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Los ‘escarabajos’ imprescindibles para una victoria anunciada

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Los ‘escarabajos’ imprescindibles para una victoria anunciada

Rodando Efraín El Zipa Forero, Ramón Hoyos y Cochise, Patrocinio y Oliverio y el Pajarito volando. Condorito con Libardo, Lucho Herrera y Fabio Parra, Soler, Niño y Rigoberto, Serpa y Santiago Botero. Atapuma rodó el Chavito, Maria Luisa y La Gran Mariana, Sergio Luis, Pantano y Gaviria, y Dayer y Nairo Quintana”, así resume el famoso Carlos Vives el mayor orgullo de su patria. La de unos ‘escarabajos’ empeñados en escalar las montañas más empinadas del continente europeo, que forjaron sus historias en las francesas cumbres nevadas, sin alcanzar nunca la cima de los Campos Elíseos.

Tuvieron que pasar 44 años, los que van desde que Cochise Rodríguez se convirtiese en el primer colombiano en el Tour de Francia (1975), para que finalmente un cafetero’ portara el amarillo en París. Será Egan Arley Bernal Gómez el encargado de figurar en los anales de la historia colombiana por siempre. El de Zipaquirá demarró sobre otras grandes figuras para situarse en el olimpo sudamericano, con humildad, trabajo duro, y un cuidado milimétrico por lo que en el ciclismo moderno se conoce como rendimientos marginales.

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No deja de sorprender que haya sido un joven de 22 años, que estaba disputando su segunda temporada en el World Tour, el que llevase el delirio máximo a las calles colombianas. El que haya protagonizado las instantáneas más laureadas del ciclismo colombiano. Pero para poner la guinda del pastel antes se tiene que haber encargado otro de la galleta y la nata. Heroicamente, algunos de los que precedieron a Egan Bernal derrochaban una calidad y épica mayores, incluso se hicieron hueco entre las leyendas del ciclismo. Ese deporte en el que normalmente ganaban los europeos hasta que aguerridos colombianos cruzaron el Atlántico dispuestos a atacar en cuanto la carretera se empinaba. El amarillo de un joven se explica por las lágrimas, las decepciones y derrotas de muchos otros, que pedalearon por la gloria o porque, en su defecto, algún día otro la alcanzase.

El desembarco de ciclistas colombianos en el Tour de Francia no podría entenderse sin el legado de Efraín ‘El Zipa Indomable’ Forero y Ramón Hoyos, los dos grandes antecesores. Forero ostenta el honor de ser el primer ganador de la Vuelta a Colombia y cuatro veces vencedor de los campeonatos nacionales de ciclismo en ruta. A Hoyos también le acompaña la leyenda, fue uno de los deportistas más prestigiosos de la década de los 50 en Colombia porque posee el récord de más victorias de etapa en la Vuelta a Colombia (12), que, dicho sea de paso, venció en cinco ocasiones. Además, fue bautizado por todos como ‘El escarabajo de montaña’, primera acuñación de un término que acompañaría a los colombianos ya por siempre. Tanto supuso su imagen para Colombia, que el artista Fernando Botero se lo quiso devolver con un cuadro: La apoteosis de Ramón Hoyos.

A pesar de sus glorias nacionales, ninguno de los dos tuvo la oportunidad de correr en el extranjero. Sí lo hizo Martín Emilio ‘Cochise’ Rodríguez, el primer colombiano en dar el salto al ciclismo europeo. En las filas del Bianchi Milano dio un pequeño paso para un hombre y un gran paso para los colombianos. Con él, la bandera tricolor se dio a conocer en las grandes vueltas. Concretamente, disputó los Giros de Italia de 1973, 1974 y 1975. Ese último año, cuando contaba con 33 primaveras, disputó el Tour de Francia. El primero para un colombiano. Las calles de Medellín todavía recuerdan el jolgorio que se vivió entre el 26 de junio y el 20 de julio de 1975. No solo fue el hecho de correrlo, sino de competir con los mejores, pues acabó 27º y dio mucho que hablar en la alta montaña.

