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Fukushima, el olimpismo para superar el accidente nuclear

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Fukushima, el olimpismo para superar el accidente nuclear

El viernes 11 de marzo de 2011 está marcado en la historia pasada, y reciente, de Japón. Ese día un terremoto de magnitud 9 sacudió la costa este del país nipón. Como consecuencia se produjo un tsunami de grandes dimensiones -15 metros- que arrasó toda la costa de Fukushima. Esas olas enfurecidas afectaron a tres de los seis reactores que tenía la planta nuclear de la ciudad, que reventaron, emitiendo grandes dosis de radiación al mar y, en menor medida, a la atmósfera.

El accidente nuclear ni mucho menos se asemejó en gravedad al de Chernóbil, de hecho no produjo ninguna muerte de forma directa. Ni siquiera crecieron de forma exponencial las posibilidades de contraer cáncer de páncreas. A fin de cuentas, la dosis de emisiones por persona fue diez veces menor que en Chernóbil. Eso no implica que no existiesen severas consecuencias tras el accidente, ya que más de 100.000 personas fueron evacuadas de sus hogares por precaución y pasaron varios años hasta que fue totalmente seguro el consumo de alimentos cárnicos, lácteos, o vegetarianos, criados o cultivados en un radio de 20 kilómetros de Fukushima.

Uno de los centros neurálgicos de la prefectura, durante y después del accidente, fue el complejo deportivo J-Village. Entre el césped y las pistas de atletismo se arremolinaron policías, bomberos y efectivos especiales que trabajaron en jornadas maratonianas para reducir el impacto de las emisiones. Se colocaron medidores de radiación, se montó un campamento improvisado y un almacén donde dejar los sacos y sacos de tierra contaminada que resultó producto del accidente.

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Poco queda en 2019 de todo aquel ajetreo, es más, el complejo ha ido recuperando la normalidad e incluso los fines de semana muchos niños y niñas le rinden visita para sus clases de fútbol, béisbol y atletismo. Siempre con la precaución que merece la asistencia a un lugar que fue golpeado, si bien no de forma tan directa como la propia central nuclear, por el accidente radiactivo.

Es realmente complicado alejar los fantasmas del accidente de aquellos escenarios que fueron golpeados. Si bien, en el caso del complejo J-Village, el propio Gobierno de Japón, en colaboración con la Prefectura de Fukushima, va a apostar fuerte por el deporte, finalidad para lo que se construyó, por medio de los Juegos Olímpicos que se celebrarán el año que viene en Tokyo. El hecho de que solo separen 240 kilómetros entre ambas ubicaciones hace más accesible esta medida de ‘gracia’ para Fukushima. El objetivo no es otro que demostrar que el accidente está más que olvidado.

El J-Village, que abrió sus puertas nuevamente como complejo deportivo en abril de este año, ha sido elegido como sede para uno de los intercambios de la antorcha en el camino de esta hacia Tokyo. Incluso se rumorea que podría acoger alguno de los partidos de béisbol o softbol durante los juegos olímpicos. Además, las selecciones japonesas masculina y femenina de fútbol entrenarán en los campos del recinto durante su puesta a punto final antes de Tokyo 2020. De cara a la Copa Mundial de rugby, también de este año, el combinado argentino ya ha pedido permiso para entrenarse en los céspedes del Village.

Lo tendrán que hacer, eso sí, bajo la atenta mirada de unas pantallas digitales encargadas de reflejar en todo momento la radiación del lugar. Tampoco deberán extrañarse si se encuentran con operarios ataviados con monos y escafandras, ellos son los encargados de las últimas tareas de limpieza para certificar que J-Village está totalmente limpio de la radiación.

Se espera que lo esté para el 26 de marzo de 2020, la fecha en la que la antorcha hará su paso por el renovado recinto. En opinión de Yusuke Takana, uno de los trabajadores de los campos, para AFP, “el relevo de la antorcha será una oportunidad de oro para enviar un mensaje sobre nuestra reconstrucción al mundo”. El propio Takana explica que “el J-Village superó el desastre y ha revivido en su forma original como un centro deportivo de alto rendimiento”.

Alguien que vivió muy de cerca la transformación que vivió el macro recinto fue Ayako Masuda, empleada de la Tokyo Electric Power y portera durante su juventud de un equipo que tenía al J-Village como feudo local. Para ella “fue doloroso ver todo estos edificios en el suelo donde nosotros entrenábamos cuando éramos pequeños”. Ahora es un complejo para deportistas de élite, pero los días posteriores al accidente “no se veía más que a trabajadores con monos de protección radiológica, máscaras de gas, helicópteros y vehículos blindados de los bomberos”, asegura Masuda a AFP.

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Los oriundos de Fukushima también se muestran ilusionados con la participación de la ciudad en uno de los eventos más importantes a nivel mundial. Emilio Tahakashi, que se ha desplazado de visita con su hijo, explica a AFP que “venir a este lugar es una forma de apoyar la reconstrucción de Fukushima”. Una reconstrucción que tendrá una dimensión totalmente inesperada a la inicial al ser el J-Village parte de Tokyo 2020.

