Sociedad

Irán: el tablero de etnias que podría desafiar al régimen de los ayatolás si se alarga la guerra

El poder de Teherán depende de contener un mosaico de etnias que arrastra décadas de heridas: kurdos que no olvidan su autonomía, árabes que viven sobre la riqueza que no disfrutan y baluches al límite. Un mapa que se quiebra por los bordes, en el que la diversidad puede ser la mayor amenaza para el régimen.

En las entrañas del Zagros, el brazo armado del PDKI —los peshmerga iraníes— mantiene viva una guerra de sombras contra Teherán.
NurPhoto
Mariano Tovar
Redactor Jefe de Especiales
Empezó a trabajar en AS en 1992 en la producción de especiales, guías, revistas y productos editoriales. Ha sido portadista de periódico, redactor jefe de diseño e infografía desde 1999 y pionero en la información de NFL en España con el blog y el podcast Zona Roja. Actualmente está centrado en la realización de especiales web e historias visuales
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Imaginen un traje de gala cosido hace un siglo para un cuerpo atlético que ha crecido sin orden. Las costuras tiran, los botones saltan y la tela empieza a rasgarse por los extremos. Ese traje es la identidad nacional iraní y el cuerpo es una población de 93 millones de personas que ya no cabe en el molde que se diseñó en Teherán. Irán no es un bloque; es un mosaico. Y el problema es que, cuando el centro político se tambalea o se enfoca en una guerra exterior, las periferias empiezan a recordar que, antes de ser iraníes, fueron otra cosa.

Nos han repetido que Irán es un bloque persa y chií que marcha al unísono. Es una verdad a medias. Aunque no existe un censo étnico oficial desde 1976, las estimaciones más aceptadas afirman que los persas rondan el 51%. La minoría más grande son los azeríes (24%). Luego vienen los kurdos, que según quién cuente, son el 8% o hasta el 17%. Y aún quedan árabes en Juzestán (3%) y baluches en el sureste (2–3%), además de lures, turcomanos, armenios… e incluso judíos. Es un país donde la mayoría religiosa es chií, pero donde la fe dominante es suní en las periferias más conflictivas. Esa mezcla explica el mapa de tensiones mejor que cualquier discurso.

El poder real está en manos de un club privado persa y chií. Es un eje que atraviesa el corazón geográfico del país —Teherán, Isfahán, Shiraz— y que se apoya en los Guardianes de la Revolución para que el resto no se mueva de la foto. Fuera de ese eje, uno de cada dos ciudadanos reza en una rama del islam que el Estado mira con desconfianza, o habla una lengua materna distinta a la oficial, el farsí. Un muro invisible, porque el farsi es una lengua indoeuropea, no árabe. Eso convierte al corazón de Irán en una isla cultural, aislada de un mar árabe con el que no se entiende.

Irán: el tablero de etnias que podría desafiar al régimen de los ayatolás si se alarga la guerra
En el corazón de Teherán, un grupo de clérigas azeríes agita la bandera palestina frente a la embajada. Es la imagen que el régimen necesita exportar: la de una minoría integrada y fiel a la causa de los ayatolás frente a Israel.NurPhoto

Si buscamos una grieta en el sistema, no la vamos a encontrar en el noroeste. Los azeríes son la mayor minoría del país. Hablan una lengua turca, sí, pero también son chiíes. Dominan los bazares, manejan el dinero y tienen una presencia masiva en las altas esferas del ejército y el clero. El propio líder supremo, Ali Khamenei, tenía raíces azeríes. Es un grupo profundamente integrado, que actúa como el cemento que une la periferia con el centro. Sin ellos, Irán se habría desmoronado hace décadas.

El oeste, en cambio, huele a pólvora seca. Los kurdos son el foco más explosivo. Aquí la tensión no es solo por el idioma o por su rama suní; es una cuestión de memoria. No han olvidado la República de Mahabad de 1946, ese breve sueño de independencia que el ejército iraní aplastó sin miramientos.

