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CON YARDAS Y A LO LOCO

Nueva temporada, misma locura

Aaron Rodgers

Dylan Buell

AFP

Mi llegada a la NFL empezó como lo hacen las cosas buenas, con un poco de amor y un mucho de casualidad. Hace cuatro años, cuando todavía estaba en la universidad, tuve una novia con la que establecí una tradición: desayunar todos los lunes juntos. Y es que la universidad no me motivaba lo suficiente como para despertarme a las 7:00 de la mañana, sin embargo el amor universitario parece que sí. Uno de estos días, decidí poner en la televisión lo primero que me abriera un poco los ojos y, de repente, un resplandor. Duelo divisional de la NFC 2015 entre Green Bay Packers y Arizona Cardinals. Movistar Deporte 1. Once tíos con corazas contra otros once. Verde versus rojo. Y pasó lo que pasó, adiós tradición, adiós noviazgo y bienvenida NFL.

Desde ese partido histórico, donde hubo un Hail Mary de Aaron Rodgers y una actuación estelar de Larry Fitzgerald, hasta ahora me he dado cuenta de muchas cosas. La primera, que soy ‘quesero’. Odio el queso pero con los Packers, con Rodgers y con Lambeau Field, al fin del mundo. La segunda, Brady y Belichik encarnan el mal pero del que da envidia de lo buenos que son. Envidia de la mala (no me escondo). Y por último, que el fútbol americano es el deporte más imprevisible, más romántico y más duro que existe. Que se lo digan a Pete Carroll y a sus Seahawks que perdieron una Superbowl a una yarda del touchdown contra esos genios diabólicos que son los Patriots; a Marcus Williams, safety de los Saints, que falló un placaje ‘demasiado fácil’ y le dio el pase a la final de la NFC a los Vikings; o a los Chicago Bears de la pasada campaña, quienes veían como la patada de su kicker golpeaba tres veces en los postes y les privaba de una meritoria victoria ante los Eagles para avanzar en los playoffs. Por todo esto y por millones de ejemplos más, la NFL es el deporte más emocionante. Como diría el genio del Rap, Kase O, “Pura droga sin cortar”.

Como esta pasión vive de historias hollywodienses y de una serie de catastróficas desdichas, voy a intentar señalar cuáles son a mi entender las dos mayores incógnitas de esta temporada.

Y de la noche a la mañana, sin Luck

Os he mentido, me excuso. No fue de la noche a la mañana. El deterioro físico y mental que ha sufrido Andrew Luck ha sido constante a lo largo de su carrera. Partidos que tenía que jugar lesionado, temporadas en blanco o críticas desde dentro de los Colts ha sido algo común en el periplo del quarterback por la liga. Su cuerpo y su mente no aguantaban más y decidió alejarse de esta máquina de triturar que es la NFL la noche del 24 al 25 de agosto. Luck aparte, el problema ahora en los Indianapolis Colts es notable. Uno de los ataques más divertidos de la pasada campaña se ha llenado de interrogantes, cuanto menos. Es cierto que la línea ofensiva sigue siendo una de las mejores del campeonato, que la pareja de tigh ends Doyle-Ebron es un seguro de vida, que T.Y. Hilton es un top-10 en el puesto de receptor y que el backfield está de sobra cubierto con Mack, Hynes y Wilkins, pero, amigos, no está Luck. Brisset, su sustituto, no es un mal mariscal (vaya eso por delante), pero no es de esos a los que miras y piensas “este tío va a mandar un pase de 40 yardas con tres monstrencos de 120 kg encima y van a ganar el partido”. No lo es, y todo equipo necesita uno de esos si quiere soñar con levantar el Lombardi. Por la noche cenas un solomillo asturiano y por la mañana tienes que comer una hamburguesa de un euro del Mc Donald’s.

Y sin Vic Fangio, ¿qué?

Los Chicago Bears fueron la mejor defensa del año pasado (por mucho que le pese a mi corazón quesero). Al gran equipo defensivo que tenía se le sumó uno de los mejores pass-rushers de la competición, Khalil Mack. Los de la Ciudad del Viento dieron dos sus primeras rondas del draft de 2019 y 2020, una sexta del este año y una tercera del 2020 por el jugador y la segunda ronda de los Raiders del próximo draft y una probable quinta ronda de 2020. Ryan Pace, general manager de los Bears, sabía que a esa defensa de notable alto le faltaba una pieza como Mack para ser el terror del país. Así llegó y así fue. Sin embargo, esta transformación de osezno cabreado al oso que casi a mata a Leonardo Di Caprio en “El Renacido” no se entendería sin la figura de su anterior coordinador defensivo, Vic Fangio. Él elevó las prestaciones de su equipo con un buen paquete de blitzs y una máquina de provocar turnovers. Sin embargo, Fangio buscó techos más altos y fichó como head coach de los Denver Broncos. Sabe dónde elegir, de Khalil Mack a Von Miller. Pero a orillas del Lago Michigan, se han quedado sin el cerebro de su defensa y aunque las piezas más relevantes de la unidad defensiva siguen y la llegada de Chuck Pagano no decepciona, puede que ni el football caliente el duro y húmedo frio de la Ciudad del Viento