Tras la primera disputa del Tour de Francia -por parte de un colombiano- llegarían muchas más. En parte gracias a Patrocinio Jiménez, de nombre José. Él, y su coetáneo Rafael Antonio Niño, pelearon por la hegemonía del ciclismo nacional durante la década de los 70. Además de triunfar en las carreteras colombianas, Patrocinio se hizo un nombre en las francesas desde temprana edad. Disputó el Tour de l’Avenir de 1981 (Tour de Francia para corredores sub 23 en el que pueden participar equipos amateur) y finalizó 3º. Gracias a esos buenos resultados, formó parte del primer equipo colombiano que fue invitado al Tour en 1983, en el año de su debut acabó el 17º. El resultado de la ecuación fue que grandes equipos europeos se interesaron en él, de hecho, acabó fichando por el Teka español. Luego iría al famoso Café de Colombia como capo. En el interín: corrió otros tres Tour (1984, 1986 y 1988) y tres Vueltas a España (1984, 1986 y 1987).

Niño no llegó a disputar ningún Tour de Francia, pero a cambio posee el récord de victorias de la Vuelta a Colombia y del Clásico RCN, las competencias ciclistas más importantes de Colombia. No es logro menor si se tiene en cuenta que en ese palmarés figuran otras grandes leyendas como Ramón Hoyos, ‘Cochise’ Rodríguez o Luis Herrera. Nada más dar el salto al profesionalismo, disputó el Giro de Italia de 1974 con el Jolly Cerámica, carrera que acabó el 41º de la general. Una vez retirado siguió consagrado al ciclismo, pues durante muchos años ocupó el cargo de director técnico del Café de Colombia, donde pudo dirigir al primer colombiano en hacerse con una gran vuelta.

La eclosión del ciclismo colombiano en Europa llegó en la década de los 80, con grandes figuras que amenizaron las largas jornadas del Tour de Francia, entre ellas: ‘Condorito’ Corredor, Lucho Herrera y Fabio Parra. La figura de ‘Condorito’ brilla ya por sí misma, pero tuvo la mala suerte de coincidir con dos de los corredores colombianos más grandes de todos los tiempos. Solo se así se explica que sus cuatro participaciones en el Tour y sus cinco presencias en la Vuelta pasasen más o menos inadvertidas. De hecho, en la Vuelta a España de 1984 incluso se llevó el maillot de los jóvenes, en esa época denominado como de los neoprofesionales. A su participación en las carreras de tres semanas hay que sumar otras de gran reconocimiento como La Route du Sud o el Critérium del Dauphiné.

Fabio Parra y Lucho Herrera, Lucho Herrera y Fabio Parra. Hicieron historia juntos e hicieron historia por separado. Su legado, más allá de que entre ambos solo suman una victoria en grandes vueltas, fue la demostración de que los colombianos podían pelear de tú a tú con los ciclistas europeos. Parra cuajó grandes actuaciones con el Café de Colombia y posteriormente dio el salto al Kelme y al Amaya Seguros, ambos equipos españoles. Herrera, en cambio, compitió durante toda su carrera en equipos colombianos, lo que hace todavía más meritorios sus triunfos en Europa.

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De Fabio Parra dice la leyenda que fue el primer ciclismo moderno que dio Colombia, porque no solo se desempeñaba bien en la montaña sino que se manejaba bien en el terreno llano y en la lucha contra el reloj. De Fabio Parra también hablan muy bien las cifras, que al contrario que las leyendas, son puramente objetivas. Durante su trayectoria profesional participó ocho veces en el Tour de Francia, en el de 1988 incluso se subió al podio como tercero, algo que no se había producido nunca antes, ni se produciría hasta que en 2013 Nairo Quintana quedase solo por detrás de Christopher Froome. En España también dejó reseñas de su calidad sobre la bicicleta, quedó segundo en la Vuelta del 89 solo por detrás de ‘Perico’ Delgado, y culminó la carrera ocho veces. Su victoria sobre Miguel Indurain en la cronoescalada de la Vuelta a España de 1991 fue una de sus últimas proezas dentro del ciclismo profesional.

Lucho Herrera está al nivel de Federico Martín Bahamontes, no en vano fueron los únicos en hacerse con el maillot de la montaña en las tres grandes vueltas del continente europeo. Si se empieza por ahí ya se entiende la trascendencia que tuvo Luis Alberto Herrera, quien por cierto recibió la Orden de Boyacá por sus servicios deportivos prestados a Colombia. Pues bien, su mayor epopeya no fue alcanzar a Fede Bahamontes, sino la Vuelta a España de 1987, donde se impuso a corredores de la calidad de ‘Perico’ Delgado, Sean Kelly, Raymund Dietzen y Laurent Fignon. Pedro Saúl Morales, ciclista del Ryalco Postobón, que tuvo la suerte, o la desgracia, de enfrentarse con Lucho Herrera, cuenta cómo se cocinó la victoria: “Yo lo había visto subir, pero nos sorprendía a todos. Nosotros subíamos parados en los pedales y él avanzaba como una moto, sentado sobre la bicicleta. Era imposible seguirle el paso”.