Irán: el tablero de etnias que podría desafiar al régimen de los ayatolás si se alarga la guerra
Bajo el lema "Mujer, Vida, Libertad", miles de voces conmemoran el aniversario de una muerte que desnudó al régimen: la de una joven kurda que entró viva en una comisaría de Teherán por un mechón de pelo y salió en un ataúd.Ameer Alhalbi

Para muchos kurdos en Sanandaj o Mahabad, el Estado iraní es una fuerza de ocupación y no una administración propia. La muerte de Mahsa Amini en 2022 no fue un evento aislado; fue la chispa que prendió en una pradera que llevaba años seca. Detenida en Teherán por la ‘policía de la moral’ porque un mechón de pelo fuera del velo no se ajustaba al rigor oficial, Mahsa, cuyo nombre kurdo, Jina, estaba prohibido, murió bajo custodia policial tras recibir golpes que el régimen intentó disfrazar de fallo cardíaco. Según el New Lines Institute, el potencial de conflicto organizado aquí es el más alto de toda la región. Tienen grupos armados, una identidad nacional rocosa y el espejo cercano del Kurdistán iraquí justo al otro lado de la frontera. Si Teherán pierde el control de las calles, el Kurdistán será el primero en levantarse.

Irán: el tablero de etnias que podría desafiar al régimen de los ayatolás si se alarga la guerra
En las entrañas de la Khuzestan Steel Company, el fuego y el metal intentan ocultar la herida de Ahvaz. Aquí, en el sur de Irán, el Estado busca el capital extranjero mientras los árabes de la región ven cómo su riqueza se escapaKaveh Kazemi

Bajando hacia el sur, la geografía se vuelve irónica. En Juzestán, los ahvazíes, la minoría árabe de Irán, viven sobre la mayor reserva de petróleo del país. Es la provincia que financia los drones, los misiles y los caprichos de Teherán, pero sus habitantes denuncian que solo reciben las migajas y la contaminación. Aquí el conflicto es puro ADN: hablan árabe y, aunque comparten el chiismo con el Estado, se sienten más cerca de sus vecinos del Golfo que de la élite persa. Es una zona en la que cualquier crisis hídrica se vive como un castigo étnico y se convierte, por la vía rápida, en un motín separatista.

Y luego está el sureste, Sistán y Baluchistán. Es el rincón más pobre, más violento y más ignorado. Los baluches son suníes, lo que en el Irán oficial es casi como ser un ciudadano de segunda. No hay un gran proyecto separatista, pero sí una insurgencia de baja intensidad que desangra a las fuerzas de seguridad mes tras mes. No es un movimiento separatista articulado como el kurdo, pero sí un dolor de cabeza permanente para Teherán.

Irán: el tablero de etnias que podría desafiar al régimen de los ayatolás si se alarga la guerra
Sistán y Baluchistán es el lugar donde el régimen de Teherán solo mira para extraer gas o reprimir protestas; para todo lo demás, como reconstruir un pueblo devastado por las inundaciones, los baluches están solos. La sonrisa de estas niñas es el único lujo en un rincón del mundo que los mapas oficiales prefieren olvidar. (Photo by Reza Adeli/Anadolu Agency via Getty Images)Anadolu

¿Puede Irán romperse en una guerra civil? La respuesta es un “todavía no”. Para que un país estalle por dentro, el ejército tiene que dividirse, y los Guardianes de la Revolución siguen siendo un bloque leal y mayoritariamente persa-azerí. Mientras el puño sea uno solo, la periferia solo puede aspirar a revueltas locales. Pero el escenario está cambiando. Los analistas de The Atlantic Council advierten que las fracturas están más abiertas que nunca desde 1979.

El riesgo real no es un frente de batalla clásico con tanques y trincheras, sino una “Siria suave”. Un escenario donde el Estado central siga manteniendo el control de las grandes ciudades y los pozos de petróleo, mientras escalan una serie de conflictos regionales crónicos en la periferia. Una guerra exterior prolongada, un ataque directo al corazón del régimen o un vacío de poder repentino tras la sucesión del Líder Supremo como los que estamos viviendo ahora, podrían actuar como detonante.

La geografía de Irán es su mayor defensa, pero su diversidad demográfica es su mayor amenaza. El mapa de Irán parece un bloque sólido, pero realmente es un mosaico de pueblos esperando su momento.

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