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El chasco de los Pelicans: las dudas de Zion, las sombras de Lonzo...

Uno de los equipos con más hype a las puertas de la temporada se hunde sin remisión mientras acumula derrotas y espera el debut de su nueva estrella.

El chasco de los Pelicans: las dudas de Zion, las sombras de Lonzo...
Chris Graythen AFP

New Orleans Pelicans es una franquicia débil, que no ha sido bendecida con la salud de hierro de los clásicos de la NBA ni con la efervescencia de los mercados donde no hay otros referentes en el deporte profesional (en este caso los intocables Saints) o universitario (los Tigers de LSU). El apoyo social es difuso en Luisiana, la asistencia al Smoothie King Center solo necesita un pequeño soplo de viento en contra para hundirse, casi siempre entre las cinco peores de la NBA y en una comparación atroz, como hecho social, con lo que se genera en el Superdome, a solo una pasarela de distancia, cada vez que juegan los Saints.

En el draft de 2012, cuando todavía eran Hornets, a la franquicia de NOLA le cayó un número 1 que era más que un gordo de la lotería. Ese billete, ganado por su 21-45 de la temporada anterior (año de lockout), valía el derecho de draftear a Anthony Davis, un proyecto de jugador generacional que jugó como tal casi desde su primer partido en la NBA. Y que se fue a los Lakers el pasado verano después de un amargo final en el que él tensó demasiado la cuerda, los Pelicans entraron en histeria y la NBA se agitó con ese escrutinio desquiciado que sigue a la franquicia angelina. Después del jaleo, tremendo, quedó un lánguido final de ciclo: Davis había sido seis veces all star pero se iba con apenas tres series de playoffs jugadas con su primer equipo NBA. Solo una ganada, dos perdidas por un 1-8 total. Cinco partidos de eliminatoria ganados en siete años.

El panorama, polémicas y debates al margen, pasaba a ser desolador para una franquicia señalada por su escasa solidez social, un futuro que algunos empezaban a ver en Seattle y una gestión tacaña de la familia Benson, a la que se acusaba de dirigir con un ojo (y casi todo el capital económico) puesto en la joya de su corona: los Saints, otra vez. Sin embargo, la reacción de la propietaria, Gayle Benson, fue modélica, rápida y con la energía que parecía que ya no le quedaba a nadie en los Pelicans. Su mensaje fue claro: había futuro en el baloncesto profesional de Nueva Orleans, había futuro más allá de Anthony Davis. Y este empezó con David Griffin, sacado del ostracismo cuando ya había recargado las pilas tras agotarlas en la construcción y gestión (procesos complejísimos) de los Cavaliers de la segunda etapa de LeBron James. Los campeones de 2016. El fichaje de, seguramente, el directivo más reputado de los que había en el mercado no solo envió un mensaje de optimismo y apuesta de futuro sino que pronto dio réditos. Griffin, manos a la obra, reforzó unos despachos que se llenaron de nombramientos estratégicos, incluido un equipo médico muy criticado en los últimos años. Griffin enfrió ánimos e hizo ver a Nueva Orleans que, líos y orgullo al margen, la oferta de los Lakers era la mejor por Davis. El negocio es el negocio. Captó talento en todos los estratos, con golpes de efecto como la llegada al organigrama técnico del gurú defensivo Jeff Bzdelik, responsable de la transformación defensiva que casi hizo campeones a los Rockets 2017-18. Y operó, finalmente, para hacer la transición deportiva a la era post Davis de la mejor manera posible.

Los Pelicans, de pronto, se vieron con un buen equilibrio entre veteranos que hubiera querido cualquier aspirante al anillo (Jrue Holiday, JJ Redick, Derrick Favors), el lote recibido de los Lakers (Lonzo Ball, Brandon Ingram, Josh Hart) y, como núcleo estratégico, un draft del que Griffin sacó los números 17 (Nickeil Alexander-Walker), 8 (Jaxson Hayes) y, claro, 1. Con solo un 6% de opciones y con seis franquicias por delante en probabilidades, a los Pelicans les cayó el derecho de seleccionar al jugador más esperado y más mediático desde, seguramente, LeBron James: Zion Williamson.

De la tierra quemada a equipo con más hype

Un golpe de suerte que parecía confirmar que, efectivamente, el viento soplaba a favor en lo que no mucho antes parecía pura y dura tierra quemada. Zion ponía a los Pelicans en el mapa del deporte mundial. La franquicia cambió épocas sin transición, de la era Davis a la era Zion, entraba en quinielas para los playoffs y tenía esa bendición mediática que, bien gestionada, levanta imperios improbables en el deporte USA. Los Pelicans, algo que hubiera sonado a broma pesada en el cierre de la temproada 2018-19, tenían hueco en la jornada inaugural (primer partido, el de la entrega de anillos a los Raptors), en la de Navidad (en Denver) y contaba hasta con 30 partidos de televisión nacional. Eso significaba, más que cualquier otra cosa, la era Zion.

