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Un campeón, tres héroes

Ciclismo | Vuelta a España | 20ª etapa

Un campeón, tres héroes

Un campeón, tres héroes

Purito atacó en la Bola del Mundo y provocó que Contador sufriera hasta el final. Valverde se rehizo y conservó el segundo puesto. La etapa, de Menchov

Tres semanas y tres ciclistas, cada tarde. Invitados al café, ocupas del salón. Contador, Valverde y Purito. Hay familia a la que vemos menos. Cuando hoy nos abandonen recuperaremos la siesta y perderemos todo lo demás. Su aventura ha sido la telenovela de La 1. Correr en tiempos revueltos. Un relato de guerra y amistad localizado, preferentemente, en el norte de España. Un recorrido por miradores, atalayas y puestos de vigía que terminó, como no podía ser de otra manera, en la Bola del Mundo. Allí se coronó Contador, engrandecido por el último ataque de sus íntimos rivales, ya no quedan amigos como esos.

Acostumbrados a lo imposible, admito que esperábamos más de la etapa de ayer, como si las hazañas que ocurren cada treinta años pudieran repetirse cada cinco días. El problema es únicamente nuestro. No hay buenas ideas sin buenas piernas. Ni se puede exigir valor a quien no tiene aliento. Igualados hasta el límite en las fuerzas (en su absoluta escasez), Contador, Valverde y Purito se jugaron la bala final en la última ascensión de la penúltima etapa, la vigésima de la Vuelta a España, la décima con un final en alto.

No ocurrió nada con influencia en la clasificación, nada palpable. Sin embargo, lo invisible fue soberbio. El ataque de Purito a dos kilómetros de la cumbre le permitió escalar por delante de los favoritos y recibir los gritos que merecía escuchar en persona, las gracias, el nunca cambies. Contador aprovechó la tesitura para sufrir a conciencia y aceptar su nueva condición de campeón despeinado; ser héroe se ha puesto caro. Valverde, entretanto, continuó superando sus límites y tras domar la Bola del Mundo sólo le quedará el arcoíris en el Mundial de Valkenburg.

Ideal.

Fue corto, pero intenso. Y no pudo ser de otra manera. Habría resultado más hermoso que el premio de Purito hubiera sido la victoria de etapa. El consuelo, mayor o menor, es que la ganó su compañero Menchov, navarruso de Pamplona. Hubiera resultado más espectacular sin el minuto perdido por Valverde camino de Valdezcaray. No obstante, la rabia por aquella frustración es lo que le ha conducido hasta el segundo puesto.

La conclusión es que no ha podido ser mejor. Si Contador es el novio de España, Purito es el bebé adoptado y Valverde el galán que acecha. Cada uno tiene su público y su legión de abuelas. Tan valiosa ha sido su combatividad como su elegancia en la derrota. Es curioso: muchos días apetecía tanto oírlos explicarse como verlos correr.

Se decía que la Vuelta, para mantener el interés, necesitaba de un feroz adversario extranjero. Probablemente, ya no se dirá más. Froome, llamado a aterrorizarnos las sobremesas, desapareció a las dos semanas, harto de escalar muros y espantar avispas; están locos estos hispanos.

No decayó el interés. Purito, Contador y Valverde nos animaron cada tarde con ayuda del trazado más deliciosamente perverso que se recuerda. Cualquier ganador nos hubiera satisfecho y cualquier derrotado nos habría inspirado la misma ternura. Suerte que no los hay. Ganaron tres y vencimos todos. Incluido el ciclismo.