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Los Rodríguez, la maldición de los hermanos que México idolatró

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Los Rodríguez, la maldición de los hermanos que México idolatró

Pedro y Ricardo Rodríguez estaban llamados a ser estrellas de la F-1, pero la tragedia acabó con sus vidas. Dos tremendos accidentes se llevaron sus sueños.

Cuando Sergio Pérez llegó a la F-1 de la mano de Sauber, un país entero recordó de inmediato a dos hermanos, Pedro y Ricardo Rodríguez, dos auténticos héroes para los mexicanos. Ellos pusieron al país en el mapa de las competiciones automovilísticas a nivel Mundial. Una historia entrelazada de tremendo talento con un final idéntico y trágico, y una sensación de que la conclusión llegó mucho antes de demostrar su verdadero potencial. Hubo más mexicanos en la Fórmula 1, pero ninguno hasta Pérez con las posibilidades de los hermanos Rodríguez.

Los comienzos al volante de los hermanos Rodríguez, separados por dos años (Pedro nació en 1940 y Ricardo, en 1942), tienen su germen en la picardía y la búsqueda de experiencias prohibidas. Con seis años Pedro, siempre con la complicidad de Ricardo, que tenía cuatro, cogía las llaves del coche de su madre, Concepción de la Vega, y lo sacaba conduciendo del garaje familiar. El talento deportivo, en especial de Pedro, no pasó inadver tido para su padre, un próspero contratista de obras que había sido motociclista acrobático, y le picó a probar compitiendo con la bicicleta.

El potencial de Pedro le llevó a ser campeón de México de ciclismo y, dos años después, se inició con las motos. Desde el principio, ganó carreras y también fue campeón nacional mexicano de 500cc en 1953 y 54. Ahí confesó a su padre que quería correr en coches, decisión que había tomado tras participar activamente desde los doce años en carreras nocturnas clandestinas en la colonia Polanco y tras pilotar, también sin el conocimiento de sus padres, un Jaguar XJ 120 en varias carreras con Ricardo de copiloto.

Su padre vio que la propuesta iba muy en serio y, merced a los contactos que tenía, adquirió un Jaguar XK120 con el que Pedro se impuso en su debut, el Premio Constitución, en Puebla. Después, fue enviado a estudiar a una escuela militar a EE UU y a su vuelta comenzaron a competir seriamente junto a su hermano Ricardo, que al principio era el que se imponía en más pruebas. Su primera incursión seria fue en las 24 Horas de Le Mans de 1958, pero Ricardo no pudo participar debido a su edad. Pedro quedó quinto y, diez años después, logró el triunfo junto al belga Bianchi y al volante de un Ford GT40. Una gran victoria que Pedro dedicó a la memoria de Ricardo, porque años antes había empezado su maldición.

Pedro hizo una fantástica carrera en Sport Prototipos, llegando a ser campeón del mundo, mientras Ricardo llegó rápido a la F-1. En el GP de Italia de 1961, con 19 años, debutaba y, tras ocho carreras más, llegó la cita mexicana que acabó con su vida, sus ilusiones y, en gran parte, los de su hermano. Tenía 20 años. El golpe fue tremendo y Pedro prometió a su madre que dejaría de correr, pero su ADN de las carreras le hizo volver en 1963 con la firme idea de ser campeón de F-1 y compartir la gloria con el recuerdo de Ricardo.

Su tremendo talento le hizo ganar dos grandes premios y convertirse, pese a su escasa estatura que le hacía conducir con la barbilla levantada, en un gigante de la competición. ‘L’Equipe’ le bautizó como el piloto más valiente de la historia, pero Pedro sólo quería cumplir con el homenaje a Ricardo y las loas, así como las críticas, le daban igual: “Que digan lo que les dé la gana”, solía decir de periodistas y jefes de equipo.

Era un hombre de fuerte temperamento, espontáneo, trato algo irritante, un coraje casi sobrehumano, pero nada hipócrita, devoto de la Virgen de Guadalupe. Amaba correr y disfrutaba con la comida, la ropa, las mujeres, la música, las fiestas y, por supuesto, la salsa tabasco, que llevaba siempre y sacaba en todo tipo de restaurante que no tuviera chiles con los que sazonar su comida.

La F-1 le vio disputar 54 grandes premios, siempre con sus gorras de paño escocés al estilo de las que usaba Sherlock Holmes. Dos victorias y una carrera mítica, el GP de Bélgica de 1971, que le encumbró a los altares de los genios bajo la lluvia, esa condición en la que los mediocres no pueden ocultar sus carencias con un buen coche. Libró una batalla alucinante en Zandvoort con Jacky Ickx en el que se pasaron y repasaron mientras el resto intentaba simplemente mantenerse en el asfalto. La mitad de pilotos no terminó y doblaron a todos al menos una vez. Ganó Ickx, pero Pedro Rodríguez entró de golpe entre los pilotos que todos los equipos querían. Estaba llamado a ser un grande de la F-1. Tres semanas después, en las 200 Millas de Nuremberg, una cita de Prototipos que el mexicano no quería correr, perdió la vida. Un error de un piloto doblado provocó un brutal accidente que acabó con la vida del único mexicano que ha ganado un gran premio de F-1 e impidió que Pedro homenajeara como siempre soñó a Ricardo. Además, provocó una pérdida irreparable para su país, que lloró el trágico final de dos hermanos que ilusionaron a millones de mexicanos y dejaron un profundo vacío en su deporte a nivel internacional.

Han pasado 50 años de la desaparición de Ricardo y 41 de la de Pedro, pero su memoria sigue presente en el recuerdo de los más viejos aficionados, y, como ejemplo por si alguien duda, un dato: cuando surgió el también malogrado Ayrton Senna, para muchos el mejor piloto de la historia y para casi todos el mejor en mojado, los grandes cronistas británicos decían que el brasileño “pilotaba como un nuevo Pedro Rodríguez”. Además, la primera curva del circuito de Daytona lleva su nombre, así como el circuito de la ciudad de México, que se denomina Autódromo Hermanos Rodríguez, en honor a él y su hermano Ricardo. México ve en Sergio Pérez el nuevo Pedro Rodríguez. Seguro que él honrará y se acordará de los hermanos Rodríguez si alguna vez se proclama campeón de F-1.

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