No fue una, fue la, la primera victoria de un colombiano en las grandes vueltas. Por citar un detalle casi nimio enumerados los éxitos de ‘Lucho’, completó dos Giro de Italia, cuatro Vueltas a España, y ocho Tour de Francia. Además, fue el primer cafetero en ganar una etapa del Tour (1984) y en vestirse, de forma momentánea, de amarillo (1985). Entre las pobladas carreteras francesas y las calurosas tardes españolas coincidiría en más de una ocasión con su coetáneo Fabio Parra.

Eclipsar lo conseguido por Lucho Herrera y Fabio Parra una vez estos llegaron al desenlace de su carrera parecía tarea de gran calado. Aun así, Libardo Niño y Oliverio Rincón lo intentaron. Sus mayores éxitos tendrían lugar en las carreras nacionales de Colombia, pero también hicieron sus pinitos más allá del Océano Atlántico. Niño ganó hasta en tres ocasiones la Vuelta a Colombia y dos veces el Clásico RCN. Disputó la prueba de ciclismo en ruta de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 y el Mundial de Ciclismo en Ruta de 1995. Sin olvidar el Giro de Italia de 1994, que culminó en el 72º puesto. Por esa época corría en el Kelme, cuyo director, Vicente Belda, estaría tiempo después implicado en la Operación Puerto por recurrir al dopaje sistemático de muchos de sus corredores. Coincidencia o no, Niño fue sancionado tanto en 2007 como en 2009 por consumo de EPO. Un triste final para un corredor de mucha clase.

Oliverio, de igual forma que Niño, encontró en los equipos españoles un gran escaparate para el ciclismo europeo. De Rincón se puede decir que era un gran escalador, prácticamente como todos los ciclistas que están saliendo a la palestra, que ganó etapas tanto en el Giro, la Vuelta y el Tour, y que, en el año de su debut (1989), se hizo con la Vuelta a Colombia frente a Fabio Parra, que por esa época ya había sido tercero en el Tour de Francia y contaba con estatus de leyenda en Colombia. Entre los mejores resultados de Oliverio están un quinto puesto en el Giro de Italia de 1995 y finalizar cuarto en la Vuelta a España de 1993. El Tour se le resistió, lo corrió tres veces, abandonó en dos ocasiones, y en 1993 acabó 16º. Como curiosidad, fue secuestrado por las FARC y el ELN en el año 2000. Aun así, mantuvo intacta la ilusión de los colombianos por el ciclismo tras las retiradas de Herrera y Parra.

El cambio de siglo supuso la irrupción de Víctor Hugo Peña y de Santiago Botero en el pelotón internacional. El ciclismo, que representaba las esencias del deporte, el compañerismo, el sufrimiento y la resiliencia, mutó hacia un negocio de carácter mundial mientras las televisiones seguían las pedaladas de lo que parecía ser un marciano, Lance Armstrong. Precisamente, Botero tuvo al estadounidense como uno de sus grandes rivales en la alta montaña. De hecho, el que era jefe de filas del Telekom por esa época, encontró en Lance la principal figura que se le atragantaba en Francia.

Cada uno a su manera, contribuyó a agrandar la historia colombiana en el Tour de Francia. El 9 de julio de 2003 el Tiburón Peña se hizo con la prenda de ropa amarilla más preciada en todo el país. Fue en la cuarta etapa, en una contrarreloj por equipos de 69 kilómetros que partió de Joinville y acabó en Saint Dizier. No quedó ahí el logro, pues el primer colombiano en ser líder de la clasificación general mantuvo el primer cajón durante otros dos días más. Luego Virenque tomaría el relevo y Armstrong llegó con la prenda a París. No deja de ser anecdótico que Peña, que no destacaba por sus prestaciones en la alta montaña y sí en las etapas contra el cronómetro, fuese el que desvirgó el amarillo para los colombianos.