Hoy es 8 de diciembre y la temporada NBA no ha cumplido dos meses pero los equiipos ya han cubierto un cuarto de su camino en Regular Season. Y los Pelicans están 6-17, acaban de perder por la mayor diferencia de su historia (130-84 en Dallas en un partido que estaba 104-66 al final del tercer cuarto) para enlazar su octava derrota seguida. Solo Cavaliers, Knicks y los Warriors en barbecho tienen peor balance que ellos. Su diferencial de puntos es el séptimo peor de la liga (-7), su ataque es mediocre (18º por rating ofensivo), su defensa la segunda peor de la NBA (114,5 en el defensivo), las gradas del Smoothie King Center tienen cada vez más calvas y la liga, en caída constante en sus audiencias televisivas, replantea su calendario de retransmisiones de los de Luisiana (como ha hecho con los Warriors sin Curry ni Klay). Y, claro, Zion Williamson sigue sin debutar oficialemente como jugador NBA.

A los Pelicans les ha salido prácticamente todo mal, pero desde luego sus males (deportivos y climáticos) se centran en Zion y una ausencia estruendosa que todavía no tiene fecha de resolución y que, inevitablemente y sea justo o no (el tiempo lo dirá), mantiene abierto el único debate posible para cuestionar a un jugador distinto a cualquier cosa que ha conocido la NBA hasta ahora: ¿es posible aguantar el ritmo de partidos y viajes de la Regular Season con sus menos de dos metros y 130 kilos? ¿Pueden sus rodillas asumir tantas noches por semana de castigo constante, el sostén de un jugador que basa gran parte de su estilo en sus extraordinarios muelles? Los Pelicans no tienen ninguna razón para acelerar la entrada del jugador que concentra su futuro, pero no pueden evitar ciertos cuchicheos por el camino. Va en el precio. Lo que se sabe por ahora es que el plan de entrenamientos va más lento de lo previsto y que cuando juegue (si lo hace, que por ahora se cree que sí) en este año rookie lo hará sin participar en las dos noches de los back to back. Zion, recuerdo también, no cumplirá 20 años hasta julio de 2020.

Pero no es solo Zion, aunque el ala-pívot de Salisbury parezca lo único que le importa a América de un equipo en el que ningún jugador ha disputado los 23 partidos de Regular Season, y en el que los siete primeros de la rotación se han perdido ya casi 40 totales y Alvin Gentry solo tiene una unidad de cinco jugadores que ha disputado al menos 50 minutos de juego real. Él y Terry Stotts son los únicos sin un quinteto que haya dispuado 75 minutos. Derrick Favors, fichado como sostén interior y profesional de las zonas para que el equipo no dependiera de Zion y Hayes (también 19 años) solo ha participado en nueve partidos y ahora está ausente por motivos personales. La pareja interior Zion-Favors sigue, por lo tanto, sin estrenar para el octavo equipo que menos porcentaje de rebotes atrapa sobre el total posible. Uno sin anclas en una defensa que en cada partido parece peor que en el anterior y que se despliega sin cohesión ni concentración, lenta en las ayudas e incapaz de no caer en desajustes constantes.

Un entrenador en situación difícil

Alvin Gentry, aunque todavía no hayamos podido echar un vistazo a lo que realmente tenía que ser este nuevo proyecto, está inevitablemente cuestionado. Lo que Griffin anunció como el equipo más rápido de la historia en transición es quinto en pace (ritmo de posesiones), sin la posibilidad de volar de lado a lado al ritmo de Zion (especialidad de la casa). A los Pelicans, parece obvio, les falta una personalidad que no pueden desarrollar hasta que no integren al que será su nuevo rey sol (o debería). Y les falta un líder claro, un número 1 con galones. Jrue Holiday es un jugador extraordinario, uno eternamente infravalorado, pero no es eso. No lo ha sido nunca y no lo está siendo en el año once de su carrera NBA. Y Brandon Ingram (22 años) está pegando el estirón defintivo pero tampoco es, por ahora, un macho alfa. No en plena adaptación a un nuevo entorno y un nuevo estilo, poniendo parches a su salida de los Lakers y después del susto que se llevó la temporada pasada con la aparición de coágulos de sangre que le dejaron en el dique seco y con serias cuestiones sobre un futuro que vuelve a parecer, y eso es mucho, brillante.