Desde la apertura de los campos su uso se ha incrementado de forma notable en comparación a los tiempos previos al accidente. Se celebran campamentos de fútbol, competiciones e incluso stages de equipos profesionales de fútbol, rugby y béisbol. El recinto dispone de 7 campos de hierba natural, un estadio con una capacidad para 5.000 personas, otro campo cubierto y climatizado, una pista de atletismo, una residencia para los atletas y visitantes, una sala de reuniones y un gimnasio. Todo totalmente nuevo.

Allí el futuro del fútbol japonés da sus primeras patadas a la pelota. Tal vez la próxima estrella nipona sea Ryuki Asai, un joven de 12 años que muestra su alegría a AFP: “El campo es hermoso. Vale la pena jugar aquí y es un gran privilegio”. Por su parte Sadaharu Oh, el jugador con el máximo número de homeruns en la competición de béisbol japonesa, desvela que su mayor deseo es que “en el momento en el que los niños vuelvan a casa le digan a todo el mundo que la visita a Fukushima estuvo bien”. Ese es el camino para que “aquellos que escuchen las palabras de los niños cambien la imagen que actualmente tienen de Fukushima”, explica Oh a la web de la Nippon Professional Baseball.

A pesar de los mensajes de la Agencia de Seguridad Nuclear e Industrial japonesa respecto a la seguridad de la zona, muchas personas siguen teniendo miedo de todo lo que rodea a Fukushima. El día de la reapertura del J-Village, Shunji Miura, un funcionario de la prefectura, explicaba en rueda de prensa que “el daño a la reputación del lugar sigue profundamente arraigado en la mentalidad de los japoneses”. A lo que el gobernador de Fukushima, Masao Uchibori, respondía que “las tareas difíciles de limpieza y mantenimiento continúan”, pero que “la instalación es un símbolo de la reconstrucción de la ciudad y de la prefectura”.

La prefectura crece

El afán de los habitantes de Fukushima por rehacer sus vidas se demuestra cada mes de agosto en el Waraji Matsuri. Un festival en el que se rinde tributo a la salud del pueblo japonés y se reza por la prosperidad de los negocios. Hasta cuarenta hombres se encargan de transportar en hombros unas sandalias de paja gigantes al ritmo del Waraji Odori, un alegre baile que ameniza la velada. Según la leyenda, aquellos que toquen la sandalia tendrán un año de buena suerte.

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En esta edición del festival acudieron 300.000 personas y reinó la alegría y la fortaleza de espíritu de un pueblo que no se rindió ante la adversidad. La reconstrucción avanza a marchas forzadas, pero no al punto de recuperar el nivel de turismo nacional y extranjero que había antes del accidente de 2011. Como curiosidad, los precios de los alimentos de Fukushima siguen sin ser favorables para los productores. Eso se debe a que la demanda es mínima y de otra forma no hay manera de venderlos.

El estadio de béisbol de Azuma es otro de los símbolos de la reconstrucción de Fukushima. Se ubica a unos 70 kilómetros de la central nuclear, por lo que en la actualidad no representa riesgo alguno para la salud. Cuenta con un aforo de 30.000 espectadores y, lo que es seguro (al contrario que en el caso del J-Village), es que acogerá partidos de béisbol durante los próximos juegos olímpicos.

Allí se celebró este año la Feria Mundial de Béisbol Infantil. Más de un centenar de niños de países tan diversos como Alemania o Argentina pisaron la nueva hierba sintética del estadio de Azuma. Precisamente es Sadaharu Oh el portavoz del festival, quien explicó que “Fukushima está lista y por eso decidimos hacer la feria este año aquí”. Reflexionando sobre la reconstrucción de la prefectura, Oh manifestaba a International Press que “El tsunami arrasó todo en un momento. Volver a recuperarse del todo demorará quizá 50 o 100 años y aunque pase tanto tiempo todos nos esforzaremos para lograrlo”.

Incluso se atrevió a dar su vaticinio para los próximos Juegos Olímpicos: “Si logramos derrotar a Estados Unidos, que es el mejor, podemos ganar la medalla de oro”. En el mismo evento, Yi-Yu Tseng, un lanzador de 10 años de Taiwán, reconocía que la historia del desastre nuclear hizo que la visita a Fukushima fuera "un poco aterradora". Si bien, tras la visita explicaba a AFP que se sentía “menos asustado” y esperaba “volver a Fukushima para jugar nuevamente al béisbol”.

Las palabras de Tseng son de gran ayuda para Fukushima, porque si las nuevas generaciones entienden lo que se ha luchado -y se sigue luchando- por sobreponerse a uno de los mayores accidentes nucleares de la historia, más cerca se estará de acabar con el estigma que todavía rodea a sus poblaciones. El deporte y los próximos Juegos Olímpicos de Tokyo 2020 son el gran aliado para que Fukushima se convierta en el sol naciente que decora la bandera japonesa.

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