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Santiago Botero, que disputó hasta en seis ocasiones la Grande Boucle, fue 7º, 8º y 4º en 2000, 2001 y 2002 respectivamente. Además, es, junto a Lucho Herrera, el ciclista ‘cafetero’ con más etapas ganadas en el Tour de Francia, tres. Se destacaba como contrarrelojista, pero también en la alta montaña, lo que le permitió no solo rondar el podio en varias ocasiones sino llevarse el maillot de mejor escalador en la edición del 2000. Fuera del Tour, fue campeón del mundo de contrarreloj en 2002, así que, en 2003, año en el que Peña fue líder durante tres etapas, Botero portó el arcoíris en las contrarrelojes del Tour.

Sobre el de Medellín siempre quedó la mancha del dopaje, en 1999 fue sancionado por un positivo en testosterona cuando corría en el Kelme de Eufemiano Fuentes, y en 2006 fue identificado en la Operación Puerto como cliente de la red de dopaje del propio Fuentes. En 2013, el médico español admitió que Botero consumió EPO, hormonas del crecimiento y anabolizantes durante su carrera, además de recurrir a transfusiones de sangre para mejorar su rendimiento.

La gran camada actual de ciclistas colombianos tuvo dos ‘hermanos mayores’: Mauricio Soler y José Serpa, este último todavía en activo a pesar de sus 40 años. Soler causó una gran expectación en el Tour de Francia. Disputó las ediciones de 2007 y de 2008 en el Barloworld de Cristopher Froome y de Geraint Thomas. Pues bien, ambos quedaron opacados por el colombiano, que en 2007 ganó una etapa, quedó primero en la competencia por los puntos de la montaña y finalizó 11º. Posteriormente fichó por el Caisse d’Epargne, el actual Movistar Team. Pero cuando parecía que sería jefe de filas junto con Alejandro Valverde, sufrió una dura caída en la Vuelta a Suiza de 2011 que obligó a su retirada. Todavía hoy se está intentando recuperar de las secuelas del golpe que se propinó en la cabeza.

Serpa solo tuvo una experiencia en equipos de nivel World Tour, el Lampre, con el que corrió tres veces el Tour (2013, 2014 y 2015) y una el Giro (2013). En cambio, pasó siete años en el Andrioni Giocattoli, de división Continental Profesional, lo que le permitió disputar con invitación otras seis veces más la Corsa Rosa (2006, 2008, 2009, 2010, 2011 y 2012). Eso sí, sin llegar a brillar nunca en las grandes vueltas. Otro cantar fueron las carreras del circuito continental de América, de segunda división, donde destacó en la Vuelta a Chile, en la Vuelta a Colombia, en la Vuelta a Venezuela, en la Vuelta al Táchira y en la Vuelta a San Luis. En 2016 regresó a Colombia para correr en el GW Shimano, dirigido, por cierto, por Víctor Hugo Peña.

El día que todo el esfuerzo valió la pena, las cumbres francesas claudicaron frente a un joven de Zipaquirá, y Francia se rindió a Colombia, Egan Bernal estaba acompañado en la fotografía por otras dos figuras, Rigoberto Urán y Nairo Quintana. Mucho del triunfo del ciclista del INEOS en el Tour se debió a ellos, porque si Bernal creyó que podía, es porque Nairo y ‘Rigo’ demostraron previamente que se podía. Para estas dos leyendas colombianas, así lo demuestran sus resultados y sus respectivas Órdenes de Boyacá, que tuvieron que conformarse con la plata, ver al joven Bernal llevarse el oro podría haber resultado doloroso, pero eso no va con la mentalidad colombiana. Cada ‘escarabajo’ que sudó, sufrió, rio, lloró, triunfó y claudicó ante el Tour de Francia, sintió el éxito de Bernal como dicha propia.

Un triunfo que, si los méritos contasen en el deporte, tendría que haber sucedido seis años antes. Sin desmerecer a Bernal, la fiesta no fue completa, la fiesta solo hubiera sido completa si en 2013, o en 2015, Nairo Quintana hubiese acabado de amarillo. A fin de cuentas, él era el “elegido”, pero su cuento de hadas fue demasiado bonito como para hacerse realidad. Un pasado entre las montañas de Tunja bicicleta en mano, un descubrimiento inverosímil en el que prácticamente reventó el potenciómetro en las pruebas de esfuerzo, una llegada a Europa como gran desconocido, un primer Tour de Francia en el que debía trabajar como gregario de Alejandro Valverde, un primer Tour en el que se vio peleando con Froome, al que destrozó en Annecy, y un primer Tour en el que se quedó sin victoria, pero hizo historia, al convertirse en el primer colombiano en quedar segundo en el Tour de Francia.