Los Pelicans necesitan que al menos uno del lote de los Lakers rompa en estrella. Y saben que Josh Hart, un trabajador de rotación interesante, no tiene ese techo. Ingram sí, y está en 24,6 puntos, 7 rebotes y 4 asistencias por partido, mejorado como tirador en su gran avance con respecto al jugador tremendo que ya se anunciaba (aunque algunos no lo quisieran ver) en los Lakers. El problema, como en cualquier reconstrucción, es la paradoja que espera a unos Pelicans que no ampliaron el contrato rookie del alero y se verán obligados a soltar mucho dinero si quieren retenerlo en el próximo mercado, cuando sea agente libre restringido. Parece impensable que no se vaya bastante por encima de los 20 millones anuales el nuevo contrato de un jugador que se está ganando lo que ya han firmado sus mejores compañeros de generación: Ben Simmons, Pascal Siakam, Jamal Murray, Jaylen Brown, Buddy Hield...

Después vendrían, claro, los nuevos contratos de Lonzo, Zion, Walker-Alexander y Hayes, un imposible en caso de que todos rinden a buen o muy buen nivel. Por eso el propio Griffin defendía antes de ponerse a los mandos de los Pelicans, y como analista televisivo, que la mejor propuesta para vender a una súper estrella la forman un joven de máxima proyección, un buen secundario y un buen lote de picks (más por calidad que por cantidad) de draft. Si Ingram (ya en su cuarto año NBA, no hay que olvidarlo) por ahora es un éxito, Hayes apunta maneras aunque está muy verde y Walker-Alexander tendrá que hacerse valer (veremos) como especialista anotador, es difícil saber qué va a ser de Lonzo Ball, un base con techo de jugador especial pero con suelo de pufo . Ni más ni menos y casi sin término medio. Así son las cosas con un jugador con el que uno no estaría nunca tranquilo ahora mismo, ni apostando por él ni descartándolo como pieza de élite. Lonzo tiene cosas que no aparecen en las estadísticas y que son de un valor tremendo, en ataque y en defensa, y tiene una sensibilidad para el juego muy especial que este verano pareció a punto de relanzarse con lo que se anunció como un tiro reformado y que dejaba atrás su extraña y (en el entorno profesional) poco efectiva mecánica. Un nuevo Lonzo.

Lonzo, bien entrada ya la tempoada, decrece a pasos agigantados. Promedia 10,9 puntos, 4,3 rebotes y 5,7 asistencias. Pierde 2,7 bolas y sus porcentajes son pésimos en general (37,5%) y poco más que correcto desde el triple: 34% la mejor cifra de su carrera pero también un dato envenenado. Empeñado en reiniciarse como tirador, a veces parece imitar más que complementar a un especialista como Redick. Tira demasiadas veces en los segundos iniciales de las posesiones y convierte lo que debería ser un recurso en un puntual de su juego, algo que no debería ser: lanza tres triples por cada tiro cerca del aro, baja su eficacia en cualquier zona de lanzamiento de dos y, tal vez lo más preocupante, tira 6,7 triples por partido, no muy lejos de los 7,2 de Redick y en cifra superior a su media de asistencias (5,7). Esas dudas, y este proceso lo conocen bien los aficionados de los Lakers, en ataque se ceban mentalmente con un jugador que se acaba desconectando en defensa, donde en su mejor versión es diferencial. Mientra su hermano LaMelo apunta a número 1 del próximo draft, Lonzo languidece: los Pelicans están 4-4 sin él y 2-13 cuando ha jugado él, que tiene un -5,8 de net rating en sus minutos en pista. Por ahora, en Nueva Orleans la situación es similar a la de Los Ángeles: quo vadis, Lonzo?

Este fallido reinicio de los Pelicans puede recibir un impulso en el momento en el que Zion Williamson debute... o puede acabar en annus horribilis, no digamos si en algún momento la franquicia decide que el ala-pívot aplace su debut a la próxima temporada. Por ahora, en Nueva Orleans han regresado a la desazón, la pereza y la decepción mientras lo que era hasta, en la mejor proyección, una wildcard para los playoffs del Oeste va volviendo otra vez la vista al próximo draft. Un ejercicio divertido para echar un rato delante del ordenador pero agotador para las franquicias, especialmente las que necesitan alimentar a una base social con facilidad para la desconexión. Las preguntas se acumulan pero por ahora, y mientras no se demuestre lo contrario, en Nueva Orleans pueden defenderse diciendo que a todas se responde de la misma manera: con Zion Williamson. Veremos si finalmente es así.