarrollando un espíritu luchador irreductible. La misma mentalidad que reina en Pittsburgh pero aplicada a un equipo sin corona. Su última década de éxitos tiene el nombre propio de McNabb, pero en el fondo se cimentaba en su eterna agresividad memorable, tanto en defensa como en ataque.

Por eso, con ese fondo batallador siempre presente, los jugadores de los Eagles no necesitan que les empujen demasiado para dar un paso adelante. Es propio de la franquicia sobreponerse a la adversidad para plantar cara a equipos superiores a base de fe y lucha.

Y Vick, más allá de sus carreras y de su recién descubierta faceta de pasador letal, ha sido el que ha prendido la mecha de la fe. El que ha conseguido que los Eagles se redescubrieran a si mismos. Con Vick en el campo los de Philadelphia no son un grupo al servicio de un jugador, son un ejército con fe en sus colores, en su fuerza, en la lucha incansable del que no tiene nada que perder. No se si ha llegado el momento de que el ‘Fly Eagles Fly’ impere en la NFL, pero sí que sueño con que los viejos Eagles, los que a mí me gustaban, vuelvan a ser un equipo indomable, con fe en su grandeza.

Tal vez ese sea el mayor logro de Vick.

mtovarnfl@yahoo.es