Todo parecía ir encaminado a que Quintana fuese el del Tour. Por el camino se llevó el Giro de 2014 y la Vuelta de 2016. El colombiano más grande de la historia, el que más grandes vueltas posee (2), por encima de Lucho Herrera, y al que se le agotaba el tiempo para conquistar la Galia. El hecho de que Nairo no haya sido el primer colombiano en alzar los brazos en París parece más propio de una tara en la historia que una realidad. Lo que está claro es que Quintana encontró en Bernal un digno sucesor, una figura capaz no solo de opacarle sino de superarle, pues es gran empresa elucubrar cuántos Tour tendrá Bernal cuando cumpla los 29 años que tiene actualmente ‘Nairoman’. Al mismo tiempo, tampoco es descabellado creer en que el día que Quintana se retire no tenga un par de Tour en sus vitrinas. A fin de cuentas, es Nairo Quintana, uno de los ídolos de Egan.

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Y es ‘Rigo’ el que le mostró el camino hacia el profesionalismo a Quintana. También era el último en rozar la victoria en el Tour, fue en 2017, pero una vez más, Chris Froome se encargó de echar por tierra todas las ilusiones colombianas. Urán, que escala muy bien, no escala tan bien como Nairo. Pero Urán, tipo listo, ha sabido adaptar su forma de correr a la perfección para seguir en la élite durante trece años. Debutó en 2006 y en 2019 sigue dando guerra en las grandes vueltas. Ha disputado nada más y nada menos que 17 (6 Giro, 6 Tour, 5 Vuelta), y de propina, ocho Mundiales de Ciclismo en Carretera y una plata olímpica en Londres 2012 en la prueba de Ciclismo en Ruta. Casi todo lo que puede hacer un ciclista profesional, lo ha hecho ‘Rigo’. Solo le faltó lo de Egan. Pero como si lo hubiera hecho, pues la foto del campeón Bernal no se pudo sacar hasta que Urán dio las correspondientes instrucciones al fotógrafo.

Para el final feliz de la historia, todavía quedan varios capítulos por repasar, como los de Esteban Chaves, segundo en el Giro de 2016 y tercero en la Vuelta del mismo año, Sergio Luis Henao, dos veces campeón de Colombia de Ciclismo en Ruta y pieza vital en varios de los Tour de Froome, Jarlinson Pantano, uno de los escuderos más fieles de Alberto Contador, Fernando Gaviria, el presente y futuro de los esprints colombianos, Miguel Ángel López, tercero en el Giro y en la Vuelta de 2018, Winner Anacona, gregario de lujo de Nairo Quintana, Darwin Atapuma, una vez campeón de Colombia de Ciclismo en Ruta, o Carlos Betancur, vencedor del Giro de Emilia y de la París Niza. Grandes deportistas que, junto a Quintana y Urán, fueron pintando de azul, rojo y amarillo las calles de Francia.

En argot ciclista, se diría que hicieron el treno para que Bernal remachase la etapa en la volata. O que pusieron el punto en la montaña para deshacer el pelotón mientras esperan el ataque de Egan. El 28 de julio de 2019, cuando un chico colombiano de 22 años escribió el final de la epopeya y luego se subió al primer cajón en París, lo hicieron también ‘El Zipa’ Forero, Hoyos, ‘Cochise’, Patrocinio, Oliverio, ‘Condorito’, Libardo, Herrera, Parra, Soler, Niño, Urán, Serpa, Botero, Atapuma, ‘Chavito’, Henao, Pantano, Gaviria y Quintana. Empujando a sus guerreros, 48.000.000 millones de colombianos, que dentro de nada entonarán una nueva estrofa cuando Carlos Vives añada a Bernal, primer ganador colombiano del Tour de Francia, como otro de los orgullos de la patria. Tal vez el que más orgullo ha provocado nunca, pero al que anteceden otros ‘escarabajos’ que escribieron la crónica de una victoria que, antes o después, estaba anunciada. 

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